En
una nota anterior en este mismo espacio
comunicacional, informamos sobre el homenaje
tributado por la Junta de Estudios Históricos
de Villa Crespo y la Legislatura de la Ciudad
autónoma de Buenos Aires a la memoria
del escritor Alberto Vacarezza, al descubrirse
una placa recordativa en el frente del mítico
Conventillo de la Paloma, en la calle Serrano,
inspirador de una de las obras más
populares del autor.
En esta oportunidad tenemos
que agradecer a la escritora Lily Franco
su autorización para incluir en nuestro
sitio www.nuevociclo.com..ar, la totalidad
de un testimonio que narrara la autora en
2006, publicado por la Peña del Libro
“Trento Rocamora”, que –para
nosotros- resulta de inestimable valor.
Por eso queremos enriquecer esta página
compartiéndolo con nuestros lectores.
Así nos decía Lily Franco
en su “Recordando a Alberto Vacarezza”
CONOCÍ A UN VACAREZZA UN TANTO CANSADO,
de regreso de infinitas experiencias como
hombre, como artista, acaso con el sabor
amargo de la decadencia después de
haber paladeado todas las mieles del éxito,
pero no de la plenitud, de esa obra que
tal vez todos morimos sin escribir y viendo
un Buenos Aires que le estaba resultando
ajeno. Corrientes ya no es angosta, el teatro
exigía otro lenguaje, el hombre comenzaba
a avizorar la violencia, las ausencias se
sentían a su edad como un irrefrenable
abandono, tal vez como una invitación
a marcharse, a irse definitivamente.
A pesar de sus años y la intensidad
de su vida, era un todo abierto a la sorpresa,
al deslumbramiento de lo nuevo, a descubrirle
novedades a su , tan colmado de matices.
Y lo que más asombraba en él,
era su alma, la imperturbable serenidad
aun en momentos francamente desagradables,
donde con más empeño parecía
emplear su filosofía personal e intransferible,
como cuando dice uno de sus personajes que
“aprendiendo a vivir, se va la vida...”
Jamás le escuché un tono alto
durante un ensayo. Hacía las indicaciones
considerando al actor con el mayor respeto,
y ninguno en mi presencia –ni aun
las charlas que perturbaban a veces la tarea-
le hizo perder su compostura.
Todo lo hacía con igual gracia y
encantamiento, descubriendo las maravillas
de la vida. “Yo no soy hombre político
–decía- porque antes que la
política me encantó el arte
y más que el arte, la vida. Mas no
por ello ha de creerse que los problemas
sociales dejan de preocuparme. Desde el
fondo de la vida vengo abriéndome
paso a golpes de voluntad. Antes, de llegar
a los papeles, ya había probado cómo
se trabaja en los talleres de las ciudades
y, sobre todo, en los campos de mi tierra”.
Y allí radicaría sin duda
ese conocimiento, aceptado o no, de que
hacía gala en cada una de sus obras
para el teatro. Con tal identificación,
tan realmente consustanciado, que hasta
en su figura, en su hablar, había
una dualidad, más bien una simbiosis
de hombre eminentemente porteño –de
Villa Crespo, nacido el 1° de abril
de 1886, con el nombre completo de Alberto
Bartolomé Ángel Venancio Vacarezza-
y mucho de criollo, configurando así
un prototipo nacional. Porque Vacarezza
fue hombre de espléndida estampa
argentina. Y también, acaso, sentir
y esencia de sus personajes, pintorescos
o no, dramáticos o no, siempre nobles,
en los que afloraba su singular sentido
de la vida, aun en los momentos supremos
del hombre, aquellos en que sabe que ese
don precioso y transitorio de la existencia
va llegando a su fin inexorablemente.
Así lo pintan de cuerpo entero estos
dos auténticos relatos que nada tienen
que ver con la anécdota prefabricada,
sino con la verdad de su dolor y su identificación
con lo popular.
Poco antes de llegar el 6 de agosto de 1959,
día de su fallecimiento, sus amigos
iban a visitarlo. Aquel hombre de figura
poderosa, rotunda, que había sido
son Alberto, era solo un dramático
recuerdo para quienes lo veían en
su lecho. Relató Miguel Mileo, que
fuera a hacerle compañía junto
al desaparecido actor Gregorio Cicarelli,
creador inefable de tantos personajes de
Vacarezza, que , hombre profundamente sensible,
no pudo evitar el impacto y dejaba que la
conversación girar en torno de él,
sin emitir palabra; pero un disimulado gesto
de Mileo apela a la frase tradicional y
con un esfuerzo, dice: “Realmente
Alberto, estás tan bién como
la última vez que nos vimos”.
Éste le clava su aguda mirada, piensa
apenas y responde: “¡Ajá!
Y la última vez que nos vimos fue
cuando hicimos El conventillos de la Paloma,
en 1929...”.
