Escribe:
Silvia Martínez
Están
tan lejanas, pero tan presentes en mi memoria.
. . Mi primer recuerdo se refiere a la casa
de mi padrino Enrique, hermano mayor de
mi mamá. En esa época no era
tío Enrique, sino el tío Gordo,
como lo llamábamos todos los sobrinos.
Claro, pesaba más de 130 kilos, pero
no parecía un obeso. Muy alto y corpulento,
buen mozo en la plenitud de sus cuarenta
años, nos había reunido en
su PH de La Rioja casi San Juan, frente
a la plaza Martín Fierro. El edificio
está igual que entonces y siempre
que paso por allí, dejo mi mirada
colgada del largo pasillo que conduce al
departamento del fondo, donde él
vivía.
Calculo que sería 1946. Allí
estaban los tres primos varones: Cacho,
Tito y Ruben encendiendo algún que
otro cohete, y yo con Micha, las únicas
nenas, ambas ahijadas del dueño de
casa, jugando con los inofensivos “raspa
pared”, cuando el tío Gordo
nos entregó a las dos unos alambres
finitos a los que prendió fuego por
un extremo. Eran “estrellitas”.
Micha reía mientras dibujaba círculos
plateados en el aire y yo traté de
imitarla, pero no sé cómo,
me quemé. No fue mucho, pero hice
un escandalete que mi papá aprovechó
para anunciar que nos íbamos a casa,
porque en realidad a él no le gustaban
las fiestas de Navidad. Tardé un
par de Nochebuenas más en volver
a jugar con “estrellitas”, y
no creo que me haya vuelto a quemar, pero
de cualquier manera nunca más me
volví a quejar de nada, no fuera
cosa que me perdiese otra fiesta con mis
queridos primos hermanos.
Otra Nochebuena inolvidable se celebró
en Bernardo de Irigoyen. No sé porque
todavía me refiero así al
lugar donde mi tía Victoria tenía
su peletería y vivienda, pero bueno,
es costumbre. Estábamos al 900 de
la calle, aún angosta y en la vereda
opuesta se estaba construyendo una nueva
sucursal del Banco Provincia, con todo su
andamiaje de madera a la vista.
Llegaron las 12, brindamos, y tío
Alberto, el más amado de los tíos,
sacó a relucir el tradicional globo
aéreo. Todos a la calle, donde escasos
coches hacían sonar las bocinas en
navideño saludo, y nosotros en la
vereda, frente al futuro banco, sosteniendo
el rojo artefacto entre todos mientras los
mayores encendían el fuego que lo
haría subir hacia las estrellas.
Y subió. Pero no hacia las estrellas,
sino hacia la estructura de madera en construcción,
se enganchó en un tablón y
comenzó a arder con más fuerza.
La confusión fue enorme, las mujeres
gritaban, los hombres puteaban y buscaban
el teléfono de los bomberos, mi pobre
tía Victoria ya se veía presa
por haber quemado una institución
pública y los cinco primos mirábamos
encandilados el globo de Navidad que poco
a poco, fue declinando su luz, hasta extinguirse
tranquilamente sin causar daño alguno.
Es superfluo decir que fue el último
globo que se le permitió encender
al tío Alberto.
Pero indudablemente las mejores Nochebuenas
fueron las que pasábamos en Castelar,
en la quinta de la tía Victoria.
Ya para entonces el tío Gordo se
había casado con Elisa y no se reunía
con nosotros, así que sólo
éramos: tío Alberto y tía
Esperanza con Ruben y Tito; tío Eugenio
y tía Victoria con Cacho y Micha;
y mamá, papá y yo. Ah! Y Puqui,
el perro de Micha. En otro momento contaré
algo sobre ese perro. Era un personaje.
Volviendo a Nochebuena: Era toda una ceremonia
adornar el hermoso pino azul que crecía
cerca del portón de entrada y que
pronto nos superó a todos en altura,
permitiendo adornarle solamente las ramas
bajas, y armar a su cobijo el pesebre, iluminado
suavemente por una lámpara que el
habilidoso tío Eugenio escondía
detrás de las imágenes. .
.
¡Y los regalos! No tengo idea de cuál
era el motivo, pero Micha y yo siempre armábamos
paquetes de chasco para mamá y tía
Victoria, que las pobres santas elogiaban
con grandes aspavientos, cuando encontraban
en el fondo de una gran caja una chapita
de cerveza. ¡Por Dios, qué
pavotas éramos! Los que eran siempre
los regalos más lindos, eran los
de tío Alberto. Claro, padre de varones,
descargaba toda su fantasía de padre
de nenas en nosotras dos. Todavía
hoy guardo collares y espejitos que nos
compraba entonces.
También era él quien más
participaba en nuestros juegos, organizando
todo y disfrutando con nosotros cinco como
uno más del grupo. Las tres cuñadas,
unidas como siempre, limpiaban, ordenaban
y cuchicheaban toda la noche ¿De
qué hablarían? El tío
Eugenio se dedicaba a buscar hormigas con
la linterna y papá, como siempre,
se aburría.
Un verdadero clásico era la gran
olla de ensalada de frutas que preparaba
la querida tía Esperanza. Jamás
volví a comer ninguna tan rica, con
las rodajitas gordas de banana y, cuando
el precio lo permitía, (igual que
ahora), con dulces guindas que los primos
nos disputábamos encarnizadamente.
Dormíamos todos en cualquier parte
y al otro día seguíamos la
fiesta hasta el atardecer, cuando el tío
Eugenio nos acercaba hasta la estación
de Castelar, y allí tomábamos
el tren hasta Liniers y luego un colectivo
hasta Lugano, donde llegábamos a
cualquier hora y mi papá juraba que
era el último año que iba
hasta allá para Nochebuena, pero
el siguiente diciembre ya no se acordaba,
y vuelta a empezar. . .
Doy gracias a Dios por tantas Nochebuenas
en familia y por los bellos recuerdos que
tengo para transmitirles a mis hijos y quizás
también algún día,
a mis nietos.
ww.nuevociclo.com.ar
Producción
Propia
Más
noticias
|