Quienes Somos
 Editorial
 Premios Recibidos
 19 Años en Acción
 Ultima Tapa
 Distribución
 Propuestas
 Anunciantes
 Interes General
 Almagro
 Boedo
 Caballito
 Flores
 P. Chacabuco
 P. Patricios
 Pompeya
 San Cristóbal
 Comisarías
 Bomberos
 Hospitales
 Emergencias
 Farmacias
 CGP
 Consulados
 Embajadas
 Trenes y Subtes
 Aguas Argentinas
 Entes Regulatorios
 Edenor
 Edesur
 Metrogas
 Telecom y Telefonía
 Registros Civiles
 Registro Industrial
 Registros Propiedad
 Registros Sociales
 Mascotas
 Bolsa de Trabajo
 El tiempo
 Web Mail
 Guia Telefónica
 Horóscopo
 Postales y Chistes
 Chequeo Virus Online
 

 

Página de inicio?  
Contáctenos
     

 


LILY FRANCO:
HOMENAJE A ALBERTO VACAREZZA EN SU NUEVO ANIVERSARIO

 
 

    En una nota anterior en este mismo espacio comunicacional, informamos sobre el homenaje tributado por la Junta de Estudios Históricos de Villa Crespo y la Legislatura de la Ciudad autónoma de Buenos Aires a la memoria del escritor Alberto Vacarezza, al descubrirse una placa recordativa en el frente del mítico Conventillo de la Paloma, en la calle Serrano, inspirador de una de las obras más populares del autor.

En esta oportunidad tenemos que agradecer a la escritora Lily Franco su autorización para incluir en nuestro sitio www.nuevociclo.com..ar, la totalidad de un testimonio que narrara la autora en 2006, publicado por la Peña del Libro “Trento Rocamora”, que –para nosotros- resulta de inestimable valor. Por eso queremos enriquecer esta página compartiéndolo con nuestros lectores. Así nos decía Lily Franco en su “Recordando a Alberto Vacarezza”


