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Cine tan moral como patriarcal

Cine tan moral como patriarcal

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Al cumplirse 120 años de amistad entre Japon y Argentina se proyectaran algunas entrevistas  inéditas de Yasujiro Ozu en castellano. Un programa para no perderse que destaca lo más interesante de la cultura asiática y sus figuras.

 

Un cine moral y patriarcal En el marco de las celebraciones por los 120 años de amistad entre Japón y Argentina, con diferentes actos que incluyeron la proyección de algunas de las películas de Yasujiro Ozu en la Sala Lugones, acaban de aparecer nuevas y reveladoras entrevistas inéditas en castellano del gran maestro.

Catalogado como el mejor director de su país, según algunas encuestas cinéfilas y unos cuantos directores, Yasujiro Ozu deslumbró por la virtud técnica y el preciosismo de sus historias, siempre centradas en las relaciones familiares y siempre ambientadas en un Japón intervenido por la creciente irrupción de la cultura occidental.

Ozu falleció a los  60 años, fumó y bebió excesivamente como algunos de sus solitarios personajes y vivió una vida de excesos y plena según sus allegados.

“A veces me pregunto cómo demonios hago para retratar la vida de personas de mediana edad, o la monotonía del matrimonio, sin tener la experiencia… Vamos, si solo puedo describir aquellas cosas que conozco por experiencia directa, ¿quiere decir que tengo que robar, matar y cometer adulterio para poder tratar estos temas?”, sentenció, con estudiado sentido común, en una de las tantas entrevistas hechas entre 1931 y 1962, traducidas al castellano por Amelia Pérez de Villar y compiladas en La poética de lo cotidiano.

Ozu arrancó en el mudo y llegó hasta la década del 60, configurando una obra extensa, trascendente y casi obsesionada con amalgamar modernidad y tradición en un equilibrio justo y saludable. Juzgada bajo parámetros actuales, se encuentra en las antípodas del estilo de vida propuesto desde tantos productos audiovisuales, en el que los jóvenes encuentran goce e inspiración fuera del ámbito familiar, y los mayores calcan algunos de esos comportamientos, en una suerte de culto popular a la juventud que lo devora todo.

Podríamos, entonces, definir al cine de Ozu no solo como moralista, sino como patriarcal, sobre todo si atendemos a la relevancia que otorgó a las figuras paternas.

Algunos de sus padres son displicentemente tratados por sus familias, como en Historias de Tokio, conmovedora pese a no caer en el golpe bajo ni el sufrimiento explícito, tan propios del cine norteamericano y buena parte del europeo: “No estoy hecho para el melodrama. Es un género que aprovecha la teoría de que a la gente le gusta llorar al ver sufrir a otro que está peor que ellos. Sus personajes suelen ser estúpidos y carecen del más mínimo sentido común.”.

 

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