De don Alejandro Berrutti, el comediógrafo
también fallecido, llegó este
diálogo, iniciado en iguales circunstancias
que el anterior. Lo ve, se conmueve ante
la evidencia de ese derrumbe físico
y le pregunta con emoción y ternura:
“¿Cómo estás,
Alberto?”. Y la respuesta es concreta
y digna de su hombría y talento:
¡Aquí me tenés, hermano,
ensayando para finao!”.
Era, sí, un sainetero, con todas
las virtudes inherentes a tal clasificación,
como él lo definía con estas
palabras: “Para componer un sainete
que aspire adentrarse en el alma popular
a las aptitudes que aduce es necesario añadir
la natural penetración psicológica
indispensable a su fin y un claro y hondo
sentido del ritmo y la armonía, que
es como decir que hay que sentir el arte.
Y dele las vueltas que usted quiera, el
arte es y será la delicada expresión
de la belleza. En un sainete, la más
leve disonancia o falla de carácter
pueden determinar su fracaso. Y aparte de
esto, hay otro riesgo: el sainete no admite
diálogos divagadores ni preciosismos
retóricos excesivos como las obras
de avance lento. En cuanto la acción
se detiene, el sainete es acopio de vida
moviente y palpitante. Sencillez, gracia,
dinamismo y alegría. El sainete es
juventud”.
Expresaba formas del sentir popular de una
época y sus personajes que –caricaturescos
o no- andaban las calles de Buenos Aires,
sin que él los hubiera inventado,
tal como ahora, con distintos matices y
de acuerdo al tiempo que vivimos, encontramos
figuras dignas de la caricatura popular,
sentir que está en el espíritu
del pueblo argentino.
Es decir, que los hombres de Vacarezza se
reconocen en el común denominador
de la ciudad y su tiempo; que hoy, Vacarezza,
traído al tapete por los intelectuales
que rescatan con seriedad el análisis
de su obra, está de pie junto a sus
criaturas, las criaturas del pueblo. El
hizo arte, un arte popular “tan importante
al fin y en ocaciones más, que otras
expresiones, como decía en 1913 el
genial don Miguel de Unamuno: “Nuestro
teatro clásico puede y debe darnos
orientación para el sentido nacional
español, sentido aun no agotado ni
mucho menos; pero el popularismo se impondrá
aquí y en todo el mundo culto.
Hemos visto que le preocupaba todo lo que
fuera artificio, adorno retórico
que ocultará la profanidad de la
expresión y decía: “La
vida tiende a hacerse cada vez más
sencilla y en ello finca la suprema dificultad.
La dificultad de llegar a la sencillez.
Además, hay que ser claros. El misterio
no existe más que para los espíritus
incapaces de ver las cosas a la luz del
sol”.
En uno “de sus viajes, marchaba su
automóvil por una pequeña
aldea, cuando sufrió un percance
que obligo a él y a sus acompañantes
a detener la marcha. Varias personas se
acercaron a prestarles ayuda y así
se enteraron los campesinos que procedían
de Buenos Aires. Fue así que un jovencito
que se encontraba con su abuelo, dando grandes
muestras de alegría, dijo: “Son
ustedes argentinos, ¡ vaya suerte
la mía! Al fin podré saber
el significado de la letra de una canción
que se canta por aquí. Hay una parte
que dice “Los morlacos del otario
los tirás a la marchanta” y
nosotros no sabemos qué quiere decir
“morlacos”, “otario”,
ni “marchanta”. A lo que replicó
don Alberto: “Es muy sencillo; traducido,
sería más o menos “las
pesetas de los tontos las arrojas a la calle”.
“¡Hombre! –exclamó
el muchacho- y ¿por qué no
decirlo así?. Fue entonces cuando
intervino el abuelo, que había seguido
la conversación serenamente: “No
hay que decirlo así, porque cada
cosa debe tener el sabor de la tierra que
la produce. Si los melones de Valencia,
pongo por caso, no tuvieran el sabor que
tienen, ya no serían de Valencia,
sino de cualquier parte”.
Quizá en aquel episodio, cierto o
no lo que relatara, se fundaba su adhesión
a un lenguaje que Vacarezza se complacía
en llamar “criollo”. “En
nuestro lenguaje –es decir, el criollo-
hay una serie de palabras que no tienen
equivalentes en castellano. Si los tuviera,
no las habríamos creado, aunque parezca
una perogrullada”. Parece ser entonces
que, para él, en el criollo se fundían,
creando y recreándose, vocablos de
tal fuerza expresiva que constituían
por sí solos una suerte de filología
popular.
Siguiendo con Vacarezza, diré que
no hizo de este léxico una expresión
canalla, sino que le puso dentro su emoción,
su nostalgia por algo perdido o que se iba
perdiendo; un Buenos Aires aldeano, un poco
ingenuo, un tanto mísero pero cálido,
humano, tierno.