CONOCÍ A UN VACAREZZA UN TANTO CANSADO, de regreso de infinitas experiencias como hombre, como artista, acaso con el sabor amargo de la decadencia después de haber paladeado todas las mieles del éxito, pero no de la plenitud, de esa obra que tal vez todos morimos sin escribir y viendo un Buenos Aires que le estaba resultando ajeno. Corrientes ya no es angosta, el teatro exigía otro lenguaje, el hombre comenzaba a avizorar la violencia, las ausencias se sentían a su edad como un irrefrenable abandono, tal vez como una invitación a marcharse, a irse definitivamente.
A pesar de sus años y la intensidad de su vida, era un todo abierto a la sorpresa, al deslumbramiento de lo nuevo, a descubrirle novedades a su , tan colmado de matices. Y lo que más asombraba en él, era su alma, la imperturbable serenidad aun en momentos francamente desagradables, donde con más empeño parecía emplear su filosofía personal e intransferible, como cuando dice uno de sus personajes que “aprendiendo a vivir, se va la vida...”
Jamás le escuché un tono alto durante un ensayo. Hacía las indicaciones considerando al actor con el mayor respeto, y ninguno en mi presencia –ni aun las charlas que perturbaban a veces la tarea- le hizo perder su compostura.
Todo lo hacía con igual gracia y encantamiento, descubriendo las maravillas de la vida. “Yo no soy hombre político –decía- porque antes que la política me encantó el arte y más que el arte, la vida. Mas no por ello ha de creerse que los problemas sociales dejan de preocuparme. Desde el fondo de la vida vengo abriéndome paso a golpes de voluntad. Antes, de llegar a los papeles, ya había probado cómo se trabaja en los talleres de las ciudades y, sobre todo, en los campos de mi tierra”.
Y allí radicaría sin duda ese conocimiento, aceptado o no, de que hacía gala en cada una de sus obras para el teatro. Con tal identificación, tan realmente consustanciado, que hasta en su figura, en su hablar, había una dualidad, más bien una simbiosis de hombre eminentemente porteño –de Villa Crespo, nacido el 1° de abril de 1886, con el nombre completo de Alberto Bartolomé Ángel Venancio Vacarezza- y mucho de criollo, configurando así un prototipo nacional. Porque Vacarezza fue hombre de espléndida estampa argentina. Y también, acaso, sentir y esencia de sus personajes, pintorescos o no, dramáticos o no, siempre nobles, en los que afloraba su singular sentido de la vida, aun en los momentos supremos del hombre, aquellos en que sabe que ese don precioso y transitorio de la existencia va llegando a su fin inexorablemente.
Así lo pintan de cuerpo entero estos dos auténticos relatos que nada tienen que ver con la anécdota prefabricada, sino con la verdad de su dolor y su identificación con lo popular.
Poco antes de llegar el 6 de agosto de 1959, día de su fallecimiento, sus amigos iban a visitarlo. Aquel hombre de figura poderosa, rotunda, que había sido son Alberto, era solo un dramático recuerdo para quienes lo veían en su lecho. Relató Miguel Mileo, que fuera a hacerle compañía junto al desaparecido actor Gregorio Cicarelli, creador inefable de tantos personajes de Vacarezza, que , hombre profundamente sensible, no pudo evitar el impacto y dejaba que la conversación girar en torno de él, sin emitir palabra; pero un disimulado gesto de Mileo apela a la frase tradicional y con un esfuerzo, dice: “Realmente Alberto, estás tan bién como la última vez que nos vimos”. Éste le clava su aguda mirada, piensa apenas y responde: “¡Ajá! Y la última vez que nos vimos fue cuando hicimos El conventillos de la Paloma, en 1929...”.
De don Alejandro Berrutti, el comediógrafo también fallecido, llegó este diálogo, iniciado en iguales circunstancias que el anterior. Lo ve, se conmueve ante la evidencia de ese derrumbe físico y le pregunta con emoción y ternura: “¿Cómo estás, Alberto?”. Y la respuesta es concreta y digna de su hombría y talento:
¡Aquí me tenés, hermano, ensayando para finao!”.
