El
15 de marzo próximo se cumplirán
35 años del fallecimiento de Leónidas
Barletta, cuyo nombre y personalidad es
evocado en una de las esquinas más
tradicionales del barrio de Boedo, en la
capital argentina, la intersección
suroeste de Av. Boedo y Pasaje San Ignacio,
que fue bautizada con el nombre del escritor
el 30 de agosto de 1902, al cumplirse el
centenario de su nacimiento. La Junta de
Estudios Históricos del Barrio de
Boedo, fiel custodio del acervo cultural
de ese vecindario fue promotora del homenaje
tributado en la ocasión, con el auspicio
de las autoridades de la ciudad.
Desde este pequeño lugar en la inmensa
red de conocimientos que nos ofrece Internet
, www.nuevocilco.com.ar quiere dejar testimonio
de su admiración y respeto por el
reconocido hombre de letras, para lo cual
tomará prestado de la inmensa bibliografía
existente sobre Leónidas Barletta,
las páginas escritas por quien fue,
seguramente, el último de los grandes
historiadores que tuvo el teatro argentino,
Don Luís Ordaz, que en 1992 testimonió
sobre su gran amigo, Leónidas Barletta,
en la víspera del que hubiera sido
el cumpleaños 90 del creador del
Teatro del Pueblo.
Aníbal Lomba;
Boedo, febrero 2010
Leónidas
Barletta: "hombre de teatro"
de Luís Ordaz
Voy
a limitarme a tratar a Leónidas Barletta
como "hombre de teatro" porque
su personalidad era sumamente rica y abarcaba
planos muy diversos, no sólo en lo
político-social, sino también
como promotor y militante activo de una
intensa brega artístico-cultural.
Tan era así que, hace cinco años,
a comienzos de abril de 1987, el Instituto
"Amigos de Aníbal Ponce"
rindió homenaje a Barletta, en la
XIII Feria Nacional del Libro, poniendo
de relieve su labor en las distintas áreas
en las que, durante más de medio
siglo, participó tercamente y con
una capacidad de lucha asombrosa.
En dicha ocasión, y para dar una
muestra, apenas, de la dedicación
sobresaliente e incansable de Barletta,
se conformó un programa durante el
cual Sebastián Ávalos Noguera
se refirió a Barletta "periodista";
Raúl Larra, su amigo y biógrafo,
destacó "el hombre"; el
fiscal de la Nación Ricardo Molinas,
"el ser político"; Onofre
Lovero, "el creador de Nuestro Teatro
Independiente", y yo me ocupé,
en pocos trazos, de "Barletta y el
teatro". Teniendo como presentador
a Mario Giusti, el acto se completó
con Inda Ledesma, quien leyó un cuento
de Barletta y, entre otros participantes,
Osvaldo Dragún señaló
que el recién creado Teatro de la
Campana retomaba la lucha artístico-cultural
del veterano Teatro del Pueblo, rememorando
su histórico logotipo y ocupando
su antiguo local en el subsuelo legendario
de la Diagonal Norte 943, de nuestra ciudad.
En esta circunstancia,
y aprovechando la cordial invitación
de esta Fundación "Cesar Pennetti",
alentada y conducida por ese trabajador
de nuestra cultura popular con inquietud
y jerarquía que es el buen amigo
Clemente, podré extenderme algo más.
De cualquier manera, la elección
de esta charla tiene para mi dos motivaciones.
La primera es que en el día de mañana,
de tenerlo entre nosotros, Leónidas
Barletta cumpliría 90 años,
dado que había nacido en una "casa
pobre de barrio rico" (eran sus palabras),
allá por Libertad y Arenales, en
la zona Norte, el 30 de agosto de 1902,
y falleció en nuestra ciudad de Buenos
Aires, el 15 de marzo de 1975.
La segunda
motivación parte de algo sumamente
personal. Por tareas realizadas sobre la
historia de nuestro teatro, he recibido
varios lauros que estimo y valoro mucho,
pero ninguno tiene para mí -y lo
confié cuando me lo entregaron- la
trascendencia entrañable del que,
a fines del año pasado, me otorgó
la Fundación Cultural Universitaria
Nacional que lleva el nombre, precisamente,
de Premio Leónidas Barletta.
Y, ahora sí, entro en el tema.
En
1931, luego de presentarse en la sala de
la Wagneriana (Florida 936), el Teatro del
Pueblo, fundado por los últimos días
del año anterior, se instaló
en un cuchitril de la calle Corrientes angosta
465, número que, en la actualidad,
corresponde a un edificio moderno de más
de diez pisos.
