Hemos
asistido a través de las pantallas
de televisión al vergonzoso espectáculo
ofrecido por el seleccionado mayor de fútbol
, luego de su merecida derrota ante el conjunto
brasileño.
Nada
se podía decir del comportamiento
de los chicos rivales, que jugaron con hidalguía
y, que le vamos a hacer, fueron mejores
que los nuestros. Una señal de respeto
que debía enseñársele
y exigírseles a todos los deportistas
que nos representan, aquí o en exterior,
es la de –precisamente- respetar al
rival. Un director técnico que tiene
la madurez de muchos años, que se
aleja sin saludar a sus vencedores, que
no concurre a la ceremonia de recepción
de premios, que habla por teléfono
mientras se premia al otro equipo, “ninguneándolo”
como se comenzó ahora a decir para
demostrar la indiferencia ante el otro,
no puede dirigir un equipo. En toda familia,
el padre debe dar el ejemplo, debe aconsejar
a sus hijos, debe transmitirle que en el
deporte se gana y se pierde, pero que salir
segundos, ser subcampeones, no es un deshonor.
Que pasaría con los tenistas de cualquier
parte del mundo cuando enfrentan a Federer
o a Nadal, cuando empiezan el set sabiendo
que, seguramente, perderán sin remedio.
Sin embargo, se los escucha agradecer la
oportunidad de llegar a esa instancia, porque
enfrentar a un grande siempre es motivo
de aprendizaje.
Ya lo habíamos
visto antes, los jugadores sacándose
las medallas del cuello, llevándolas
casi con desdén, el capitán
recibiendo la copa de subcampeón,
como si fuera un trofeo de un campeonato
de truco.
La semana nos dio la oportunidad de ver
otra final, esta vez feliz. Argentina salió
campeón de la categoría sub
20. También la falta de respeto a
las normas, trepándose a los alambrados
en un país donde casi no existen,
exagerando el festejo mientras los organizadores
y los rivales esperaban. Estaban los jugadores
chilenos, que finalmente salieron terceros
y los jugadores checos, que esperaban correctamente,
sin lloros, seguramente con caras serias
pero no de ogros, Que recibieron sus medallas
sin gestos ambiguos. Ahora sí, como
esta vez se recibió el botín
de bronce, el botín de oro, el balón
de plata, el de oro, el trofeo de campeones,
todos se fueron contentos. Hasta los relatores
que no ahorraron elogios hoy, pero que no
se les escuchó censura alguna hace
unos días.
Pero
los argentinos, que generalmente leemos
todas las noticias deportivas, tuvimos en
la semana grandes satisfacciones desde lo
deportivo y desde lo ético. Lo realizado
por los equipos de remo, hombres y mujeres,
en sencillamente admirable, los deportistas
amateurs que reciben con gran alegría
la medalla de bronce, o de plata, ni
pensar en
la dorada. Obtener un bronce es sentirse
enormemente gratificado por un trabajo de
dos o tres años previos a los Panamericanos.
Una ciclista herida seriamente en el curso
de una competencia apenas llevó un
cuadrito en los periódicos. Hoy,
un golfista argentino hizo historia: un
mal golpe le hizo perder el gran triunfo,
pero no se le vio una mueca de disgusto.
Siguió caminando el campo con la
misma sonrisa que exhibió desde el
inicio del torneo. Y podríamos seguir
citando; solo –siempre- el fútbol
es la nota ingrata, como si realmente fuéramos
los mejores del mundo, según nos
quieren hacer creer los periodistas especializados
en alabanzas exageradas
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