Era, sí, un sainetero, con todas las virtudes inherentes a tal clasificación, como él lo definía con estas palabras: “Para componer un sainete que aspire adentrarse en el alma popular a las aptitudes que aduce es necesario añadir la natural penetración psicológica indispensable a su fin y un claro y hondo sentido del ritmo y la armonía, que es como decir que hay que sentir el arte. Y dele las vueltas que usted quiera, el arte es y será la delicada expresión de la belleza. En un sainete, la más leve disonancia o falla de carácter pueden determinar su fracaso. Y aparte de esto, hay otro riesgo: el sainete no admite diálogos divagadores ni preciosismos retóricos excesivos como las obras de avance lento. En cuanto la acción se detiene, el sainete es acopio de vida moviente y palpitante. Sencillez, gracia, dinamismo y alegría. El sainete es juventud”.
Expresaba formas del sentir popular de una época y sus personajes que –caricaturescos o no- andaban las calles de Buenos Aires, sin que él los hubiera inventado, tal como ahora, con distintos matices y de acuerdo al tiempo que vivimos, encontramos figuras dignas de la caricatura popular, sentir que está en el espíritu del pueblo argentino.
Es decir, que los hombres de Vacarezza se reconocen en el común denominador de la ciudad y su tiempo; que hoy, Vacarezza, traído al tapete por los intelectuales que rescatan con seriedad el análisis de su obra, está de pie junto a sus criaturas, las criaturas del pueblo. El hizo arte, un arte popular “tan importante al fin y en ocaciones más, que otras expresiones, como decía en 1913 el genial don Miguel de Unamuno: “Nuestro teatro clásico puede y debe darnos orientación para el sentido nacional español, sentido aun no agotado ni mucho menos; pero el popularismo se impondrá aquí y en todo el mundo culto.
Hemos visto que le preocupaba todo lo que fuera artificio, adorno retórico que ocultará la profanidad de la expresión y decía: “La vida tiende a hacerse cada vez más sencilla y en ello finca la suprema dificultad. La dificultad de llegar a la sencillez. Además, hay que ser claros. El misterio no existe más que para los espíritus incapaces de ver las cosas a la luz del sol”.
En uno “de sus viajes, marchaba su automóvil por una pequeña aldea, cuando sufrió un percance que obligo a él y a sus acompañantes a detener la marcha. Varias personas se acercaron a prestarles ayuda y así se enteraron los campesinos que procedían de Buenos Aires. Fue así que un jovencito que se encontraba con su abuelo, dando grandes muestras de alegría, dijo: “Son ustedes argentinos, ¡ vaya suerte la mía! Al fin podré saber el significado de la letra de una canción que se canta por aquí. Hay una parte que dice “Los morlacos del otario los tirás a la marchanta” y nosotros no sabemos qué quiere decir “morlacos”, “otario”, ni “marchanta”. A lo que replicó don Alberto: “Es muy sencillo; traducido, sería más o menos “las pesetas de los tontos las arrojas a la calle”. “¡Hombre! –exclamó el muchacho- y ¿por qué no decirlo así?. Fue entonces cuando intervino el abuelo, que había seguido la conversación serenamente: “No hay que decirlo así, porque cada cosa debe tener el sabor de la tierra que la produce. Si los melones de Valencia, pongo por caso, no tuvieran el sabor que tienen, ya no serían de Valencia, sino de cualquier parte”.
Quizá en aquel episodio, cierto o no lo que relatara, se fundaba su adhesión a un lenguaje que Vacarezza se complacía en llamar “criollo”. “En nuestro lenguaje –es decir, el criollo- hay una serie de palabras que no tienen equivalentes en castellano. Si los tuviera, no las habríamos creado, aunque parezca una perogrullada”. Parece ser entonces que, para él, en el criollo se fundían, creando y recreándose, vocablos de tal fuerza expresiva que constituían por sí solos una suerte de filología popular.
Siguiendo con Vacarezza, diré que no hizo de este léxico una expresión canalla, sino que le puso dentro su emoción, su nostalgia por algo perdido o que se iba perdiendo; un Buenos Aires aldeano, un poco ingenuo, un tanto mísero pero cálido, humano, tierno.
Por cierto que la galería de los compadres de Vacareza es abrumadora y se originaban generalmente entre guapos de distinta barriada, dirimiendo sus diferencias no por puro machismo, sino en defensa de algo, donde el “bueno”, ganando o muriendo, dejaba impresa su moraleja. Por cierto que la gracia, la espontánea frescura de sus personajes hacían muy difícilmente “antipático” a cualquiera de ellos, por mucho que presumiera de guapeza. El floreo, el juego verbal, hasta el romanticismo eran los placeres que ejercitaba Vacarezza en su quehacer literario, como lo muestra Juancito de la Ribera, ese compadre que al volver de la cárcel y reencontrarse con su barrio sólo puede decir:

