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¡ALEGRÍA! ¡ALEGRÍA!
LA LINGÜÍSTICA OFICIAL RECONOCE POR FIN AL LUNFARDO

 
 

    La lingüística oficial, por medio de su mayor representante, la Academia Argentina de Letras, ha reconocido por fin al lunfardo. Lo hizo en la primera edición de su Diccionario del habla de los argentinos y lo reitera en la segunda. La Real Academia Española registró en la primera edición de su diccionario (1726) las voces de la germanía, valiéndose del famoso vocabulario suscripto por Juan Hidalgo, cuando aún se ignoraba quién se escondía tras ese seudónimo. Aquellas voces eran exclusivas de delincuentes –rufos y murcios–; en cambio, los términos lunfardos eran utilizados también por inmigrantes, según recuerda ahora la importante obra recién aparecida. Pese a ello, la academia vernácula los mantuvo durante 130 años en antesalas, antes de admitirlos en el exclusivo recinto de su diccionario.
     Tan larga amansadora se debió, sin duda, a que la lingüística académica daba por muerto ese "guirigay" y "jerga gringo criolla" (Arturo Costa Álvarez, Nuestra lengua, 1922, página 147), "un invento de Gobello y Vacarezza", (Borges el memorioso, México 1982), pero la hora llegó –o dies felix memoranda fastis–, y la Academia Argentina de Letras, la misma que mezquinó un sillón a Marcos Augusto Morínigo, Correspondiente de la Real Academia Española, sólo porque presidía la Academia Porteña del Lunfardo, le ha dado estatus lingüístico. En ello se ve la mano de su presidente, Pedro Luis Barcia, hombre de vastos saberes, de mirada aguda y de generoso campo visual. Lo celebraría otro gran presidente de esa institución, don José Oría, que el 21 de diciembre de 1962 asistió al nacimiento de la APL.
En 1953 señalé en Lunfardía que el lunfardo era hijo de la inmigración y no un producto carcelario. Esa convicción nos llevó a fundar en 1962 la APL para iniciar su transferencia de la jurisdicción criminológica al campo de la lingüística. Aquel propósito está cumplido. Podemos decir que hemos triunfado. No hemos arado en el agua ni sembrado en la arena.
     Pero si la Academia Argentina de Letras reconoce al lunfardo, sigue ninguneando a la APL, sin advertir, tal vez, que esta ha contado siempre, durante sus casi 50 años de vida, entre sus miembros a muy ilustres catedráticos, tales como Giovanni Meo Zilio en Italia, Tomás Buesa Oliver en España, Philippe Cahuzac en Francia, Günther Haensch en Alemania, Héctor Balsas en el Uruguay, Susana Martorell de Laconi, Arturo Berenguer Carisomo, Marcos Morínigo, Oscar Conde, en la Argentina, y otros igualmente valiosos, cuya prolija mención excede la extensión de esta nota. La Academia Argentina de Letras ha preferido trabajar en soledad. Si con un adarme de humildad hubiera consultado a la APL, habría aumentado el caudal de las voces presentadas, que estima en 4500, por lo menos hasta alcanzar las 5959 que encierra el Diccionario del habla de Buenos Aires de José Gobello y Marcelo Héctor Oliveri, y se habría ahorrado algunas erratas y varias incoherencias. Pero también esto se explica: en la Argentina las instituciones culturales privadas –es decir, ajenas al erario– son lo mismo que kelpers. Es el caso de la APL. Es nuestro orgullo.

José Gobello

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