Por ese mismo tiempo y durante los tres
años siguientes, en una lechería
que existía a pocos pasos del local,
por la misma vereda hacia el bajo, me reunía
habitualmente con algunos amigos desbordantes
de ensoñaciones líricas -varios
se sentían poetas- con los que, finalmente,
organizamos el "grupo claridad"
(en minúscula, en nuestra ingenua
rebeldía), bajo la incitación
del "grupo" creado en París
por Henri Barbusse, nada menos. Nos encontrábamos
allí porque varios de los amigos
eran "mensajeros en bicicleta"
de la Western Unión, empresa telegráfica
internacional que se hallaba muy cerca (creo
que aún se encuentra en dicho lugar),
en la calle San Martín, entre Corrientes
y Sarmiento. Sólo uno de esos pichones
de poeta -el recordado José Rodríguez
Itoíz, ser angelical que nos dejara
en plena madurez- vivía en Lanús
Oeste, y todos los demás éramos
de la Capital Federal. Sin embargo, una
vez constituido el "grupo" establecimos
nuestra sede en la casa de Rodríguez
Itoíz (Bueguerestain 3725, en pleno
despoblado) y hacia allí viajábamos
en tranvía todos los sábados,
y algún domingo, para realizar actos
artísticos y culturales por toda
la zona de Lanús, este y oeste, en
los clubes de barrio, agrupaciones vecinales,
etc., en donde se desarrollaban programas
con conferencias, recitados de poemas, debates,
exposiciones de pintura, etc.
Fue en aquella
lechería porteña de la calle
Corrientes angosta, al promediar el 400
que, por la cercanía, fuimos entrando
en contacto e intimando con los integrantes
del Teatro del Pueblo y, por supuesto, con
Leónidas Barletta quien, no como
leyenda pintoresca sino como realidad, y
doy fe de ello, se colocaba en la puerta
del teatro agitando una gran campana de
bronce mientras hablaba. En ocasiones, la
gente se acercaba para oir lo que proclamaba
el pregonero a campanazo limpio. Otras veces,
por el contrario, se veía a los transeúntes
abandonar asustados y presurosos la vereda
donde se hallaba el "mancebo compañero"
-como pudo habérsele ocurrido decir
a nuestro Roberto Arlt- , para esquivar
a quien, entre los tañidos, invitaba
a penetrar en el sucucho y asistir al espectáculo
teatral que estaba por comenzar, por sólo
veinte centavos. O gratis, si al candidato,
al que se tomaba del brazo con toda campechanía,
insinuaba algún reparo por el importe.
El caso fue
que los integrantes del "grupo claridad"
lanusense nos convertimos en fieles asistentes
a sus funciones. Recuerdo, a lo largo de
esos tres primeros años de lechería
a las actrices Rosita y Celia Eresky, Josefa
Goldar, Ana Grinspun (luego Anita Grin),
y a los actores Joaquín Pérez
Fernández, Pascual Naccarati, José
Veneziani, Hugo D'Evieri, Juan Eresky y
Tomás Migliacci (que figuraba como
auxiliar), entre otros. Recuerdo, asimismo,
a Alvaro Sol, novelista y autor teatral;
a Manuel Aguiar, que creaba escenografías
estupendas para el reducido tabladillo;
a los plásticos Facio Hebéquer
y Abraham Vigo; a los ya por entonces maestros
a nuestros ojos el sereno y patriarcal Álvaro
Yunque y el narrador vigoroso Elías
Castelnuovo.
Por la frecuentación
que teníamos con los artistas del
Teatro del Pueblo, logramos que un sábado
el elenco fuera en pleno, generosamente,
hasta Lanús, con Leónidas
Barletta al frente, para hablar y ofrecer
su espectáculo en uno de nuestros
actos artísticos-culturales. Nos
identificábamos tanto con la brega
del Teatro del Pueblo, hasta hacerla nuestra,
que cuando en abril de 1934 conseguimos
editar, con mucho sudor y la credibilidad
de un imprentero bohemio de la zona, un
periódico al que llamamos "fibra"
-también en minúscula, claro-,
mi primer artículo, no ya sólo
de ese número inicial sino también
de mi labor periodística, lo dediqué
por entero al Teatro del Pueblo. Lo titulé
"Arte y voluntad" y lo encabezaba
un agudo y hermoso pensamiento de Álvaro
Yung que decía: "El diamante
es un vidrio con voluntad". En el número
siguiente publicamos un trabajo del propio
Barletta sobre "El arte y nuestras
ideas sociales".
