| En
un matutino de circulación nacional,
La Nación, en su edición del
28 de marzo dedica un amplio espacio para
analizar los resultados de la medida –que
la ley antitabaco permite- de autorizar en
los cafés y restaurantes espacios para
fumadores, siempre que reúnan ciertas
condiciones en cuanto a superficie, ventilación,
etc.
Ya en otras oportunidades
nos ocupamos de tan candente tema como es
la ley antitabaco que, desgraciadamente,
aún no tiene alcance nacional. En
esta oportunidad tenemos que dar nuestro
apoyo a quienes exigen mayor control en
los espacios autorizados para fumadores,
puesto que hemos podido comprobar que –efectivamente-
las separaciones entre uno y otro salón
son simple expresiones de deseos. Esta nota
está ilustrada por la fotografía
de la vidriera que corresponde a un establecimiento
gastronómico ubicado en pleno centro
de Buenos Aires, en Av. Corrientes y Maipú,
donde se ofrece un espacio para fumadores”.
Hemos entrado a recorrer el interior y comprobamos
que existe una puerta corrediza que separa
ambos recintos y que, por comodidad del
personal que atiende las mesas, permanecía
abierta al momento de nuestra visita. Es
evidente que esta circunstancia vendría
a ratificar la información que ofrece
la investigación de Fabiola Czubaj
en La Nación, donde se indica “que
las 50 mediciones del nivel de contaminación
del aire realizadas en bares, cafés,
restaurantes mostraron que las áreas
de no fumadores tienen casi el doble de
partículas inhalables del tabaco
que los bares libres de humo”.
Nada se dice en cambio sobre
la defensa de la salud del personal del
gremio gastronómico que debe atender
esos espacios contaminados. Es indudable
que la limitación de fuentes de trabajo
incidirán para que el empleado acepte
pasivamente su destino de persona contaminada
por el tabaco y sujeto por tanto a los males
que la nicotina produce en el organismo.
Desde esta columna adherimos
con firmeza a quienes proponen la inmediata
modificación de la ley, para eliminar
de su articulado la permisibilidad de espacios
para fumadores y la declaración universal
de “libre de tabaco” para todos
los espacios públicos de la Nación.
Las muertes y las enfermedades cancerígenas
no son un castigo únicamente para
Buenos Aires y algunas pocas provincias
que legislaron de igual forma. No es un
premio para nadie, ni tampoco se ganarán
votos, aceptando que la población
continúe envenenándose a la
vista y aceptación de todos. Ni hablar
del costo económico que ocasiona
al erario la enfermedad del fumador, recursos
que podrían emplearse para la investigación
y desarrollo en otras áreas de la
ciencia médica.
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