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MARIANO MORENO

 
 


   Existen momentos en la historia de los pueblos en que se hace forzoso recordar la personalidad y las acciones de aquellos hombres que dejaron su legado patriótico y que por razones ideológicas o políticas de la época su memoria permanece en el olvido e, incluso, suelen ser vilipendiados con oscuros intereses. Lamentablemente nuestro país sabe de esas épocas oscuras en que, hasta la historia, suele ser tergiversada por intereses bastardos. Nuevo Ciclo no quiere pasar por alto ni guardar silencio en el año en que se cumplen dos siglos del fallecimiento de uno de los hombres más preclaros del proceso independencista. El historiador Pablo Emilio Palermo, que ya honró esta publicación con anteriores notas referidas a estas personalidades singulares de nuestra historia, nos ofrece en esta oportunidad el recuerdo de uno de ellos:

Mariano Moreno (1778-1811)

Pablo Emilio Palermo


El pasado 23 de septiembre se cumplieron doscientos treinta y tres años del nacimiento de Mariano Moreno, secretario de Gobierno y Guerra de la Junta Gubernativa de 1810. Mariano fue el mayor de los diez hijos del matrimonio conformado por en santanderino Manuel Moreno Argumosa y la porteña Ana María Valle. Cursó estudios en el Real Colegio de San Carlos y marchó luego a Chuquisaca (1799) con intenciones de ordenarse sacerdote. Por aquel entonces había entablado amistad con los curas fray Cayetano Rodríguez y Felipe Antonio de Iriarte. En Charcas el canónigo Matías Terrazas le ofreció su rica biblioteca, donde Moreno conoció los textos de los grandes pensadores franceses del siglo XVIII y las obras de algunos españoles que cuestionaron con dureza la dominación real sobre América. En 1801 obtuvo el título de bachiller en Ambos Derechos, canónico y civil, y fue admitido en la Real Academia Carolina de Practicantes Juristas de Charcas, que brindaba a los estudiantes de derecho la necesaria práctica forense. En 1802 tuvo Moreno la oportunidad de leer allí su vibrante trabajo sobre el servicio personal exigido a los indios. “Al paso que el nuevo mundo ha sido por sus riquezas el objeto de la codicia, han sido sus naturales el blanco de una general contradicción. Desde el primer descubrimiento de estas Américas empezó la malicia a perseguir unos hombres, que no tuvieron otro delito, que haber nacido en unas tierras, que la naturaleza enriqueció con opulencia […] Nada han mirado nuestros católicos monarcas con mayor celo y vigilancia desde el descubrimiento de las Indias, que la conservación de sus naturales en una entera y verdadera libertad. En infinitas leyes que dictó el amor y escribió la ternura, demuestra el soberano, que su intención es que los indios sean libres en igual modo a los antiguos vasallos de la Corona de Castilla”.
En 1804 Mariano obtuvo el título de abogado y contrajo enlace con la bella altoperuana María Guadalupe Cuenca. Su amigo fray Cayetano le escribió con gozo: “¿Conque te has casado? Cabalmente has hecho lo que hizo tu padre, tu abuelo y toda tu generación desde Adán hasta tu individuo […] Si más bendiciones pueden venirte vengan todas sobre ti y tu buena compañera doña María Cuenca a quien saludo con el mayor afecto deseando servirla y complacerla con el mismo empeño, amor y cariño que a Mariano”. El único hijo de la unión, llamado Mariano, nació en marzo de 1805.
Moreno decidió su regreso a Buenos Aires y fue admitido en la Audiencia de la ciudad. En un escrito fechado en junio de 1807 salió en defensa de los oficiales del Cuerpo de Indios, Pardos y Morenos, las primeras fuerzas acuarteladas en junio de 1806 para enfrentar a los invasores ingleses. Las ideas de emancipación habían penetrado en muchos espíritus porteños. En 1808 varios patriotas pensaron coronar en el Plata a la infanta Carlota Joaquina, hermana del rey Fernando VII, cautivo del emperador Napoleón I.
El primero de enero de 1809, día de la renovación de la cabildantes de Buenos Aires, estalló una asonada que pretendió derrocar el virrey Santiago Liniers, francés de origen pero leal a España. Encabezaba el golpe don Martín de Álzaga, alcalde de primer voto. La intención de los conjurados era establecer en la capital del Virreinato del Río de la Plata una junta de gobierno tal las impulsadas en la España sometida a los invasores franceses. Aquella junta que los enemigos de Liniers pretendieron llevar al poder se habría conformado sólo de españoles, a excepción de los nombrados secretarios Julián de Leiva y Mariano Moreno, asesor de Álzaga. Como era de esperar, cuenta su hermano Manuel Moreno, Moreno votó contrariamente a la subsistencia del virrey, “y aún tuvo el valor de presentarse públicamente en la Plaza, con la diputación del Cabildo que le intimó su cesación”. Viéndose entre dos facciones irreconciliables tomó partido por la formación de una junta gubernativa y así votó como abogado y vecino asesor del Cabildo cuando fue convocado a la Sala Capitular. Aquel intento revolucionario fracasó gracias a la intervención de los oficiales y tropas criollos, como don Cornelio de Saavedra y su cuerpo de Patricios.