Vuelvo a aquel
primer artículo periodístico
mío, en el que, al reseñar
la labor que estaba cumpliendo el elenco
de Barletta, registraba los espectáculos
que se habían ido ofreciendo. Allí
figuraban desde "Mientras dan las seis",
de los poetas Eduardo González Lanuza
y Amado Villar, y "Títeres de
pies ligeros", del recio ensayista
Ezequiel Martínez Estrada, hasta
"El humillado", de Roberto Arlt
(que era un capítulo de su novela
recientemente laureada, "Los siete
locos") y "Temístocles
en Salamina", sátira política
de Román Gómez Masía,
entre los autores nacionales; y desde "Aulularia",
del latino Plauto; "Los bastidores
del alma", del ruso Nicolás
Evréinov, e "Intimidad",
del francés Pellerin, hasta "El
horroroso crimen de Peñaranda del
campo", del español Pío
Baroja y "El Emperador Jones",
del norteamericano Eggenio O'Neill, en lo
referido al repertorio universal de todas
las épocas.
Los pocos títulos consignados y sus
autores pueden ir dando una idea de cuales
eran los propósitos que se perseguían
al luchar por un teatro popular que revalorizara
nuestra escena, subalternizada por la explotación
comercial de la que estaba siendo objeto.
Al llegar
a este punto, creo oportuno rebobinar y
proponer un par de preguntas que puedan
ser claves para poder seguir adelante. ¿De
dónde salía el Teatro del
Pueblo? y ¿Quién era Leónidas
Barletta?. Procuraré hilvanar los
tramos de historia que desembocan en el
"movimiento de teatros independientes",
a partir de la cuarta década del
siglo que renovó y revitalizó
nuestra escena, en todos los niveles hasta,
a través de varias etapas, singulares
todas ellas, llegar sus resultados e influencias
hasta estos días.
Todo empezó
con el grupo llamado de "Boedo"
(porque ocupaba un cuartucho en dicha barriada
sur de la ciudad) que entró en conflicto,
o no, con el denominado grupo "Florida"
(por tener su refugio literario en esa arteria
elegante y central de la urbe), Los dos
núcleos presentaban actitudes que
podían estimarse igualmente como
revolucionarias. La diferencia, fundamental
para el caso, estribaba en que mientras
los de "Florida" eran rebeldes
en estética y se sentían ocupando
una avanzada estrictamente literaria, los
de "Boedo", eran disconformes
ideológicos y se empeñaban
en impulsar la Revolución Social,
ya triunfante, por entonces, en la antigua
Rusia de los Zares. Las diferencias no desaparecerían
nunca, pero algunas aristas cortantes se
irían limando con los años,
y los integrantes de ambos grupos se encontrarían
precisamente compartiendo las carteleras
del Teatro del Pueblo. Mientras los de "Boedo"
creían firmemente y bregaban por
un teatro popular, los de "Florida",
cuando asomaba en ello la inquietud escénica,
sólo aspiraban a lograr un escenario
de arte, aunque sospechando, que por el
momento, y debido a supuestas carencias
en la materia, no podía ni pensarse
en ello. La opinión aparecía
en la revista Martín Fierro que editaba
el grupo "Florida". En el número
17, de mayo de 1925, Sandro Piantanida publicó
un artículo titulado "Teatro
de poesía", en el que daba cuenta
de las experiencias que se estaban cumpliendo
en Europa ("desde hace treinta años,
en Mónaco, Berlín, Ginebra,
Moscú y Roma") y, como síntesis,
descartaba que, a corto plazo, pudieran
ser interpretados los autores clásicos
por elencos nuestros con tal capacidad.
¿Podéis imaginar -puntualizaba
y se preguntaba- un drama griego o una comedia
de Plauto desenvolviéndose sobre
las tablas de cualquiera de nuestras escenas?"
Además, y para ir a lo sustancial,
según el citado Piantanida sólo
podía pensarse en un tablado de arte
para satisfacer las necesidades de cierta
elite intelectual. En cambio, los del grupo
"Boedo" mostraban desde el comienzo,
gran interés por un teatro de calidad,
crítico y con fuertes resonancias
populares. Por eso bien pronto, y mucho
antes de que hubiera podido imaginarlo Piantanida,
Barletta, en su Teatro del Pueblo, llevó
a escena no sólo a Sófocles
y a Plauto, sino también a Shakespeare,
entre los aportes que he reseñado
algo más arriba.
En el grupo
"Florida" se encontraban intelectuales
como Evar Méndez, Eduardo González
Lanuza, Oliverio Girondo y Jorge Luis Borges,
entre las figuras capitales; en el de "Boedo"
participaban los ya nombrados Álvaro
Yunque, Elías Castelnuovo y Leónidas
Barletta, los poetas y narradores, y contaba
con un núcleo de plásticos
modernos a cuyo frente se encontraban los
también ya nombrados Guillermo Facio
Hebequer y Abraham Vigo.
Hay quienes
niegan que haya existido un conflicto -ni
siquiera de índole literaria- entre
los de "Boedo" y los de "Florida",
y no vale la pena entrar ahora en la cuestión,
pues otro es mi propósito al trazar
el panorama que continúo.
