Hace
26 años, el 14 de junio de 1982,
la República Argentina vivía
uno de los momentos más tristes de
su historia como nación independiente.
Tras más de setenta días de
valerosas acciones de heroísmo y
sacrificio, que dejaron un saldo de 653
vidas jóvenes inmoladas en el Altar
de la Patria, llegaba a su fin una epopeya
que, aún a pesar de las causas que
nos llevaron a ella y los errores cometidos
por quienes dirigían las acciones
bélicas, significó en los
corazones argentinos, en aquel ya casi lejano
2 de abril, la apertura de un canal de esperanza
en la reconquista de la soberanía
de las Islas Malvinas, reclamadas desde
el momento mismo que el invasor inglés
había puesto sus pies en ellas. Oscuras
debilidades políticas hicieron que
el fin de la guerra fuera tomado como un
pecado que hay que olvidar, cuando para
los 653 soldados, oficiales, marinos, aviadores
que dieron su vida en la tierra, las aguas
y los cielos de esa parte del continente,
la lucha hubo llevado siempre el sentir
patrio. Debió pasar bastante tiempo
para que la ciudadanía brindara en
plenitud el agradecimiento y el reconocimiento
a esos hombres y mujeres que se brindaron
con pasión, a veces con bronca pero
siempre con un infinito sentido de servicio
a la Patria, en los vaivenes de la guerra.
Comportamientos heroicos
reconocidos incluso por los adversarios,
llenaron páginas de gloria para nuestras
Fuerzas Armadas, aún cuando los cabezas
visibles de la determinación bélica
merecieran luego nuestro desprecio.
El 14 de junio de 1982, los generales Jeremy
Moore y Mario Benjamín Menéndez
acuerdan el alto el fuego y la rendición
de las tropas argentinas en Malvinas.
Una parte del Buenos Aires
que solo un día antes había
estado pendiente de un partido de fútbol
de la Selección Argentina en el campeonato
Mundial de España, se lanzó
a las calles en manifestación de
protesta por la rendición, provocando
serios destrozos que motivaron la intervención
policial.
Otra parte, más cuidadosa del alma
que del cuerpo, había escuchado en
silencio, el sábado 12 de junio,
las palabras de despedida del Papa Juan
Pablo II.
Lamentablemente las palabras de Carlos Contín
(UCR) dichas el 15 de junio de 1982 “A
las Fuerzas Armadas, vencedoras o con un
revés en las Islas Malvinas, las
hemos de recibir en triunfo, porque han
recuperado el prestigio del país”,
no su cumplieron y muy pronto una parte
de la dirigencia política, que no
se había atrevido a enfrentar antes
a la Dictadura, aprovechando la debilidad
de los mandos, comenzó una implacable
censura, olvidándose de los héroes,
que fueron los combatientes, que regresaron
con heridas en el cuerpo y en el alma. El
Consejo Superior Justicialista emitió
un comunicado, el 21 de junio, que expresaba:
“La decisión de recuperar por
la fuerza las Islas Malvinas, no estuvo
acompañada de medidas diplomáticas
y económicas. Tampoco se previó
la reacción británica. A pesar
de ello, la decisión miliar tuvo
el apoyo de casi la totalidad de los argentinos,
actitud que no debe confundirse con apoyo
al gobierno de las Fuerzas Armadas. La pérdida
de la batalla de Malvinas no significa que
se haya perdido la guerra”. Comunicado
valiente pero contradictorio. (“La
decisión militar tuvo el apoyo de
la casi totalidad de los argentinos, actitud
que no debe confundirse con apoyo al gobierno
de las Fuerzas Armadas” (¿quién
tomó la decisión, sino el
gobierno de las F.A.?) .