En julio de 1809 llegó a Buenos Aires el marino Baltasar Hidalgo de Cisneros, nombrado nuevo virrey. A su llegada Cisneros encontró una grave situación económica. La hacienda se hallaba sin fondos como consecuencia de los enormes gastos sufridos. Solo se presentaba la posibilidad de otorgar un permiso a los comerciantes ingleses —ahora que la Gran Bretaña operaba en alianza con España— para introducir en Buenos Aires sus “negociaciones” y exportar los frutos del país, reactivando así el comercio con los ingresos habidos en ese doble giro. En septiembre, a pedido del virrey, el Cabildo trató el tema del comercio con aquella nación, que aceptó con limitaciones. El expediente en cuestión pasó al Real Consulado, quien también dictaminó favorablemente. Los interesados en esa apertura comercial confiaron la justificación de la decisión a Mariano Moreno, quien compuso para esta ocasión su tan renombrada Representación de los hacendados, magnífica y extensa pieza económica que buscó ser directa y persuasiva. “Debieran cubrirse de ignominia los que creen que abrir el comercio a los ingleses en estas circunstancias es un mal para la Nación y para la Provincia; pero cuando concibiéramos esta calidad al indicado arbitrio, debe reconocérsele como un mal necesario, que siendo imposible evitar, se dirige por lo menos al bien general, procurando sacar provecho de él, haciéndolo servir a la seguridad del Estado”.
El 13 de mayo de 1810 una fragata trajo infaustas noticias: los franceses habían atravesado Andalucía y llegado a la Isla de León para apoderase de Cádiz, asiento del gobierno representativo del rey cautivo. El día 18 Cisneros aceptó la gravedad de la situación. Exponentes del viejo derecho enseñado en los claustros, los patriotas consideraron que el poder debía retornar al pueblo ante la circunstancia de un príncipe no podía ejercer el mando. El Cabildo Abierto del 22 de mayo dio por tierra con la autoridad del virrey y tras la conservadora jugada del 24, que buscó la perpetuación de Cisneros, amaneció el 25 de mayo de 1810 y con él el gobierno criollo de la Junta Provisional Gubernativa a nombre del Señor Don Fernando Séptimo.
Como secretario de la Junta que presidió Cornelio de Saavedra, Moreno desplegó una gran actividad política y guerrera en apenas meses. El Cabildo ordenó la marcha de tropas a las provincias interiores del Reino y la Junta recomendó a los pueblos el envío de diputados a la Capital. El 7 de junio de 1810 salió a la calle el primer número del semanario Gaceta de Buenos Aires, periódico fundado por Moreno con el cometido de anunciar las noticias nacionales e internacionales de interés, difundir las tareas de gobierno, el estado de la hacienda y recibir las “advertencias” que pudiesen mejorar la actividad política. “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes, y el honor de estos se interesa en que todos conozcan la execración con que miran aquellas reservas y misterios inventados por el poder para cubrir los delitos”. “El pueblo —repitió Moreno al concluir este artículo inaugural— recibirá esta medida como una demostración sincera del aprecio que hace la Junta de su confianza; y de que no anima otro espíritu sus providencias que el deseo de asegurar la felicidad de estas provincias”. Las columnas de la Gaceta reflejaron, desde entonces y hasta el momento mismo de su renuncia y alejamiento, el avanzado pensamiento del Secretario en materia institucional.
El 13 de septiembre Moreno anunció la resolución de la Junta de formar una Biblioteca “en que se facilite a los amantes de las letras un recurso seguro para aumentar sus conocimientos”. “Por fortuna —aseguraba— tenemos libros bastantes para dar principio a una obra que crecerá en proporción del sucesivo engrandecimiento de este pueblo. La Junta ha resuelto fomentar este establecimiento y esperando que los buenos patriotas propenderán a que se realice un pensamiento de tanta utilidad abre una suscripción patriótica, para los gastos de Estantes y demás costos inevitables, la cual se recibirá en la Secretaría de gobierno”. Como protector de la misma, Mariano contaba con “todas las facultades para presidir a dicho establecimiento y entender en todos los incidentes que ofreciese”.