En el número
de enero de 1926 de la revista Los Pensadores,
del grupo de "Boedo", se insertaba
un artículo titulado "Ellos
y nosotros". Allí se expresaba
con total claridad, "La cuestión
empezó con Boedo y Florida. El nombre
y la designación es lo de menos.
Tanto ellos como nosotros sabemos que hay
algo más que nos divide". Se
concretaba: "La literatura no es un
pasatiempo de barrio o de camorra, es un
arte universal cuya visión puede
ser profética o evangélica".
Castelnuovo a la vez testimoniaba con su
firma: "Fuimos nosotros, indudablemente,
los que sostuvimos la misión social
del arte". ¿Cómo no iba
a interesarles el teatro -añado yo-,
arte social por excelencia, tanto por su
forma como por sus contenidos y alcances?
Conviene ir destacando ya la participación
en el grupo de Boedo del joven poeta y narrador
Leónidas Barletta, pues será
uno de los que, desde entonces, bregará
tercamente por la organización de
elencos experimentales y de avanzada teatral
entre nosotros.
En 1903, Romain
Rolland publicó en París su
libro "Teatro del Pueblo", cuya
segunda edición, también francesa
data de 1913. Pero recién en 1927,
se tradujo a nuestro idioma y apareció
en Buenos Aires. Si bien no se disponía
fácilmente, por entonces, de noticias
respecto a las experiencias del "nuevo
teatro", que se estaban cumpliendo
en los paralelos de la vanguardia europea,
no era extraño que a quienes le interesaba
el tema supieran de los trabajos que estaba
realizando Antoine, Lugné-Poé
y Erwin Piscator, Jacques Copeau, en Francia;
Bragaglia, en Italia; Otto Braham en Alemania;
H.T.Grein en Inglaterra; Stanislawski y
Nemérovich-Dánchenko, en Rusia;
Rivas Sherif y Valle-Inclán, en España,
entre otros luchadores, a distinto nivel,
por un nuevo teatro. De Europa llegaban
los rótulos de Teatro Libre, Teatro
Independiente, Teatro de Arte, Teatro Político,
etc.
Sin embargo, y resulta importante destacarlo
para que no haya confusión, cuando
entre nosotros se intentaba "un teatro
distinto" al imperante en nuestro medio,
no se partía precisamente de influencias
ajenas, aunque los logros podían
servir como reflexión y aliciente.
Las motivaciones y propósitos eran
otros, como se irá viendo.
En 1926, Octavio
Palazzolo, que había sido agudo crítico
teatral del diario La Vanguardia, era el
director artístico de un elenco profesional
con altas miras, pero que, al no resultar
satisfactoria la recaudación, la
empresa le exigía que cambiase el
repertorio proyectado por obras de nivel
menor para que fuera más rendidora
la boletería. Palazzolo se negó
y además, renunció a su puesto
por entender, y así lo denunciaba
en una nota, que "proseguir mis actividades
en el teatro, aceptando una situación
poco independiente, implicaba someterse
a una claudicación vergonsoza y agotar
un caudal de energías en una labor
estéril". Es la primera vez
que yo encuentro, en un documento referido
a nuestro teatro, la palabra "independiente",
con una significación que se irá
definiendo y ahondando con el correr de
la lucha.
Al año
siguiente (1927), Palazzolo se reunió
con los escritores Alvaro Yunque, Elías
Castelnuovo y Leónidas Barletta,
y los artistas plásticos Facio Hebéquer
y Abraham Vigo, -todos de "Boedo"-
y conformaron el grupo denominado Teatro
Libre. En la Declaración de Principios
-inevitable, en estos casos-, se explicaba:
"Aspiramos a crear un teatro de arte
donde el teatro que se cultiva no es artístico;
queremos realizar un movimiento de avanzada
donde todo se caracteriza por el retroceso".
Yunque, siempre fervoroso, señalaba
en un reportaje: "En Buenos Aires,
ya existe una cultura media que hace posible
la subsistencia de un teatro que esté
sobre la angurria del empresario, la vanidad
de la actriz, la ignorancia del actor y
la chatura del público burgués".
Es de señalar cómo, a esta
altura, iban asomando los conceptos que
habrían de imponerse y serían
bandera del ya inmediato "movimiento
de teatros independientes".
Como es tan común entre nosotros,
en Teatro Libre se produjeron desinteligencias
y Palazzolo se retiró de la agrupación.
