En
los umbrales de la conmemoración
del salvaje asesinato de José Ignacio
Rucci, el líder sindical muerto en
una emboscada el 25 de septiembre de 1973,
durante el gobierno constitucional de Raúl
Lastiri, electo ya el Gral.. Perón
para su tercera presidencia, hecho atribuido
al grupo guerrillero de Montoneros, parecería
surgir nuevamente, alentada por la parsimonia
oficial, una desenfrenada violencia a cargo
de activistas sindicales, enrolados en distintas
corrientes ideológicas, muchas de
ellas emparentadas con el extremismo político,
como fue denunciado por el propio gobierno
y demostrado en el caso del conflicto en
Metrovías, conducido por una Comisión
sindical que no respeta a las autoridades
constituidas de la UTA y que responde al
Movimiento de Trabajadores Socialistas y
al Polo Obrero. Tuvimos las primeras muestras
en el traslado del féretro con los
restos del presidente Perón, lo vimos
en la agresión a personal de Metrovías,
en la pelea entre sectores del sindicato
de Camioneros en Río Grande, entre
los empleados municipales en el Partido
de la Costa, las agresiones a la legislatura
en Ushuaia promovidas por el ATE, el enfrentamiento
a piñas, puntadas y tiros en Tucumán,
entre los trabajadores de Vialidad, el enfrentamiento
“legal” entre los camioneros
de Moyano y los empleados de Cavalieri,
el alejamiento de los 14 de Barrionuevo
preanunciando otros enfrentamientos, son
solo algunas muestras de esta desmesura
ofrecida por quienes tendrían que
ser ejemplo de conducta para sus dirigidos.
Violencia, siempre violencia. ¿Hasta
cuando?
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