Han
pasado solo poco más de sesenta días
desde la asunción de las nuevas autoridades
de nuestra ciudad y si bien el tiempo transcurrido
es demasiado escaso
No se advierten
por lo menos mejoras mínimas en el
estado de las calles (miles de pozos, baches,
etc. en cualquier calle o avenida de Buenos
Aires); las aceras de cualquier barrio,
incluso en los lugares más céntricos,
se constituyen en verdadero peligro para
los caminantes, prueba de lo cual lo dan
los consultorios de hospitales y sanatorios
que atienden diariamente decenas de pacientes
en sus secciones de traumatología.
El abandono de las plazas es ya un lugar
tradicional, fuentes con aguas estancadas,
sucias, suciedades de perros en cualquier
arenero donde concurren los niños
(cada vez menos por el temor de las madres),
placas indicadoras faltantes, árboles
envejecidos, abandonados, con sus raíces
convertidas en nidos de ratas, automóviles
abandonados en las calles, falta absoluta
de inspecciones a bares y restaurantes con
un nivel de ocupación de veredas
alarmante, rampas para discapacitados destruidas,
etc.
Debemos
de reconocer que un buen porcentaje de culpa
de todas estas desdichas son asignables
al vecino de la ciudad; el usual ver residuos
a cualquier hora, dueños que salen
con sus perros para que los canes utilicen
las calles como baños públicos,
conductores que desaprensivamente arrojan
por la ventanilla de sus camiones o coches
cualquier tipo de residuos, consorcios despreocupados
por las veredas de sus edificios, botellas
de cerveza tiradas por todas partes, etc.
Creemos
que los distintos organismos de la ciudad
deben urgir la puesta en marcha de los programas
que seguramente tendrán ya estudiados
para darnos la ciudad que nos prometieron
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