Debía consolidarse el proceso revolucionario con el intelecto pero también con las armas. El Plan Revolucionario de Operaciones, atribuido a Moreno, y en el cual se recomiendan medidas cínicas y extremas, se encuadraba en esta mira de lucha. La expulsión de Cisneros, el fusilamiento de Liniers, la marcha de Manuel Belgrano al rebelde territorio paraguayo, la ruptura de relaciones con Montevideo, quedaban como necesarias medidas para un territorio que debía independizarse de tantos siglos de hierro.
Pronto las divisiones se hicieron fuertes en la Junta de 1810, pero Moreno aguardaba con esperanza la formación del Congreso de los diputados provinciales. Sus artículos aparecidos en la Gaceta entre noviembre y diciembre de ese año así lo prueban. Consideraba que el territorio se encontraba en inmejorables condiciones internas y externas para recibir “la constitución” publicada por los “representantes”. Libre del “antiguo adormecimiento”, el pueblo tomaba conciencia de la importancia de alcanzar la “felicidad pública”. Pero la alegría de ver la administración en manos de patriotas que en el “antiguo sistema” hubiesen vegetado en la oscuridad, no lo era todo. Ni era bastante fijar en la Junta las esperanzas y los deseos (se trataba de un gobierno provisorio). “El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal”, reflexionaba, para agregar luego una opinión de neto corte independentista: “Hay muchos que fijando sus miras en la justa emancipación de la América, a que conduce la inevitable pérdida de España, no aspiran a otro bien que a ver rotos los vínculos de una dependencia colonial, y creen completa nuestra felicidad, desde que elevados estos países a la dignidad de estado, salgan de la degradante condición de un fundo usufructuario, a quien se pretende sacar toda la sustancia sin interés alguno en su beneficio y fomento. La felicidad de los pueblos, pensaba Moreno, podría lograrse con el establecimiento de un código de leyes sabias que sancionase “la honestidad de las costumbres, la seguridad de las personas, la conservación de sus derechos, los deberes del magistrado, las obligaciones del súbdito, y los límites de la obediencia”.
Le esperaba al Congreso una difícil misión. Una adecuada legislación iba seguida de su perfecta observancia y del establecimiento de los principios de una administración libre de corrupción. Mariano aseguraba que la división de los poderes era el dique que contenía al magistrado en el cumplimiento de sus deberes. Acéfalo el reino por el cautiverio del monarca, cada pueblo reasumió la autoridad conferida al soberano, volviendo cada hombre a un estado anterior al pacto social. La capital eligió un gobierno extensivo a los pueblos que no concurrieron con su sufragio a su elección, para evitar el peligro de una demora que engendrase confusión y anarquía. De ahí que la Junta tuviese carácter de provisoria, con duración limitada hasta la celebración del congreso al que tocaría la instalación de un “gobierno firme”.
Los diputados provinciales ya habían arribado a Buenos Aires. La Junta engrosada con aquellos representantes se convirtió en un poder ejecutivo que Moreno no aceptó. Nada más alejado de sus miras políticas. El Poder Legislativo fundacional del que tanto había escrito pareció sucumbir en la breve mirada de la coyuntura: los legisladores solo se contentaron con formar parte de un gobierno provisional. El Dr. Moreno presentó la renuncia el 18 de diciembre de 1810, pero no le fue aceptada. Se le confió una misión diplomática en Río de Janeiro y Londres. Oficiarían de secretarios su hermano y biógrafo, Manuel Moreno, y Tomás Guido.
Moreno embarcó en enero de 1811 y el 4 de marzo encontró la muerte en altamar a bordo de la fragata Fama. Su cuerpo fue arrojado al interminable océano que lo separaba de su patria. Muchos creen que fue envenenado, aunque se tuvo conocimiento de su débil estado de salud tras días de disgusto. Saavedra, su gran enemigo dentro de la Junta, lo llamó “Robespierre” y dicen que exclamó al conocer su deceso: “Tanta agua era menester para apagar tanto fuego”. El presidente Nicolás Avellaneda, que lo admiraba como escritor, supo decir en 1877 que Moreno descolló por sus sentimientos patrios y que fue “ciudadano” y “argentino, antes que hubiera patria y esta pudiera llevar un nombre”.



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