Hoy día, es bastante frecuente encontrar
familias de cuatro generaciones. Hoy una
persona de ochenta años no nos parece
tan mayor como nos parecía antes,
ya que la expectativa de vida aumentó.
El
fenómeno de la prolongación
de la vida es un hecho tangible y ha provocado
que un mayor número de gente tenga
que asistir a padres cada vez más
ancianos .
En este marco,
es interesante preguntarse, qué acontece
en esa relación tan particular entre
padres e hijos; siendo que unos son ancianos
y los otros adultos en la plenitud o en
la mitad de sus vidas.
Pues bien, en primera instancia, en ese
vínculo se produce un giro de 180
grados. Ahora son los hijos los que cuidan
a sus padres. Es como si de alguna manera
los padres se convirtieran en hijos. Siendo
así, se establece una nueva etapa
de dependencia -pero al revés- plagada
de controversias y de conflictos.
A los viejos
les cuesta aceptar que tienen que ceder
en el manejo de las cosas y dejarse cuidar.
Ellos debieran colaborar con los cuidados
que los hijos les prodigan y aceptar sus
criterios. Pero, habitualmente, suelen volverse
bastante caprichosos y no facilitan la tarea.
A los hijos,
a su vez, les resulta difícil asumir
que ahora son ellos los que deben que tomar
determinaciones sobre la vida de sus padres.
¿Cómo ubicarse en otro lugar
y decidir - sin pecar de autoritarismos,
sin rencores, con la cabeza despejada- sobre
cuestiones vinculadas a la enfermedad y/o
al deterioro?.
Para colmo
de males, casi siempre, contrastan los criterios
de esas dos generaciones. El mundo cambió
y las pautas para solucionar los problemas
difieren de cuando los padres tomaban sus
decisiones.
Por lo general,
todas estas dificultades se resuelven mejor
cuánto más despejado de rencores,
culpas o frustraciones se encuentre el vínculo
entre hijos y padres. Por otra parte, cuánto
más plena se encuentre una persona
con su vida, mejor disposición tendrá
para atender las demandas que, inexorablemente,
provoca la vejez.
De todos modos,
a pesar de la angustia que esta etapa despierta,
no hay que olvidar que existe un límite
en todo intercambio; que cada uno ayuda
hasta donde puede y hasta donde el otro
se deja ayudar. No se puede hacer más.
La vejez de
los padres – como tantas otras cosas
en la vida- nos confronta a los hijos con
nuestras propias limitaciones.
Licenciada Silvia Rosenblatt
Psicóloga clínica.
Email: silviaros@argentina.com
www.nuevociclo.com.ar
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