Por cierto que la galería de los
compadres de Vacareza es abrumadora y se
originaban generalmente entre guapos de
distinta barriada, dirimiendo sus diferencias
no por puro machismo, sino en defensa de
algo, donde el “bueno”, ganando
o muriendo, dejaba impresa su moraleja.
Por cierto que la gracia, la espontánea
frescura de sus personajes hacían
muy difícilmente “antipático”
a cualquiera de ellos, por mucho que presumiera
de guapeza. El floreo, el juego verbal,
hasta el romanticismo eran los placeres
que ejercitaba Vacarezza en su quehacer
literario, como lo muestra Juancito de la
Ribera, ese compadre que al volver de la
cárcel y reencontrarse con su barrio
sólo puede decir:
¡Vereda de mis rayuelas
esquinita de mis juegos
de cachuza y repeluz
y el tejo al que está más
lejos!
Juancito, el guapo, el taita
o como se lo llame, no es más que
el niño aferrado al recuerdo de la
infancia. El pibe de la bolita o la rayuela,
así como si el compadre o compadrito
fuera sólo un aire, un tono de arrabal.
Del mismo modo que lo hace Villa Crespo
el malevo noble y derecho, más “don
Juan” que malevo, en doloridas décimas
el progreso destructor de sus sueños
que no son más que las palabras de
un romántico popular:
Villa Crespo, barrio reo
el de las calles estrechas
y las casitas mal hechas,
que eras lindo, por lo feo.
¿Dónde están, que no
los veo,
aquellos viejos matones
caferatas y gaviones
que en sus posturas gotaicas
iban quebrando las paicas
al taquear de los pisones?
La mersa de Picardía
Roncoroni y, el Yesero,
lavieja y el Escobero,
¿qué se han hecho, mama mía?
¿Dónde piantó la alegría
del fondín del Genovés,
la cancha del Marsellés
la tropa de Covadonga
y la famosa milonga
del Tano Cuarenta y Tres?
Ya no sos lo que antes eras,
Villa Crespo de mis sueños.
Otras leyes y otros dueños
te barrieron la vereda
y con mano chapucera
el grébano constructor
clavó en tus huecos en flor
del andamiaje las redes
y levantando paredes,
te fue matando el color.
¿qué querés con la
postura
de tus tiendas y tus “yecas”.
Tus cinemas y tus “fecas”
si se te aguó la pintura?...
Te engrupió la arquitectura
del plano municipal;
yo que vos, pa carnaval
apuraba el expediente
de batirle al intendente
que te abra una diagonal...
¡Ah, Villa Crespo querida,
de mi recuerdo inocente!
¡Cómo se pianta la vida
vos también en la embestida
del edilico poder
viniste al fin a caer
y tu lontano retrato,
se fuga por Triunvirato,
¡para nunca más volver!
En ninguna de ellas falta
el fondo moral, la preocupación social,
la fraternidad hacia el hombre desde el
hombre, aun en el patio del conventillos,
esa obligada convivencia de distintas razas
donde todos terminan unidos por la alegría
o el dolor, en comunicación y afecto.
Vacarezza, porteño cabal, como protestando
por esa nueva estructura de un Buenos Aires
que se le va de las manos, escribe uno de
sus más hermosos romances criollos,
Lo que le paso a Reinoso, cuyo estreno se
lleva a cabo en el Teatro El Nacional, con
Muiño y Alippi.
¿Qué le dio la literatura,
más allá de ese límite
fijado por estrictos cánones –patio,
pasacalle, esquina, cabaret- de un género
agotado? Más de lo que podría
suponerse y de lo general o tradicionalmente
aceptado.
Es así que paso fugazmente por sus
comedias, que las hizo y no por capricho,
sino al principio de su carrera y aun después,
con más talento y sentido de humanidad
que muchos autores actuales. Así
como Doña Remedios, Aves caseras,
la mala racha, las chicas de Gurruchaga
o las minas de Caminiaga, todas ellas, sino
fundamentales, con “algo más”,
con la revelación de los problemas
de una clase decadente que aspiraba a no
perder, cualquiera fuera el precio, no la
realidad de una posición irrecuperable
sino la apariencia de ella.
Me enfrento con el Vacarezza autor de romances
y leyendas de tipo criollo, como la ya mentada
Lo que le paso a Reynoso, o colonial, como
la bellísima pieza en verso La china
Dominga, que como él mismo la define,
es el tipo clásico de la cuartelera
criolla con toda la belleza de su arrogancia
y la energía de su temperamento,
o El camino a la Tablada, con el romanticismo
que le sabía imprimir a sus poemas
teatrales, o El buey corneta, donde la acotación
definiendo al protagonista muestra la fidelidad
a un tiempo y lugar.