¡Vereda de mis rayuelas
esquinita de mis juegos
de cachuza y repeluz
y el tejo al que está más lejos!

Juancito, el guapo, el taita o como se lo llame, no es más que el niño aferrado al recuerdo de la infancia. El pibe de la bolita o la rayuela, así como si el compadre o compadrito fuera sólo un aire, un tono de arrabal.
Del mismo modo que lo hace Villa Crespo el malevo noble y derecho, más “don Juan” que malevo, en doloridas décimas el progreso destructor de sus sueños que no son más que las palabras de un romántico popular:

Villa Crespo, barrio reo
el de las calles estrechas
y las casitas mal hechas,
que eras lindo, por lo feo.
¿Dónde están, que no los veo,
aquellos viejos matones
caferatas y gaviones
que en sus posturas gotaicas
iban quebrando las paicas
al taquear de los pisones?
La mersa de Picardía
Roncoroni y, el Yesero,
lavieja y el Escobero,
¿qué se han hecho, mama mía?
¿Dónde piantó la alegría
del fondín del Genovés,
la cancha del Marsellés
la tropa de Covadonga
y la famosa milonga
del Tano Cuarenta y Tres?
Ya no sos lo que antes eras,
Villa Crespo de mis sueños.
Otras leyes y otros dueños
te barrieron la vereda
y con mano chapucera
el grébano constructor
clavó en tus huecos en flor
del andamiaje las redes
y levantando paredes,
te fue matando el color.
¿qué querés con la postura
de tus tiendas y tus “yecas”.
Tus cinemas y tus “fecas”
si se te aguó la pintura?...
Te engrupió la arquitectura
del plano municipal;
yo que vos, pa carnaval
apuraba el expediente
de batirle al intendente
que te abra una diagonal...
¡Ah, Villa Crespo querida,
de mi recuerdo inocente!
¡Cómo se pianta la vida
vos también en la embestida
del edilico poder
viniste al fin a caer
y tu lontano retrato,
se fuga por Triunvirato,
¡para nunca más volver!

En ninguna de ellas falta el fondo moral, la preocupación social, la fraternidad hacia el hombre desde el hombre, aun en el patio del conventillos, esa obligada convivencia de distintas razas donde todos terminan unidos por la alegría o el dolor, en comunicación y afecto.
Vacarezza, porteño cabal, como protestando por esa nueva estructura de un Buenos Aires que se le va de las manos, escribe uno de sus más hermosos romances criollos, Lo que le paso a Reinoso, cuyo estreno se lleva a cabo en el Teatro El Nacional, con Muiño y Alippi.
¿Qué le dio la literatura, más allá de ese límite fijado por estrictos cánones –patio, pasacalle, esquina, cabaret- de un género agotado? Más de lo que podría suponerse y de lo general o tradicionalmente aceptado.
Es así que paso fugazmente por sus comedias, que las hizo y no por capricho, sino al principio de su carrera y aun después, con más talento y sentido de humanidad que muchos autores actuales. Así como Doña Remedios, Aves caseras, la mala racha, las chicas de Gurruchaga o las minas de Caminiaga, todas ellas, sino fundamentales, con “algo más”, con la revelación de los problemas de una clase decadente que aspiraba a no perder, cualquiera fuera el precio, no la realidad de una posición irrecuperable sino la apariencia de ella.
Me enfrento con el Vacarezza autor de romances y leyendas de tipo criollo, como la ya mentada Lo que le paso a Reynoso, o colonial, como la bellísima pieza en verso La china Dominga, que como él mismo la define, es el tipo clásico de la cuartelera criolla con toda la belleza de su arrogancia y la energía de su temperamento, o El camino a la Tablada, con el romanticismo que le sabía imprimir a sus poemas teatrales, o El buey corneta, donde la acotación definiendo al protagonista muestra la fidelidad a un tiempo y lugar.
Es imposible dejar de nombrar Los Cardales, uno de los dramas de su preferencia, también creación de Pablo Podestá, como La casa de los Batallán, cuya, traducción al alemán –Das Laus Der Batallans- fuera realizada por el doctor Otto Buek e incorporado al repertorio del gran actor Alejandro Moissi, ambos más trágicos que líricos, con el dramatismo hondo y elemental de las voces de la sangre y de la tierra”.
También en tono de romance está escrita Allá va el resero Luna, obra que no conoce edición y que fuera estrenada en 1942 en el Teatro Presidente Alvear, de Pascual Carcavallo.
¿Y cómo olvidar el ejemplar drama montaraz San Antonio de los Cobres? Esta obra fue premiada por la Comisión Nacional de Cultura y por la Municipalidad de Buenos Aires, como el mejor drama estrenado durante el año 1938, con la interpretación de Muiño y Alippi dando vida a esas dolidas y tiernas criaturas, que, a pesar de sus pasiones y desdichas, repetían: “¡Dios es un hombre bueno!” y que muestran una vez más el sentimiento religioso profundo y a la vez ingenuo que campea en toda su producción. Esta pieza tiene singulares aproximaciones al teatro benaventino sin mostrar, por ello, ninguna influencia, como no sean las humanas, dominadas en este caso, por la razón y la fe. Y es que prácticamente no hay una sola pieza de Vacarezza –me refiero a su obra total- en que la referencia a Dios, a su fe no se traduzca con absoluta claridad.
Ese Vacarezza que se fue cuando el progreso iba haciendo de Buenos Aires una ciudad multitudinaria y algo fría, en esos versos, como en cada uno de sus trabajos, mostraba la desnudez de su nostalgia. Los pregones que se sucedieron en la acuarela inagotable de su verbo, poblaron antes y después y seguirán poblando siempre con diversos colores, la ciudad que amaba. Entre muchos poemas líricos dignos de recordarse y que reclaman la antología que merecen- como La flecha- cito uno que dice que Vacarezza fue poeta si no confeso, convicto. Se lo escuché muchas veces, tantas que, evocándolo, no puedo menos que oírlo en su voz. Ahora comprendo que lo prefería y que mostraba de algún modo su vocación de canto, un sentimiento frustrado o sacrificado por la necesidad del hombre. Es un largo poema, EL viaje, y extraigo algunos párrafos, para dar muestra parcial de su estructura:

Te he llevado en mi coche por todos los caminos.
Nos embarcamos juntos en naves de ultramar
y puertos y ciudades, hoteles y casinos
y continuamente unidos nos vieron desfilar.

Alucinadamente corrimos por las calles
de la deslumbradora ciudad de Baudelaire.
¡Qué hermosa era la tarde que fuimos a Versalles!
A, Francia, quién me diera volverte a recorrer.

Y poseídos siempre de nuestro mal creciente
de Nápoles, la bella, en una noche azul,
sonambulescamente zarpamos para Oriente
hasta besar las playas doradas de Estambul.

En Mérida, la vieja, volaron nuestros sueños
sobre el romano circo de la vetusta lid
y desde los maduros trigales extremeños
en una sola etapa, llegamos a Madrid.

La hospitalaria gente, alegre y decidora,
clamor de pregoneros en la Puerta del Sol.
Por el motivo triste que más de un pueblo llora,
graciosamente ríe y canta el español.

¿Adonde vamos, alma? Hemos corrido tanto
que en este mundo viejo no se podrá seguir.
América nos llama. Se acaba ya ni canto,
nostalgia de mi tierra... Volvamos a partir.


¿Adonde estás ahora? De luengas tierras traje
esta inquietante fiebre, de andar, andar, andar...
Pero me alienta el sueño de que al final del viaje,
¡la tierra de mi tierra, mi sueño ha de guardar!

Fue éste un tierno diálogo que sostuvo con su alma
de poeta. Y en él, una vez más ¡y cuántas! El amor a su
ciudad, a su tierra.

Esto puedo decir de Alberto Vacarezza. Y mucho, más. Como mencionar, entre sus fantasías, sesiones de quiromancia en las que me dijo “cosas veredes”
Casuales o no. Vacarezza fue un ser infinito y tierno. Pero sólo intento dejar aquí la imagen de ese Buenos Aires que él representó como pocos en perfil y creación y en los versos dolidos de su Villa Crespo, su hombre, su ternura, su barrio “que en su lontano retrato/ se fuga por Triunvirato/ para nunca más volver...”

www.nuevociclo.com.ar
Producción Propia

Más noticias

 

 
 

  

  

  

 

>>>Volver

 
 
Free counter and web stats  
Resolución recomendada 800x600 © Copyright 2001 - Nuevo Ciclo.com Todos los derechos reservados
     Ir Arriba
            >>>WebMaster