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Personas y personajes de nuestra ciudad

Compañero del alma... tan temprano...

     Para los que añoran otros tiempos. Esos donde veíamos tres películas por función y aplaudíamos emocionados las hazañas de nuestros héroes. Donde el amigo, aquél que escuchaba tus más íntimas confesiones, era de carne y hueso en vez de una pantalla plana de PC.
Para los que prefieren que entre dos medie, a lo sumo, una mesa de café. Para quienes las promesas tienen aún valor de documento. Para todos ellos va dedicado este personaje de Buenos Aires.

 

Cantamos porque llueve sobre el surco
Y somos militantes de la Vida,
Y porque no podemos ni queremos
Dejar que la canción se haga cenizas.
...........................................................
Cantamos porque creemos en la gente
Y porque venceremos la derrota.
...........................................................
Cantamos porque el sol nos reconoce
Y porque el canto huele a primavera
Y porque en este tallo, en aquel fruto
Cada pregunta tiene su respuesta.

Mario Benedetti

¿Cómo se define a Buenos Aires? Será, acaso por ese paisaje de ciudad trasnochada con aires de modernidad, o por su filosofía con gusto a bar, que hace de cada habitante un opinólogo recibido con honores en el asfalto. Tal vez sea por su música de dos por cuatro, por ese quejido sensual de bandoneón que alimenta nuestra innata melancolía.
Quizás Buenos Aires esté fileteada en nuestros corazones, viva en los adoquines desparejos de tu barrio, en las caderas y la risa de nuestras mujeres que conjuran a su paso cualquier preocupación masculina.
A lo mejor la encontramos en las cenas de los viernes con amigos, bebiéndonos la vida entre mitos y ruidosas discusiones. Definitivamente está dentro de nosotros y más aún en estos personajes que va pariendo como al descuido, fruto de sus amoríos con los dioses que habitan sus esquinas.