Lo cierto es que hoy,
26 años más tarde, todo el
país tiene la certidumbre que “la
epopeya de Malvinas constituye un hito histórico,
no solo en lo que respeta al devenir de
nuestra patria en su conjunto, sino también
al de nuestra ciudad” (Exposición
Malvinas: “Islas de la Memoria”
Corporación Buenos Aires Sur)
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
Aeropuerto de Buenos Aires
Sábado 12 de junio de 1982
Queridos hermanos y hermanas,
1. Estoy a punto de concluir
la visita a vuestro querido país,
que he emprendido en nombre de la paz en
momentos dolorosos de vuestra historia.
Este viaje y el realizado antes a Gran Bretaña
me han permitido cumplir con mi deber de
Pastor de la Iglesia universal, y a la vez
interpelar las conciencias para que, en
momentos de enfrentamientos bélicos,
se restablezcan en las dos partes en conflicto
sentimientos de pacificación, que
van más allá del silencio
de las armas. Pido a Dios que se traduzca
en realidad operante la profunda convicción
de que es necesario poner todos los medios
posibles para lograr una paz justa, honrosa
y duradera.
En los contactos
tenidos en estas ocasiones he podido constatar
que los dos pueblos, doloridos por los estragos
de la guerra y apenados sobre todo por la
pérdida de jóvenes vidas,
que ponen lágrimas y luto en tantas
familias, ansían la paz y la piden
con insistencia.
Quieran, por ello, los
responsables de los dos países y
de la comunidad internacional, que también
mira con fundada aprensión al momento
presente de tensiones y luchas, devolver
por encima de todo a las familias de las
dos naciones lo que ellas más anhelan:
la vida y serenidad de sus hijos o seres
queridos, antes que nuevos sacrificios agraven
los ya provocados. No se dude en buscar
soluciones, que salven la honorabilidad
de ambas partes y restablezcan la paz.
2. Os dejo como fruto
de mi visita a la noble nación argentina
el mensaje proclamado ante vuestros Pastores,
almas consagradas y ante todos vosotros.
Sea la plegaria elevada a la Madre de Luján
y la fuerza del amor que brota de la Eucaristía,
inspiración constante en los senderos
de fidelidad a Cristo que El os pide.
Por estas intenciones continuaré
rogando con insistencia, unido a vosotros,
para que cese pronto la prueba actual.
3. A las supremas
autoridades y a todos los argentinos, de
quienes he recibido tantas muestras de estima,
deferencia y cordial cercanía durante
mi visita, agradezco profundamente todas
las exquisitas atenciones recibidas, que
hallan en mí sentimientos de ininterrumpida
benevolencia hacia los hijos de este amado
pueblo.
Gracias por vuestro conmovedor entusiasmo
que, a pesar del delicado momento que atraviesa
vuestra nación, me ha prestado esta
acogida tan elocuente y calurosa.
Las cordiales y vistosas
manifestaciones de afecto que he recibido
al cruzar vuestras plazas, avenidas - 9
de Julio, Rivadavia - sobre todo y ante
todo vuestra presencia en los lugares de
oración han dejado en mí una
impresión que llevo muy marcada en
mi alma. Vuestras oraciones, aplausos, sonrisas,
eran una constante imploración de
paz, una continua prueba de vuestro amor
a la paz.
Seguid por ese camino al que os he exhortado
sin cesar. En un cartel a lo largo de mi
recorrido he visto este escrito: “Queremos
ser tu alegría”. Pues bien,
queridos amigos: sed la alegría de
Cristo con vuestra fidelidad a la fe; sed
la alegría de la Iglesia, sed la
alegría de la juventud del mundo,
viviendo y proclamando sin cesar vuestra
labor de paz. Sed la alegría del
Papa, que os quiere jóvenes auténticos
destructores de odio y constructores de
un mundo mejor.
Con un ¡hasta pronto!,
me despido de todos, bendiciendo a cada
argentino, sobre todo a los enfermos y a
los que sufren o lloran por las víctimas
de la guerra.
Dios bendiga a Argentina,
Dios bendiga a América Latina, Dios
bendiga al mundo.
¡Hasta la vista!
Las tropas argentinas
en Malvinas.
La Buenos Aires, que solo un dia antes habia
estado prendiente
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