En una calle de Buenos Aires a fines
del siglo XIX podíamos apreciar:
un puesto de zapatero remendón catalán
o napolitano, una mercería francesa,
en una obra, albañiles italianos,
en la vereda vendedores ambulantes sirios,
al fondo una iglesia rusa o una sinagoga.
Europa se dio cita a orillas del Río
de la Plata.
Entre los años 1875 y 1918, la inmigración
le cambió la fisonomía a nuestro
país. Más de cinco millones
de extranjeros fueron recibidos en esos
años por la Argentina.
La ley nacional
denominada de Avellaneda número 817,
definió las condiciones para que
inmigrante llegaron a buscar fortuna, o
más simplemente algo para no morirse
de hambre, desembarcaron un día en
los muelles del Puerto de Buenos Aires.
Muchos se quedaron en esta ciudad definitivamente.
Las series estadísticas disponibles
sólo reúnen datos a escala
nacional como los Censos Nacionales de 1895,
1914 que no distinguen a los inmigrantes
que se instalaron en Buenos Aires de los
que se dirigieron al interior.
Tanto Juan Bautista Alberdi como Domingo
Faustino Sarmiento habían sido los
principales difusores de la idea de que
la inmigración contribuiría
al progreso y desarrollo del país,
y el Preámbulo de la Constitución
de 1853, convirtió esa idea: “...para
todos los hombres de buena voluntad que
quieran habitar el suelo argentino...”
LAS CONDICIONES DE LA INMIGRACIÓN
Para
atraer a los inmigrantes hacia un país
lejano y hacerles aceptar el desarraigo,
hay que prometerles condiciones de vida
mejores que las de su patria de origen.
En el siglo XIX para la masa de campesinos
pobres europeos, ninguna motivación
era más poderosa que el acceso a
la tierra.
Y la Argentina disponía de inmensas
extensiones de tierras vírgenes.
Hasta los años 1850, la incesantes
guerras entre caudillos, la baja demanda
de mano de obra de la economía del
cuero, la carencia de una legislación
adecuada a la época, obstaculizaban
la corriente migratoria, cambiando las condiciones
en la época de la unidad nacional,
siendo la Constitución de 1853, la
que estimularía abiertamente la inmigración,
con la ayuda del fin de las guerra civiles
que aportan seguridad a los bienes y a las
personas como también la exportación
requirió mano de obra abundante.
Pronto la Argentina sería un país
cosmopolita por excelencia, y esta condición
de “crisol de razas” le daría
un carácter particular y tierra de
promisión.
PARA EL INTERIOR DEL PAÍS
Los primeros inmigrantes
llegaron a constituir colonias en Santa
Fe, Entre Ríos y Buenos Aires que
les ofrecieron organizar colonias agrícolas.
Ceden a familias de inmigrantes grandes
lotes de 30 hectáreas de tierras
públicas. A partir de 1853 se fundaron
colonias pioneras en Santa fe, Entre Ríos
y Corrientes, que toma más impulso
en los años 1860, que continúa
viniendo gente reclutados en Alemania, Suiza,
Francia, Italia, España y hasta Rusia,
hasta los años 1890.
Hacia 1895, existían 365 colonias
en Santa Fe, 204 en Entre Ríos, 80
en Córdoba, y prácticamente
ninguna en la provincia de Buenos Aires,
donde los criadores manifestaban su abierta
hostilidad a esta forma de ocupación
del suelo.
Una ley de
1862 otorga a cada familia de inmigrantes
un lote de 40 hectáreas de tierras
públicas. Al siguiente año,
el Gobierno Nacional autoriza la entrada
con franquicia de herramientas, maquinaria
agrícola, semillas y otros materiales.
La aplicación parcial de estas primeras
disposiciones lleva al Presidente Nicolás
Avellaneda a promulgar la ley de octubre
de 1876, inspirada en el Home Stead Act
de los Estados Unidos, que crea una Oficina
de Tierras y Colonias encargada de distribuir
los lotes de 24 a 50 hectáreas.
El gobierno reparte gratuitamente los cien
primeros lotes de una sección de
40.000 hectáreas y vende el resto
a bajo precio con facilidades de pago a
diez años.
Hasta el año
1890, la oferta de tierras públicas
abiertas a la colonización sirve
de cebo para atraer campesinos europeos.
En 1888, un folleto de información
difundido en Europa termina con este tentador
llamado: “Por medio de fáciles
economías, el trabajador europeo
adquiere en la República Argentina
la propiedad de la tierra que cultiva, cambiando
así su suerte de obrero sin voluntad
propia, por la de propietario independiente.”
A partir de 1890, la mayoría de los
inmigrantes europeos siempre se dirige hacia
la Argentina, pero orientándose hacia
las ciudades que hacia el campo, más
hacia el comercio y la industria que hacia
la agricultura y la ganadería. El
crecimiento de la ciudad de Buenos Aires
a fines del siglo XIX y a comienzos del
XX halla en este hecho una de sus explicaciones
más convincentes.
La construcción
de los ferrocarriles, el Puerto de Buenos
Aires, las líneas de tranvías
las cloacas, la pavimentación, los
hospitales, las casas, ofrecen empleos mejores
a los inmigrantes. Las grandes obras en
la capital comienzan hacia 1885-1890, en
el momento mismo que se cierra el acceso
a la tierra. De 1890 a 1903, la mayoría
de las obras urbanas permanecen abiertas
y substituyen a las actividades agrícolas
como motor de la inmigración. Lo
trabajadores extranjeros también
son atraídos por las nuevas industrias:
la alimentación, los frigoríficos,
los textiles que aparecen entre 1890 a 1930.
Se distinguen
dos fases dentro del movimiento migratorio:
de 1860 a 1890 predomina el pasaje del campo
europeo al argentino; de 1890 a 1930, se
impone el éxodo del campo europeo
hacia las ciudades argentinas, en especial
a la de Buenos Aires.
Edgardo José
Rocca
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