l a historia que sigue es la de uno de esos ignotos semidioses. Se llamaba Juan, Juancito y vio por primera vez la luz de su Buenos Aires una primavera de 1933. Entró de prepo en la familia de un cocinero de a bordo, gallego testarudo que tocaba la guitarra y cantaba con voz de trueno. La vieja... de la vieja no se habla, es para letra de tango. Se fue y no se supo más. Así que Marta y Juan se criaron con su padre, correteando por las calles de Mataderos, frente a la mirada indiferente de las vacas que deambulaban en rebaño. Las tardes los sorprendían en el zaguán contando las carretas que pasaban, hasta que la luna encendía cada uno de los adoquines que deslumbraban por su brillo. Algunas noches el viejo se ganaba unos extras “visteando”. Con el poncho enrollado en un brazo y la navaja en la diestra desafiaba a más de uno. Era ducho para el asunto y se alzaba con buena plata. Los chicos le hacían de campana porque ya se sabe que esos juegos estaban reñidos con la “cana”. Después se fueron para San Telmo, a un conventillo de la calle Defensa, y al Centro, en la misma Carlos Pellegrini al 500. Sus recuerdos de infancia se llenaron con las canciones de Don Beceiro volviendo de alta mar; resuenan en la voz sonora de Marta, cantando zarzuelas que él mismo acompañaba con su registro de tenor.
A los diez de Juan el gallego dijo basta o lo llamaron del Cielo para arreglar sus cuentas pendientes. La cosa es que Marta y Juan esta vez se quedaron solos, en casa de unos tíos. Será por eso que los hermanos siguieron siempre juntos, muy unidos.
Juan se vino alto y fuerte, y como no había mucho tiempo para el estudio empezó a ganarse la vida como pintor de autos, en un taller de Mataderos. Era el típico muchacho de barrio, de charlas en el bar después del laburo, de esos que valoraban la amistad, fieles a la palabra empeñada. Tenía ideales por los que muchas veces se jugó el pellejo.
También fue un experto nadador. Era un “duro”, tallado por la vida, que no le hizo asco al trabajo: vendió libros “puerta a puerta”, fue ayudante de carnicero, cuidador nocturno en un garage, luchador de lucha libre. “Él sólo peleaba contra cinco y ganaba siempre. Iban por los clubes de distintos barrios” –recuerda su hermana. Después, entrenador en varios gimnasios con aparatos, hasta que tuvo el suyo propio cuando las pesas ya no eran sólo cosa de hombres.
Leía con avidez, por lo que se hizo dueño de una gran cultura y de a poco las palabras fueron sus amigas. Él las encendía en las almas de los obreros del frigorífico, de los vecinos sin techo, de los compañeros del “partido”. Perfilaba personaje entrañable. “Entonces - siempre lo contaba - vinieron unos tipos del PJ a ofrecerle un lugar en sus listas. Tenerlo a Juan daba prestigio. Y él les dijo que no, que tenía sus ideas y no las iba a cambiar por un puesto político” –comenta Marta con orgullo. Así que siguió siendo para siempre “el zurdo” Juan. Sus utopías le valieron varios sinsabores y marcaron un rumbo azaroso a la familia que ya había formado junto a Coca y su hija Karina.
Pero la vida no es sólo ganarse el mango. Un día, por lo bajo, no era cuestión de desentonar con el estigma de “macho de barrio”, la vocación de actor le tocó el hombro, insistente. Al terminar su trabajo se iba a los ensayos y por su porte rudo en seguida llamó la atención de ciertos productores. Trabajó junto a Luis Brandoni, Federico Lupi, Miguel Ángel Solá y hasta se dio el gusto de hacer un protagónico.
A la par que participaba gremialmente en la Asociación Argentina de Actores se le dio por garabatear unas líneas, poemas para algunos, cosas del alma con vocación de mariposas para otros. Entonces se lo veía en un bar de Primera Junta, cubierto con la bruma de sus inseparables Marlboro, acodado en sus recuerdos, llenando las hojas de aquel viejo cuaderno. Parecía increíble que de ese tipo con manos nudosas, cuerpo de quebracho y mirada de malevo salieran tan bellas palabras. Los que tuvimos la suerte de escucharlo recitar sus poemas, con esa voz poderosa, fuimos testigos de su calidad como poeta.
Eran los tiempos de entrenador...”¿Qué hacés, tigre?”- saludaba a sus fornidos alumnos, dándoles una palmada tan contundente que los dejaba sin aliento Se lo veía feliz, en su gimnasio, en esas charlas interminables, siempre buscando una nueva rutina, más efectiva, con menor riesgo. Y nos despedía tanto a chicas como a muchachos con su particular: “Felices Fiestas”. Es que para él la vida era el anhelo de una hermosa celebración, donde todos tuvieran el derecho de disfrutar sin el capricho de un calendario.
Pero la suerte, como la taba, no estuvo de su lado. O a lo mejor fue él mismo quien no la quiso llamar. La cosa es que el trabajo empezó a escasear, se encontró separado, sin casa y con muchos problemas. Algunos amigos, siempre fieles, le fueron tirando puntas. Otros, rodeados de brillo, insistían en no recordar. “Juan Beceiro nunca pide” –le escuchábamos decir.
Doblando el codo, faltando aún unos cuantos metros para la meta se la vio venir. Siempre convivió con ella, la contempló de cerca en su infancia, la sintió en la mirada de los compañeros que compartían su misma celda, la insultó cuando les iba arrebatando simientes a su Coca y a él. Fue de a poco, un manto oscuro comenzó a cubrir sus fuelles, se “infiltró” como un verdadero enemigo y se apoderó de su parte mortal.
Qué duro fue verlo aquel invierno, con el paso cansino, igual de pétrea su mirada. Enseñándonos a los mortales que no es digno batirse en retirada. Llegó septiembre del 2000, quería ver una vez más brotar la vida desde su ventana. Con toda su hombría peleó. Pero fue de otros la partida.
Y allá está, con Piazzola y con Don Pintos y con tantos amigos, mirándonos. Quién sabe... acaso aquel pibe, Juancito, ese que siempre luchó por repartir primaveras, sea uno de los ángeles de Buenos Aires que vigilan cuando la ciudad se adormece, para que otros gorriones no se queden sin mañana.
Nota de: Diana M. Donayre Zinovoy
ddonayre@hotmail.com

JUAN BECEIRO por JUAN BECEIRO

Les ofrecemos dos poemas de su producción literaria. Pertenecen a la última etapa de su vida. Un homenaje a su barrio de infancia, Mataderos y el grito de guerra de un luchador de Buenos Aires que no se siente vencido.

 

Mi viejo barrio
de ligustrinas y zanjones
paredes cortas, veredas abuelas
a veces de adoquines
al fondo corralones.