Es imposible dejar de nombrar Los Cardales,
uno de los dramas de su preferencia, también
creación de Pablo Podestá,
como La casa de los Batallán, cuya,
traducción al alemán –Das
Laus Der Batallans- fuera realizada por
el doctor Otto Buek e incorporado al repertorio
del gran actor Alejandro Moissi, ambos más
trágicos que líricos, con
el dramatismo hondo y elemental de las voces
de la sangre y de la tierra”.
También en tono de romance está
escrita Allá va el resero Luna, obra
que no conoce edición y que fuera
estrenada en 1942 en el Teatro Presidente
Alvear, de Pascual Carcavallo.
¿Y cómo olvidar el ejemplar
drama montaraz San Antonio de los Cobres?
Esta obra fue premiada por la Comisión
Nacional de Cultura y por la Municipalidad
de Buenos Aires, como el mejor drama estrenado
durante el año 1938, con la interpretación
de Muiño y Alippi dando vida a esas
dolidas y tiernas criaturas, que, a pesar
de sus pasiones y desdichas, repetían:
“¡Dios es un hombre bueno!”
y que muestran una vez más el sentimiento
religioso profundo y a la vez ingenuo que
campea en toda su producción. Esta
pieza tiene singulares aproximaciones al
teatro benaventino sin mostrar, por ello,
ninguna influencia, como no sean las humanas,
dominadas en este caso, por la razón
y la fe. Y es que prácticamente no
hay una sola pieza de Vacarezza –me
refiero a su obra total- en que la referencia
a Dios, a su fe no se traduzca con absoluta
claridad.
Ese Vacarezza que se fue cuando el progreso
iba haciendo de Buenos Aires una ciudad
multitudinaria y algo fría, en esos
versos, como en cada uno de sus trabajos,
mostraba la desnudez de su nostalgia. Los
pregones que se sucedieron en la acuarela
inagotable de su verbo, poblaron antes y
después y seguirán poblando
siempre con diversos colores, la ciudad
que amaba. Entre muchos poemas líricos
dignos de recordarse y que reclaman la antología
que merecen- como La flecha- cito uno que
dice que Vacarezza fue poeta si no confeso,
convicto. Se lo escuché muchas veces,
tantas que, evocándolo, no puedo
menos que oírlo en su voz. Ahora
comprendo que lo prefería y que mostraba
de algún modo su vocación
de canto, un sentimiento frustrado o sacrificado
por la necesidad del hombre. Es un largo
poema, EL viaje, y extraigo algunos párrafos,
para dar muestra parcial de su estructura:
Te he llevado en mi coche
por todos los caminos.
Nos embarcamos juntos en naves de ultramar
y puertos y ciudades, hoteles y casinos
y continuamente unidos nos vieron desfilar.
Alucinadamente corrimos
por las calles
de la deslumbradora ciudad de Baudelaire.
¡Qué hermosa era la tarde que
fuimos a Versalles!
A, Francia, quién me diera volverte
a recorrer.
Y poseídos siempre
de nuestro mal creciente
de Nápoles, la bella, en una noche
azul,
sonambulescamente zarpamos para Oriente
hasta besar las playas doradas de Estambul.
En Mérida, la vieja,
volaron nuestros sueños
sobre el romano circo de la vetusta lid
y desde los maduros trigales extremeños
en una sola etapa, llegamos a Madrid.
La hospitalaria gente, alegre
y decidora,
clamor de pregoneros en la Puerta del Sol.
Por el motivo triste que más de un
pueblo llora,
graciosamente ríe y canta el español.
¿Adonde vamos, alma?
Hemos corrido tanto
que en este mundo viejo no se podrá
seguir.
América nos llama. Se acaba ya ni
canto,
nostalgia de mi tierra... Volvamos a partir.
¿Adonde estás ahora? De luengas
tierras traje
esta inquietante fiebre, de andar, andar,
andar...
Pero me alienta el sueño de que al
final del viaje,
¡la tierra de mi tierra, mi sueño
ha de guardar!
Fue éste un tierno
diálogo que sostuvo con su alma
de poeta. Y en él, una vez más
¡y cuántas! El amor a su
ciudad, a su tierra.
Esto puedo decir de Alberto
Vacarezza. Y mucho, más. Como mencionar,
entre sus fantasías, sesiones de
quiromancia en las que me dijo “cosas
veredes”
Casuales o no. Vacarezza fue un ser infinito
y tierno. Pero sólo intento dejar
aquí la imagen de ese Buenos Aires
que él representó como pocos
en perfil y creación y en los versos
dolidos de su Villa Crespo, su hombre, su
ternura, su barrio “que en su lontano
retrato/ se fuga por Triunvirato/ para nunca
más volver...”
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