El resto de los integrantes crearon entonces
(1928), el Teatro Experimental Argentino,
cuya sigla TEA subrayaba los propósitos
de rebeldía y alumbramiento de la
nueva etapa escénica que animaba
a sus miembros. Leónidas Barletta
era el secretario. TEA llegó por
fin a un escenario con "El nombre de
Cristo", drama antibélico de
Elías Castelnuovo, con escenografía
de Abraham Vigo. A la vez, se anunciaba
"Odio", drama de Leónidas
Barletta que iba a llevar decorados de Facio
Hebequer. Pero el grupo se disolvió
y la obra de Barletta quedó sin estrenar.
Existen otros antecedentes al respecto que
en ocasiones marchaban en forma paralela
demostrando, como lo expresara Yunque, que
en Buenos Aires existía ya la inquietud
por un teatro popular de jerarquía,
sin bastardeos de ninguna índole.
En la Biblioteca
"Anatole France" se formó
en 1929, La Mosca Blanca, grupo escénico
en el que intervenían, como actores,
Hugo D'Evieri y Pascual Naccati, entre otros.
Se hablaba de que tenían entre manos
dos obras: "Los bastidores del alma",
de Evréinov, y "Cuando tengas
un hijo", de Samuel Eichelbaum, autor
dramático que pertenecía a
la agrupación cultural. Sin embargo
no llegó a concretarse ningún
espectáculo. De este grupo, en 1930
se desprendió un nuevo elenco al
que se denominó El Tábano
(seguramente por la aseveración socrática
popularizada por el diario Crítica)
y se definía como Laboratorio de
Teatro. A los intérpretes ya nombrados
se agregaron Joaquín Pérez
Fernández y la inquietud de Leónidas
Barletta. Es con ellos y otras personas
que, al disolverse también El Tábano,
de vida muy corta, Barletta fundó,
el 30 de noviembre de 1930, el Teatro del
Pueblo, el cual desde los inicios, se declaraba
"Agrupación al servicio del
arte", y adoptará como lema
la frase de Goethe: "Avanzar sin prisa
y sin pausa, como la estrella".
Por todo lo
dicho, cuando Barletta apareció al
frente del Teatro del Pueblo en el cuchitril
de la calle Corrientes al 400, además
de poeta -lo testimonian "Canciones
agrias", de 1924. y narrador vigoroso
y tierno a la vez -bastaría recordar
"Vientres trágicos", "Vidas
perdidas" y algo que siempre le preocupó,
"Los pobres"-, además de
ese bagaje, repito, que definía su
actitud frente al ser humano y la literatura,
había cumplido una preciosa experiencia
en los grupos escénicos principales
que antecedieron al Teatro del Pueblo y
lo contaron en sus filas en primerísimos
puestos de orientación.
Barletta no era, pues, un improvisado. Sabía
bien lo que pretendía y por lo que
habría de luchar con tenacidad y
con talento. Se vivían momentos sumamente
difíciles por la crisis sociopolítica,
con profundas incidencias económicas,
que había provocado la revolución
reaccionaria de septiembre de 1930 que quebró,
por primera vez, el desarrollo institucional.
Desastre que, como sabemos, generó
consecuencias trágicas que llegan
hasta estos días. Empero, Barletta
se proponía "realizar experiencias
de teatro moderno para salvar el envilecido
arte teatral y llevar a las masas el arte
general, con el propósito de propender
a la elevación cultural de nuestro
pueblo". Esa era su cartilla y para
imponerla, ofrecía toda su capacidad
y su dedicación.
Jacques Copeau,
al crear en París su Vieux Colombier,
allá por 1913, reaccionaba contra
"la industrialización frenética,
más cínica cada día,
que está degradando la escena francesa",
al ser acaparada " la mayor parte de
los teatros por un grupito de comicastros
pagados por comerciantes deshonestos".
Barletta, por su parte, aseveraba que "ir
al teatro aquí, en Buenos Aires,
no es una fiesta del espíritu, como
cualquier ejercicio intelectual, es, cuando
mucho, una fiesta de los bajos instintos".
Se proponía contrarrestar, con un
repertorio de calidad indudable -en el que
cabían todos los géneros,
estilos y tendencias dramáticas,
unidos clásicos y modernos- la labor
funesta que estaban cumpliendo los escenarios
porteños comercializados. Fue desde
ese momento que empezaron a imponerse y
flamear al tope, las tres banderas típicas
de la escena libre: independencia de los
empresarios, independencia de divas y capocómicos
de turno, e independencia del rendimiento
de la boletería.
Si bien Barletta,
como quedara dicho, era poeta y narrador
muy preocupado por desentrañar y
captar, hasta la minucia a veces, las angustias,
los dolores y los pobres ensueños
de los seres humildes, sentía una
gran atracción por el espectáculo
dramático, así como por las
resonancias populares que descubría
en él.