En su esplendor
de tomateras,
glicinas y parrales,
esperanzado en cambiar
por techos de verdad
las chapas
donde enanas chimeneas
pitaban fantasmaa
en las madrugadas
mientras la luna
bailaba con el viento
en el potrero
al compás del zumbido
de los cables faroleros.

Allá, en la mezcla...
del fango con el cielo,
donde un cachuzo farol,
copiando el sueño
de los ciegos, tapaba
a un par de nuevos
en sus primeros besos,
o al llanto trasnochado
de algún reo
aprendiendo a no saber
si el amor, es solo... un sueño.

Barrio de guapos, medios dioses
Que jugaban a la muerte
Empujados
Por la pasión de sus temores.

Con gente que le sobraban
Manos para la ayuda
Volteando el fácil rencor,
Como guarida, ante la duda.

Recuerdos...
Nubes sin después ni antes,
...qué sé yo,
quizás los fui soñando.

JUAN

 
PORQUE

Porque ...
la rúbrica de lo sabido
es la duda.
Lo nuevo,
infinito cielo;
Los milagros, realidades
en la imaginación del hombre.
Porque...
en la selva
de los cerdos y vampiros
hay un claro de esperanza,
donde el sol acaricia mariposas
y la amargura se evade
con la tristeza dulce de la melancolía.
Porque ....
no pertenecemos,
nos condenan a esta vida
de distintas hambres
e impiden que riamos con las flores.
Porque...
se adora a dios
pero se envidia al diablo
y el amor...
pierde sus alas llegando
a lo más alto.
Porque...
tratando de ser ajeno me contemplo
desterrado, proscripto,
intimidado.
Mas rechinando mis dientes
no me entrego.
Sigo en la pelea
con el escudo de mimo,
la espada de mi risa
y el penacho de
libre ser humano.


JUAN

 


TRAYECTORIA ACTORAL

Su paso por la escena nacional se vio reflejado en filmes como:

• “Desde el abismo” (1980). Dirigida por Fernando Ayala, protagonizada por Thelma Biral, con Raúl Rizzo dentro del elenco. Con Raúl los unía una gran amistad, los dos eran de “la barra” en Mataderos.
• “Asesinato en el senado de la nación” (1984). Bajo la dirección de Juan José Jusid, con Miguel Ángel Solá y Pepe Soriano en el papel de Lisandro de la Torre. Aquí Beceiro encarnaba a un obrero de la carne, militante sindical.
• “Prontuario de un argentino”(1985). , dirigida por Andrés Bufali (1983). Su gran protagónico que le valió excelentes críticas, entre ellas la de Rómulo Berrutti (Función Privada).
• “Flores robadas en los Jardines de Quilmes” (1985). Sobre el libro de Jorge Asís, dirigida por Antonio Ottone. Actuó junto a Soledad Silveyra y Víctor Laplace.
En teatro:
• Actuó con Federico Luppi en “El vestuario” , presentada en Buenos Aires y llevada luego por el interior del país.

 
     
  “A nuestros jóvenes, les han robado el orgullo de su furia, sus antes... su poesía.”
FIRMA ESCANEADA DE JUAN


POR SI LES QUEDA ESPACIO, VA UN LINDO POEMA MAS de Juan Beceiro. SINO PARA INTERNET Cuidado con la métrica, si achican tener presente conservar cada estrofa (renglón) como están aquí.

Los barriletes son las flores del cielo
con la fuerza impostergable de septiembre...
Son como niños meciéndose en brisas aliadas,
montando el viento o elevándose en el vértigo del huracán.

En el vital, y peligroso juego
del ascenso a lo nuevo,
un torrente de colores hacia el sol...
No todos llegan. Hay cables, altas paredes,
oscuridades siniestras y vientos traicioneros.
Los barriletes-globos explotan.
Son la agonía del color...
Están los atrapados, los que pelean,
Los que se baten sin tregua.
¿Alguna vez observaron la lucha de un barrilete
contra el cable?
A un verdadero barrilete jamás se lo vence
ni tampoco muere. ¿Alguien vio o conoce
un cementerio de barriletes?
Son como la justa inocencia, se transforma en ejemplo.
Subir, elevarse: el feliz reto.
Color, alegría: es la consigna.

Los verdaderos, los que tengan color-vida,
Esos heredan el jardín del sol.

JUAN