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GUSTAVO RICCIO:
Un poeta de Balvanera que pensó en los niños

     El pasado 17 de noviembre, con el magnífico marco de la casa histórica de la familia Marcó del Pont, asiento hoy de la Casa de Cultura Marcó del Pont, se realizó un estimulante acto recordativo de la personalidad y obra de uno de los grandes poetas capitalinos del ayer, olvidados por las generaciones del presente: Gustavo Riccio.
Organizado en conjunto por la entidad dueña de casa y la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, luego de las presentaciones a cargo de los responsables de cada entidad, Lic. Lilia Saralegui y Lic. Aníbal Lomba, respectivamente, hicieron uso de la palabra, recordando al poeta, una vecina del barrio de Flores, el Prof. José Lubrano, hijo del escritor Lubrano Zas, único biógrafo de autor de Un poeta en la ciudad, la Sra. Alba Gandolfi, hija del escritor e historiador Álvaro Yunque y la Prof. Marcela Ciruzzi. Con un público que colmó la sala y participó en algún momento en forma directa, en un clima donde se mezclaba la admiración y el respeto hacia Gustavo Riccio, concluyó la reunión tras más de una hora y media de iniciada.

     El espacio no nos permite la transcripción de las palabras de todos los oradores, razón por lo cual ofrecemos a nuestros lectores parte de las palabras de la Prof. Marcela Ciruzzi, que dan título a esta nota.

     “En otra oportunidad hemos recordado al poeta Gustavo Riccio, hijo de Ángel Riccio y Magdalena Tálamo –inmigrantes italianos- que nació en Buenos Aires el 4 de abril de 1900, en una pequeña casa de la calle Rivadavia 1460, casa sin aire y sin sol, carencias fatales para el niño asmático.
     Después de habitar otro inmueble (ubicado en Cangallo y Esmeralda), la familia se instala en Rivadavia 2014 (actualmente funciona allí el bar La gran vía), conde Gustavo fallece, víctima de la tuberculosis, el 6 de enero de 1927. No alcanzó a cumplir los 27 años.
Se lo llamó con justicia el poeta de la calle Rivadavia, arteria a la que dedica un largo poema con mucho de historia.
     Recordemos que su descubridor y mecenas fue el escritor Álvaro Yunque, aunque también lo apoyaron y lo quisieron sus amigos Enrique González Tuñón, Leónidas Barleta, Nicolás Olivari, Elías Castelnuovo, César Tiempo, Teófilo Olmos y otros.
Había cimentado una cultura clásica considerable, fruto de sus variadas lecturas (“Me enorgullezco más de los libros que he leído que de los que he escrito”, decía el inefable Borges).
     Colaboró en varias revistas de su época y publicó dos obras fundamentales: Un poeta en la ciudad (1926) y Gringo Puraghei – Cantos de gringo (1928, edición póstuma).
    Pero en 1924, este poeta sensible y tierno da a conocer una Antología de versos para niños, obra que ha pasado casi inadvertida para la mayoría de sus biógrafos (no para Lubrano Zas).
     Riccio amó a los niños. Tal vez (perdidamente enamorado de Estela –Yunque la llamaba “Stella”-) soñó que podría tener uno propio:
De pronto te hiciste a un lado, Muy pequeñito
Un hueco entre nosotros se hizo.
Los dos pensamos lo mismo:
En ese hueco algún día se ha de sentar nuestro hijo. (Concierto)

     La mencionada Antología incluye un prólogo del autor dirigido a sus “queridos lectorcitos” y que presenta, a modo de epígrafe, la conocida frase de Jesucristo: “ Dejad que los niños vengan a mí”.
Allí les explica que ha publicado ese librejo porque los quiere mucho y porque también quiere mucho a los poetas.
Ambos - niños y poetas- son “buenos e inocentes” y dicen la verdad a su modo.
    Los niños son puros, bondadosos; y si alguno manifestara, en ocasiones, cierta maldad o egoísmo, pronto se curará si le damos a conocer un bello libro de cuentos.
Los poetas y los niños se comprenden, se corresponden, se asemejan.
“No hay poeta verdadero que no ame a los niños y no juegue con ellos; todos los poetas, todos, sin excepción, han dejado alguna página de su obra consagrada a los niños, asegura Gustavo Riccio.
El verso se comprende mejor: las canciones de cuna, las coplas de los juegos infantiles…son como el lenguaje de las mariposas y los pájaros.
La Antología –que de ninguna manera pretende ser completa- reúne alrededor de 50 composiciones de autores diversos, buen alimento espiritual para los tiernos lectores. Algunas son alegres, otras tristes; pero todas le darán felicidad.
“Para empezar a ser bueno es necesario sentir como si fueran de uno las penas de los otros”.
     Además, Riccio pretendía que la buena poesía alejara a los niños de las “feas canciones” callejeras, y de “esas sucias palabrotas que manchan los tangos y los cuplé en boga”, dignas de borrachos y muchachones vagabundos.
El antologista incluye poemas que hablan del legendario Mambrú, del accidente que sufrió Don Gato, de la violeta que no quiso seguir al niño, del Gato con botas que persigue al Ratón, de tres niñas cautivas que encontraron a sus padres….
Y cierra el prólogo despidiéndose como si fuera el “hermano mayor” de los niños a quienes conduce de la mano por el reino milagroso de la poesía.
Para terminar, quiero mencionar que en los Poemas inéditos, Gustavo Riccio incluye Las voces del taller (epigramáticas composiciones que relacionó con las muy breves de Baldomero Fernández Moreno incluidas en Yo médico, yo catedrático). Y son versos muy recomendables para los niños.

Leemos algunos:
El Martillo: Pego y pego y pego contra el hierro, obstinado
Mi pesada cabeza, hasta haberlo humillado.

La Sierra: Cuando clavo mis dientes yo perforo una boca
Que en mi vaivén parece que una armónica toca.

El Cepillo: Yo peino la madera. Y bajo mis cuidados
Se esparcen sus hermosos cabellos enrulados.

Las Poleas: Somos una película que vamos y venimos,
Subimos y bajamos, cantamos y reímos

Estas inocentes voces fueron escritas en 1921.
Si Gustavo Riccio amó a los niños, y seguramente, adoptó como lema las hermosas palabras de Oscar Wilde: “El mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”.

Prof. Marcela Ciruzzi


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