Bajo este título la historiadora
y poeta Otilia Da Veiga quiso volcar en
versos su admiración por la gesta
heroica de aquellas mujeres que acompañaron
a Don Pedro de Mendoza en su aventura al
Río de la Plata, a cuyas orillas
arribó el 2 o 3 de febrero de 1536,
para fundar el primer asiento en estas costas,
al que dio el nombre de Puerto de Nuestra
Señora Santa María de Buenos
Aires. En once navíos llegaron aproximadamente
1200 hombres, la mayoría españoles
pero también muchos de ellos de otras
nacionalidades, incluyendo un puñado
de mujeres a quiénes la poeta rescata
del olvido. El monumento levantado en memoria
de la gesta, ubicado en la Plaza Lezama
de Buenos Aires, constituyó el germen
de estos versos, que ya no la poeta sino
la historiadora, precede con un cálido
relato no exento de admiración por
las que llamó “las bravas mujeres
de la conquista”. Y aquí comienza
la historia...
Isabel
de Guevara En tiempos en que la mujer se
veía sometida a la esclavitud espiritual
que representa la ignorancia, Isabel logró
ser la excepción. En carta dirigida
al Rey en 1556, narra los horrores vividos.
300 sobrevivientes famélicos, cercados
por montes de vegetación achaparrada,
con el acoso constante de los pumas a quienes
llaman tigres, y de los indios, fueron rescatados
y llevados a Asunción, cuando el
hambre les roía las vísceras,
haciéndolos retroceder a los hábitos
de la antropofagia. "Esta hambre fue
tamaña que ni lade Xerusalem se le
puede Ygualar"
María Dávila
Acompañó a Pedro de Mendoza
desde su delirio por encontrar "La
Sierra de la Plata" hasta el trance
final de su existencia, compartiendo la
vida y la enfermedad del "morbus gallicus".
Mendoza alcanzó a dejar escrito en
su testamento, lo que a su juicio, bastaba
para quedar cumplido con Dios y su conciencia,
¡Vaya delicadeza! ..."a María,
que va doliente en esta nao, que le den
llegando a Sevilla, lo que les pareciese
para que se pueda curar" derivándola
a la caridad sucesoria. Su amada Sevilla,
que él ya no habría de ver,
por cuyos jardines se habían paseado
los príncipes moros y hacia donde
ella iba a morir...
Elvira Pineda. Con 24 años era la
compañera de Juan de Osorio, maestre
de infantería de Mendoza a quien
éste en una reacción impulsiva,
mandó matar, tragedia que ejecutó
Ayolas, por orden del Adelantado. Su cuerpo
fue arrojado al monte, insepulto, para alimento
de las alimañas. Ella, "que
por ser mujer no sabía leer"
preguntaba llorando, qué decía
el letrero de amotinador y traidor que le
habían colocado. Por la noche, aunque
Mendoza había prohibido darle sepultura,
ella lo sepultó bajo una palmera
con ayuda de algunos indios. Dicen que el
fantasma de Osorio, persiguió a Mendoza,
avanzada su enfermedad, en todas sus noches
de desesperación.
Catalina Pérez.
Fue la mujer de Hernando de Mérida
y sirvienta del Adelantado. A la sazón
tenía 26 años y le tocó
presenciar la ejecución de Osorio
y acompañar a Elvira en su duelo.
Compartieron, además de la amistad,
astucia y bravura necesarias para eludir
los rigores de códigos tan crueles,
que nunca hubieran podido ser burlados,
sino con el concurso de una gran habilidad
e inteligencia.
La Maldonada Francisco Ruiz Galán,
capitán general de Buenos Aires,
parece que solía ejercer con las
mujeres, algún exceso de autoridad.
Se consideraba tan cristiano y piadoso,
que se lo pasó levantando iglesias
de paja, para diversión del fuego.
La Maldonada, convivía con él,
por esa suerte de ayuntamientos que abundaban,
a veces en secreto o cuando menos, recatados,
pero en los que siempre se obligaba a la
mujer, al culto de la subordinación
sin atenuantes. Cuenta la historia, que
habiendo criado a una cachorra de puma,
la auxilió más tarde en el
trance de parir; de ahí en más,
la "tigresa" se habría
convertido en su protectora y que escapando
de los malos tratos del capitán,
huía al monte a refugiarse junto
al animal. El historiador Enrique de Gandía
exhibió un documento curioso; la
protesta de un conquistador llamado Antonio
de la Trinidad, en que acusa a Ruiz Galán,
de haberla echado al monte, atada con una
cadena a un árbol.
Ana Alrededor
de este nombre, danzan las especulaciones.
Podría tratarse de la hija de Diego
de Arrieta. Ya estamos enterados de lo espantosa
que fue aquella hambruna y la reiteramos
por si pudiera servir de atenuante a su
proceder "¡el pecado de la carne!"vituperable
y paradójico, en un ambiente donde
los hombres, con sus decisiones razonadas,
no excluían las súbitas y
fogosas persecuciones de la mujer.
Dicen que
al tiempo de parir, vagaba loca, por el
monte.
A las bravas mujeres
de la conquista
¿En qué nave,
las trajo la conquista?
¿En la de Hernando Blas o de Mendoza?
¡Vientos de ingratitud, la historia
roza,
ganada por las glorias del varón!
Mari Sánchez, de Juan de Salmerón
y Catalina Pérez, o la otra Catalina,
por trincheras de lutos y de ruinas
empalmaron los días del tormento
-el hambre y la escasez por alimento-
¡En qué embeleco, el sueño
las alista?
¡Ciudad de paja, amurallada en lodo,
quien te quiso creer, lo creyó todo!
Entre tanto dolor, tanta locura,
la vida, con sus tientos se asegura,
con aquellas mujeres de una pieza
que sin perder en llanto la entereza,
fueron, para la gesta de los hombres,
sólo una cita más, algunos
nombres,
perdidos de algún pliego, en una
lista,
para las que ganaron su derecho.
Cronista de pasión, de trecho en
trecho,
sus cartas desangrara, Isabel de Guevara.
¡Y de la Maldonada, padecida,
gusano de la fruta prohibida?
¡Menos cruel, Ruiz Galán, lo
fuera el tigre.
Sin que la pena de mi pecho emigre,
pienso en María la amante de Mendoza,
y su dolor en mi dolor se empoza.
¡Y qué diría de las
dos Elviras,
Gutierrez y Pineda!
que en las miras de aquellos vomitantes
arcabuces,
con el ojo avizor y haciendo cruces,
sostuvieron al hombre desvalido
con firmeza de roble ya crecido.
¡A qué mundo, las trajo la
conquista?
Tan lejos de la seda y de la gasa,
a compartir una existencia escasa,
a parir en un mundo sin perdones,
la promesa fugaz de las pasiones.
El triste trance de la pobre Ana
¡frente a su dura fe, samaritana,
quien por unos despojos de pescado,
quedó crucificada en el pecado!
¡Bravas mujeres, que olvidó
la historia,
desfilen, que aquí están,
en mi memoria.
Otilia Da Veiga
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