Fue
en la madrugada del pasado sábado
31 cuando los vecinos de San Juan y Castro
Barros se sorprendieron una vez más
primero con el estruendo de un fuerte impacto,
luego las voces mezcladas de distintas persona
y más tarde el sonar de las sirenas
de ambulancias y patrulleros policiales.
Nuevamente la velocidad, la impericia, vaya
a saber que substancias ingeridas provocan
un accidente con el siempre lamentable resultado
de personas heridas, patrimonios perdidos,
vecinos damnificados, etc.
Luego vendrán
los falsos eximentes de responsabilidad,
que los semáforos, que el otro vehículo
que se cruzó y se dio a la fuga,
que la ausencia de controles policiales,
todos argumentos que a veces pueden coexistir,
pero que en definitiva se utilizan para
encubrir la propia responsabilidad.
Estábamos
recorriendo antiguas crónicas de
los periódicos y nos encontramos
que el martes 23 de octubre de 1984, hace
ya casi 24 años, en una nota sobre
el barrio de Boedo publicada por La Nación,
ya los vecinos coincidían en señalar
el peligro constante que significaba en
tránsito por la calle Carlos Calvo
y Colombres, por ejemplo, exponiendo “que
en el frente de uno de los comercios se
instalaron tres vigas de hierro para contener
el embate de los coches que chocaban”
Ahorra decían, solo quedan dos vigas,
una torcida y la otra que se ha curvado
hasta colocarse en forma casi horizontal
a la vereda”
Si a casi
un cuarto de siglo de distancia en el tiempo
observamos la fotografía obtenida
luego del accidente comentado el inicio
de la nota, veremos que nuestros antiguos
vecinos estaban casi pintando la ilustración
que mostramos.
No
nos cansaremos de insistir en la necesidad
de poner definitivamente fin a esta epidemia
mecánica que produce cada año
más de 8000 muertos en nuestras calles
y rutas y decenas de miles de heridos, familias
destrozadas, economías quebradas,
gasto público que podría emplearse
en otro tipo de acciones para vencer la
indigencia, la malnutrición, la salud,
etc.
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