Además
de participar, muy activamente, en las agrupaciones
teatrales que se habían ido formando
a partir de 1926, en procura de un nuevo
teatro y de la dignificación de nuestra
escena, él tenía ya escrita
como lo he registrado, una obra dramática
"Odio", dispuesta para ser estrenada.
En la noticia previa que colocó al
editar su farsa satírica "La
edad del trapo", en 1956, certificaba:
"En los treinta años de mi actividad
literaria he escrito también una
decena de piezas dramáticas".
Añadía: "No las he llevado
a escena en el teatro que dirijo para dar
oportunidad a colegas que esperaban su turno;
no he propuesto su estreno a otras compañías
de teatro de arte, para que no se pensase
que no confiaba en la que dirigía".
Hacía otras consideraciones y, al
aludir a la celebración de los 25
años de "la fundación
del primer teatro independiente que sustenta
una teoría de arte moderno"
(eran sus palabras), señalaba que
dedicaba el esfuerzo y los logros "a
quienes sacrificaron parte de sus vidas
en la atrevida empresa, vivos y muertos
y, también, a quienes, con su inconsecuencia,
destacaron más la nobleza de quienes
constituyeron el habitual servirse a sí
mismos, por el desinteresado servir al pueblo".
Se trataba de una propuesta ética,
a la que Barletta seguía aferrado,
trazando una "conducta" (palabra
ésta de su predilección y
que dio nombre a una de sus publicaciones
teatrales más perdurables que se
mantuvo batallando a lo largo de varios
años).
La referencia me lleva directamente a la
condición autoral de Barletta. No
todos conocían sus inquietudes de
dramaturgo. La primera obra, "Odio",
que quedara pendiente desde Teatro Libre
pudo haber llegado, a comienzos de 1933,
al pequeño tinglado de Corrientes
465, como se había programado. Pero
un día de ese año, al pasar
frente al teatro ví como el propio
Barletta escribía la noticia referida
a que, había decidido no estrenarla,
dando las razones que después publicó
al frente de la edición de la obra
en abril del mismo año. La verdad
es que me sentí muy conmovido ante
la acción tan serena como responsable
del propio Barletta. En dicha edición
se explicaba: "De esta obra se dio
una versión en privado el 10 de febrero
de 1933, considerando su autor y sus amigos
presentes que no debía ocupar el
escenario de un teatro de vanguardia".
A mi juicio las razones eran muy válidas.
La obra iba a ser interpretada con escenografía
de Manuel Aguiar, por Amelia Díaz,
Catalina Asta, Josefa Goldar, Carlota González,
José Veneziani, Pascual Naccarati,
José Pétriz, Mecha Martínez
y Nelida Peucelli. Los nombro como reconocimiento
y homenaje hacia todos aquellos que, por
entonces, tenían a su cargo los espectáculos
del Teatro del Pueblo.
En Barletta
hubo un largo silencio como autor dramático.
Sólo muchos años más
tarde, el Taller de Teatro Cincel, de Santa
Fe, estrenó "La edad del trapo",
con dirección de Israel Wisniak y
comentarios musicales de Astor Piazzolla.
Luego se conocieron otras dos obras suyas,
en la nueva salita del Teatro del Pueblo
de Diagonal Norte 943. Se titulaban: "A
las 6.20 de la mañana", en 1968,
y "Sálvese quien pueda!",
en 1974. La última subió a
escena un año antes del fallecimiento
de Barletta, y fue repuesta en la temporada
siguiente por el elenco, como homenaje póstumo
al autor y director de la obra, y fundador
y orientador del conjunto a lo largo de
45 años.
A partir del
Teatro del Pueblo, y bajo su ejemplo, fueron
formándose numerosos grupos escénicos
como el "Juan B. Justo", que dirigía
Enrique Agilda, y "La Máscara",
que conducía Ricardo Passano, entre
tantos otros núcleos que crearon
un "movimiento" arrollador que
desbordó la Capital Federal y sus
aledaños, se extendió por
todo el país y, saltando fronteras,
alentó a realizar una tarea artístico-cultural,
semejante a agrupaciones de países
hermanos como Uruguay, Chile, Bolivia, Paraguay
y Perú.
En su carácter
de director y de maestro de actores, Barletta
dejó testimonios de su saber y de
sus preocupaciones en tres libros: "Viejo
y nuevo teatro", de 1956; "Manual
del actor", de 1961; y "Manual
del director", de 1969. En ellos pueden
encontrarse sus conceptos, algunos de ellos
manifestados previamente de manera fragmentada;
particularmente en lo que se refería
a que, según lo afirmaba como un
reto, él podía hacer de cualquier
individuo un actor. Tal vez en algún
momento de su lucha, y sobre todo en los
últimos tiempos, se habría
visto obligado a ello; pero ése no
era su pensamiento más hondo y total.
