Padres muy mayores : la difícil
tarea de a acompañarlos. Segunda
Parte
Hoy día,
es bastante frecuente encontrar familias de cuatro generaciones.
Hoy una persona de ochenta años no nos parece
tan mayor como nos parecía antes, ya que la expectativa
de vida aumentó.
El fenómeno de
la prolongación de la vida es un hecho tangible
y ha provocado que un mayor número de gente tenga
que asistir a padres cada vez más ancianos .
En este marco, es interesante
preguntarse, qué acontece en esa relación
tan particular entre padres e hijos; siendo que unos
son ancianos y los otros adultos en la plenitud o en
la mitad de sus vidas.
Pues bien, en primera
instancia, en ese vínculo se produce un giro
de 180 grados. Ahora son los hijos los que cuidan a
sus padres. Es como si de alguna manera los padres se
convirtieran en hijos. Siendo así, se establece
una nueva etapa de dependencia -pero al revés-
plagada de controversias y de conflictos.
A los viejos les cuesta
aceptar que tienen que ceder en el manejo de las cosas
y dejarse cuidar. Ellos debieran colaborar con los cuidados
que los hijos les prodigan y aceptar sus criterios.
Pero, habitualmente, suelen volverse bastante caprichosos
y no facilitan la tarea.
A los hijos, a su vez,
les resulta difícil asumir que ahora son ellos
los que deben que tomar determinaciones sobre la vida
de sus padres.
¿Cómo ubicarse en otro lugar y decidir
- sin pecar de autoritarismos, sin rencores, con la
cabeza despejada- sobre cuestiones vinculadas a la enfermedad
y/o al deterioro?.
Para colmo de males, casi
siempre, contrastan los criterios de esas dos generaciones.
El mundo cambió y las pautas para solucionar
los problemas difieren de cuando los padres tomaban
sus decisiones.
Por lo general, todas
estas dificultades se resuelven mejor cuánto
más despejado de rencores, culpas o frustraciones
se encuentre el vínculo entre hijos y padres.
Por otra parte, cuánto más plena se encuentre
una persona con su vida, mejor disposición tendrá
para atender las demandas que, inexorablemente, provoca
la vejez.
De todos modos, a pesar
de la angustia que esta etapa despierta, no hay que
olvidar que existe un límite en todo intercambio;
que cada uno ayuda hasta donde puede y hasta donde el
otro se deja ayudar. No se puede hacer más.
La vejez de los padres
– como tantas otras cosas en la vida- nos confronta
a los hijos con nuestras propias limitaciones.
Licenciada Silvia Rosenblatt
Psicóloga clínica.
Email: silviaros@argentina.com
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