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MANZI Y EL LUNFARDO

 
 
      En otro espacio de este sitio los lectores podrán leer, o habrán leído ya, una nota anterior en la cual dimos publicidad a una nota remitida por la Academia Porteña del Lunfardo, con firma de su presidente, Sr. José Gobello, relacionada con el discurso pronunciado por el Secretario de Cultura de la Nación, Dr. José Nun, en oportunidad del acto realizado en el café Esquina Homero Manzi, con el cual se dio inicio a los actos conmemorativos del Centenario del nacimiento del poeta Homero Manzi y de paso, lo decimos nosotros, se iniciaba la presentación pública del Lic. Filmus como candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad.
En esta oportunidad, damos a conocer la respuesta enviada por el secretario de Cultura de la Nación Sr.José Num al presidente de la Academia, Sr.José Gobello y los comentarios expresados por éste, publicados en el Boletín Nº 8 de la Asociación de Patrocinadores de la Academia Porteña del Lunfardo.

La respuesta del Sr. Num

Buenos Aires, 19 de febrero de 2007

Estimado Sr. Gobello:

   
   He recibido con alguna sorpresa su amable queja del 25 de enero pasado. En ningún momento se me ocurrió ni dije la barbaridad que le han transmitido. Todo lo que señalé (y me ratifico) es que de los dos poetas mayores del tango, Discépolo y Manzi, el primero acudió al lunfardo con muchísima mayor frecuencia que el segundo. Esta constatación nada tiene que ver con un presunto divorcio entre lunfardo y cultura, que sólo puede atribuirme quien desconozca mis años de dedicación a estudiar y elaborar una sociología del sentido común.
   Lamento de veras que usted pueda haberse sentido lastimado por una transcripción tan equivocada de mis palabras. Como tantas veces, ha habido aquí "ruido" entre la emisión y la recepción de un mensaje.
   Conozco y respeto su obra y su trayectoria y por eso me ha parecido que correspondía esta aclaración, dejando a un lado referencias a Arlt o a Marechal que sólo puedo atribuir a la ofuscación que le produjo el malentendido.
   Reciba un cordial saludo de alguien que, desde muy pibe, aprendió a bailar el tango en los piringundines de Constitución.

José Nun


    La carta que el señor José Nun remitió al presidente es sin duda ejemplar. Usamos este calificativo en su acepción cervantina. Nuestro padre Cervantes –legitimador del castellano–, en el prólogo de sus Novelas ejemplares, dice que les dio a esos trabajos la calificación de ejemplares no porque pudieran ser un modelo o paradigma del género novelesco, sino porque cada una de ellas propone al lector algún buen ejemplo a propósito para ser imitado.
   ¿Cuál es el buen ejemplo que nos ha dado el señor Nun? Son varios. El primero de ellos es el de su actitud al responder la carta. Nuestros funcionarios por lo general desdeñan esta clase de presentaciones y las mandan sin mayor trámite al cesto de los papeles usados, es decir, al rincón de los recuerdos muertos, según la frase de Manzi. El señor Nun ha tomado con consideración la carta recibida y con humildad inusual la ha respondido. Se dirá que esto no tiene nada de asombroso, pero no podemos evitar que nos asombre. Son muchos años –44 tiene la Academia– de archivar desdenes. El mayor mal que el Estado reserva para las instituciones culturales no es, sin embargo, el desdén, sino la captación política. Por supuesto, no recurrimos al Estado en procura de un subsidio, de una ayuda, de un laurel de bronce ni de una declaración de Actividad de Interés Cultural. Era mucho más simple. Ni siquiera se solicitaba una rectificación de nada: sólo un poco de atención a lo dicho por quienes excepcionalmente levantan su voz y pretenden que alguien la escuche. El funcionario de la cultura oficial ha dado a la Academia mucho más que eso: la ha escuchado.
   Nadie pensará sin equivocarse fiero que estas palabras de encomio son el prólogo de un mangazo. Desenvolverse con los propios recursos sin pretender sacar migaja del pan que se reclama desde debajo del nivel de pobreza constituye nuestra norma de conducta y también nuestro orgullo. Cuando decimos propios recursos nos referimos a los que aportan quienes creen en lo que hacemos y nos ayudan a hacerlo. Entre ellos no figura ninguna repartición oficial ni ningún cliente del erario asignado a sostener las actividades culturales. En realidad, nuestra nota misma y este comentario contradicen una conducta, o, si se quiere, un hábito, mantenido por décadas. Pero valía la pena hacerlo. *

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