En "Manual del actor", antes del
tramo que dedica a la "preparación",
señala: "Joven principiante:
yo puedo hacer de usted un actor, pero sólo
de usted depende llegar a ser un artista".
Esta era la idea completa de Barletta y
por ella sabemos lo que en realidad pensaba,
y ayuda a que supongamos todo lo que tuvo
que bregar -en ocasiones sin resultado-
para que sus actores fueran convirtiéndose
en artistas. En el volumen que comento,
dedica cortos capítulos a distintos
aspectos del futuro actor, desde los problemas
de la "puntualidad", las técnicas
para "maquillarse" y "demaquillarse",
correctamente, hasta proponer, con gráficos,
una especie de "Cursillo del lenguaje
de las manos". Pueden leerse allí
recomendaciones sumamente curiosas. Se advierte
al actor que tenga mucho cuidado al afeitarse,
y que debe hacerlo con agua tibia. Puntualiza:
"Primero, lavarse la cara con jabón,
frotando con las yemas de los dedos las
partes más tupidas del mentón
y bozo". Añade: "Enseguida,
una jabonada con la brocha que no dure menos
de un minuto". Y un detalle por demás
candoroso. "Si la navajita tira -indica-
y no hay otra de repuesto, se puede asentar
en el interior de un vaso ancho, pasándola
en vaivén con dos dedos, unas veinte
veces". Otro consejo que sorprende,
al referirse al aseo de los camarines y
al comportamiento, es que el actor debe
"tener la ropa de escena colgada del
revés, para que se airée".
Habría más detalles para destacar
el "método" que Leónidas
Barletta había ido componiendo, mezclando
lo teórico y lo práctico,
lo trascendente con lo meramente superficial,
a lo largo de los años.
Leónidas Barletta, lo reitero, ofreció
en su Teatro del Pueblo, las obras de la
dramática universal más significativas
de todos los tiempos -desde los clásicos
griegos hasta lo más moderno del
repertorio contemporáneo universal-,
sin olvidar, en ningún momento, a
los poetas y narradores nacionales, a quienes
ofrecía su escenario y los invitaba
para que se convirtieran en autores dramáticos.
Así ocurrió, aparte de los
ya nombrados, con Octavio Rivas Rooney y
Roberto Mariani, con Raúl González
Tuñón, Luís Cané
y Nicolás Olivari y muchos más
pero, muy particularmente, con Roberto Arlt.
De no haber alcanzado lo que logró
con tanta brega, el Teatro del Pueblo hubiera
merecido figurar, igualmente, en la historia
de nuestra escena, por haber incitado y
apoyado a Roberto Arlt para que escribiera
su teatro. Pues si del Teatro del Pueblo
parte una de las etapas más significativas
e importantes del desarrollo escénico
nacional, cuyos resultados permanecen, con
las obras de Roberto Arlt se inició
la revolución, específicamente
dramática, la etapa renovadora que
llega hasta estos días. Sin el talento
y el desenfado de Arlt no podrían
concebirse los cambios fundamentales operados
en la materia.
A Barletta y al Teatro del Pueblo se les
debe, asimismo, las primeras representaciones
orgánicas efectuadas en Buenos Aires
al aire libre, durante la época veraniega.
En una islita de los lagos de Palermo se
estrenó "Myrta", el poema
de Pedro Calou y, sobre el tabladillo levantado
en una feria, se presentó "La
isla desierta", la joyita escénica
de Roberto Arlt.
Leónidas
Barletta realizó con su Teatro del
Pueblo una labor en verdad ciclópea.
Desde el cuchitril de la calle Corrientes
al 400 -para 120 espectadores posibles,
sentados sobre toscos bancos de madera y
telón de arpillera-, llegó
hasta una sala teatral ya perfectamente
conformada, como era la de Corrientes 1530,
después de pasar por locales provisorios
como los de Carlos Pellegrini 340 -donde
nació el celebrado "teatro polémico",
y Corrientes 1741, al que se llamó
Corral de la Pacheca, y en cuyo patio se
animó una versión singular
de "Juan Moreira", de Gutiérrez.
La sala de Corrientes 1530 -que anteriormente
había llevado los nombres de Corrientes
y Nuevo-, en 1937 se denominó Teatro
del Pueblo, transformándose, desde
ese momento, en una auténtica Facultad
de Humanidades, entrañablemente popular,
sin exámenes de ingreso ni entrega
de diplomas, pues los "cursos"
que se dictaban eran abiertos y libres,
y no concluían nunca. En ella, con
capacidad para 1550 espectadores -y a menudo
hubo que colocar en la boletería
el cartelito de "No hay más
localidades"-, no sólo se ofrecieron
espectáculos teatrales y danza, sino
también conciertos, exposiciones
de variada índole, ciclos de conferencias
y se editaron obras de teatro de autores
nacionales y una revista: Conducta.
A pesar de
todo ello (o por todo ello, más exactamente),
tras la Revolución de 1943, funcionarios
reaccionarios se hicieron cargo de la Comuna
Municipal porteña y, una de sus primeras
tareas fue desalojar a Barletta y a su gente
de la sala que, a partir de entonces, se
llamó Teatro Municipal de la Ciudad
de Buenos Aires y, una vez demolido el viejo
edificio, y muy ampliado el predio, se construyó
el modernísimo Teatro Municipal General
San Martín de estos días.
Barletta y
los suyos defendieron como tigres su teatro,
hasta que finalmente sus puertas fueron
forzadas por piquetes de policías
y bomberos, cargándose en camiones
municipales de basura, a granel, cuatro
pisos de elementos -trajes, muebles, cuadros,
focos, libros, etc- que habían sido
utilizados para ofrecer arte y cultura.
Como no podía bajar los brazos y
entregarse, Barletta se cobijó con
su gente en el subsuelo de la Diagonal Norte
943, en cuyo frente, hasta hace muy poco
tiempo, había un pequeño cartel
que anunciaba: Teatro del Pueblo. Al fallecer
Barletta, la salita fue dedicada a exposición
de artistas plásticos argentinos
y, como ya lo indicara en el intróito
de esta charla, funciona actualmente el
Teatro de La Campana. Ustedes saben ahora
bien por qué, y todo lo que significa
ese rótulo. Es una bandera que rinde
homenaje a la capacidad y al tesón
de Leónidas Barletta.
Podría
hablarles de mis propias emociones como
autor presentado en dos oportunidades -"Maternidad"
y "Sobre los escombros"- por el
elenco de Barletta, ya en Corrientes 1530,
y durante las bulliciosas funciones de "teatro
polémico", y hasta leerles párrafos
de una carta que me enviara Barletta a raíz
del conflicto que se planteó allí,
por fallas que se produjeron en el montaje
y la interpretación de mi segundo
estreno. Carta escrita con su inconfundible
letra grande, clara, y colmada de redondeces,
en la que se me daban explicaciones que
yo no me hubiera atrevido a pedirle, y que
guardo con gran cariño.
Como muchos de mi
generación -y de las posteriores,
pues ha transcurrido más de medio
siglo desde el punto de partida- vengo del
Teatro del Pueblo; me sentí enfervorizado
por su brega e incitado por su obra y, por
lo tanto, es para mí un orgullo que
me conmueve, aportar esta noche algunos
datos apenas, sobre la personalidad vigorosa
y tan alerta en lo que a nuestro teatro
concierne, de Leónidas Barletta,
ese ser duro y generoso, violento y reflexivo,
todo a la vez, que creyó en las posibilidades
enormes del hombre y de la mujer para trabajar
con responsabilidad y a conciencia -con
"conducta", diría él-
por sus vidas y sus sueños, en libertad,
con justicia y en paz.
Veo ante mí
(¿cómo borrar la imagen?)
a Leónidas Barletta, con su cara
de luna llena y gesto de bonanza -a pesar
de la firmeza que denunciaba su mentón
poderoso-, dando campanazos frente a la
puerta de su teatrito de la angosta calle
Corrientes 465. Veo ante mi al "fundador
mitológico del teatro independiente
argentino", como lo calificara ese
otro batallador de nuestra escena libre
y siempre en la brecha que es Onofre Lovero.
Felizmente,
Leónidas Barletta tiene ya una salita
-su antigua salita, renovada con autores
y directores jóvenes- que recuerda
su lucha, y un libro estupendo, dedicado
al "campanero mayor", escrito
con gran comprensión y enorme afecto,
por mi tan admirado y querido Raúl
Larra.
Ya como cierre
quiero leerles unos párrafos del
capítulo inicial de dicho libro que
se titula, precisamente, "El hombre
de la campana". Es una "acuarelita
porteña", digna del Roberto
Arlt que también aparecerá
en ella y, ayudará a comprender mejor
un ámbito -en su tiempo, en su clima
y en su propio jugo-, y el accionar de Leónidas
Barletta cuando, allá por 1931, y
el comienzo de uno de sus espectáculos.
He aquí unos cuantos párrafos
de cómo lo cuenta Raúl Larra.
Así
eran Leónidas Barletta y su Teatro
del Pueblo, con la intervención en
vivo de Roberto Arlt, según Raúl
Larra, allá por 1931. Acababa de
nacer y empezaba a echar a andar nuestra
"escena libre" o "independiente",
y se iniciaba la nueva etapa renovadora
de nuestro teatro nacional, en todos sus
niveles, que llega hasta estos días.
¡Y menudo es el mérito!
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