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FIN SIN GLORIA DEL CLUB SOCIAL MARIANO BOEDO

Adios a los sueños de sus fundadores. Fin sin fiestas para quienes usurparon durante los últimos tiempos un patrimonio que el barrio, durante por lo menos 50 años sintió como suyo. Devenido en la última decada en lugar de dudosa fama, nadie supo -o quiso- detener esta muerte anunciada. Finalmente el 22 de marzo el mazo del rematador acompañó con su golpe el anuncio esperado: Vendido. Como ocurre usualmente en estas caracterizadas "ventas" realizadas en los salones de la Corporación de Rematadores, el público heterogeneo estaba integrado en su mayoria por personajes de comedia, algún inexperto interesado y unos pocos curiosos. Tras treinta o cuarenta minutos de farsa, tomala vos, dámela a mí, casi como en un juego, la "liga" arriesgó $ 426.000 que, adicionado el IVA y la comisión, alcanza alrededor de $ 550.000. En dólares, muy poco dinero para una construcción de 800m2 incluida la tierra. Observar los rostros, escuchar silenciosos, alterados o enfurecidos comentarios, marcaban que el "agraciado", un señor de vientre prominente, en mangas de camisa, cabeza semi calva, cabellos canos, no había hecho buena letra ante sus colegas. "O sos mi amigo o sos mi enemigo" escuchó decir nuestro oído indiscreto.
Y terminaba allí la primera parte de esta realidad que, filmada, hubiera parecido de ficción.

AL RESCATE DE UN PATRIMONIO ARTISTICO

Luego del intervalo, como en las funciones de teatro, comenzó el segundo y último acto. Salía a la venta el contenido del ex Club Social Mariano Boedo. Heladeras, estufas, vitrinas, mesas, sillas, fueron rematándose a ínfimos valores. Siempre en clima de comedia. "Esta para vos, 17" se escuchó decir refiriéndose al número de orden que se da a cada posible oferente. Y el 17 dijo, diez o veinte, o cien, no interesa el importe, y se llevó el lote con acuerdo de sus vecinos.
Y asi llegamos al momento esperado, lo que nos había llevado hasta allí: el ofrecimiento en esa subasta pública del busto en bronce del procer Mariano Boedo, obra original del maestro Francisco Reyes, símil del existente en la estación Boedo de la línea subterránea.
El 9 de julio de 1966 la Comisión Popular de homenaje a Mariano Boedo realizó un acto en la sede del club Social Mariano Boedo, en cuyo transcurso se descubrió el busto del patriota salteño, siendo bendecido por el director del Colegio de San José, sacerdote Pedro Alvarez. Enmarcaron el acto palabras del presidente del Consejo Escolar 6º, Dr. Eduardo Lanata, del vicepresidente del Rotary Club de Boedo, doctor Eugenio Giambastiani y del rector del Colegio Nacional Bernardino Rivadavia, Dr. Juan Manuel del Campo. La crónica periodística de la época se hizo eco del acontecimiento, reflejando en sus páginas la importancia del homenaje.
Esa historia, que es parte de la la historia de este barrio, no podía, no debía perderse. Para quienes estuvimos esa mañana en la sala de la Corporación, no había duda: el destino del busto sería una oscura fundición en cualquier lugar de Buenos Aires, seguramente una de las tantas donde se continúa incinerando buena parte de la memoria de la patria, condensada en placas de bronce, sustraidas ante la pasividad de las autoridades.
50, 100, 150, 200, eran los valores de la puja por una creación artística cuya justiprecio era imponderable. Llevando en nuestro espíritu y en nuestro corazón la figura de Francisco Reyes y de todos aquellos que habían contribuido para la realización del homenaje al Dr. Mariano Boedo, elevamos nuestra voz para ofertar lo que podíamos, sabiendo que era casi un agravio a la memoria del escultor amigo: $ 250, agregando de inmediato "para donar el busto al Jardín de Infantes Mariano Boedo del Distrito 6º".
Hubo un instante de silencio, tras el cual se escuchó también en alta voz: Vendido. Pero no era la respuesta del rematador, sino de un asistente de la sala, integrante de la "liga". No se escuchó entonces ninguna otra oferta y ahora sí, el profesional casi obedeciendo a la platea dijo:VENDIDO.
La comedia había finalizado con el silencioso homenaje de quienes, estando en el lugar únicamente por un afán crematístico, comprendieron rápidamente y respetaron, el sentido de nuestra presencia. Vaya nuestro reconocimiento.
Y de esta foma, un importantísimo patrimonio boedense, fue salvado de la destrucción, para dársele uno de los más nobles destinos que podría tener: la escuela que honra como su patrono al Dr. Mariano Boedo. La Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo y el Rotary Club de Boedo, en un solidaria acción conjunta, fueron los hacedores del milagro.

El cartel rojo de remate, anuncia que la firma Juan Carlos Diyhenart realizará el mismo el próximo 22 de marzo en la sede de la Corporación de Rematadores (Presidente Perón 1233), con una base fijada en $ 260.000. Luego se rematará el patrimonio de la institución, que incluye -seguramente- el busto del procer donado por el escultor Francisco Reyes en su oportunidad.

Los libros, más de 4000, que supieron alimentar la necesidad de conocimiento de los chicos del barrio, fueron entregado hace poco más de dos meses a una inexistente entidad sin inserción barrial, hallándose la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo verificando el cumplimiento de las disposiciones legales para dicha entrega.

El remate de los bienes tiene su inicio en el abandono que había caido el club, a cargo de una C.D. "vitalicia", que dejó de cumplir todas sus obligaciones. El primer juicio civil por cobro de pesos fue llevado adelante por la bibliotecaria que cumplia tales funciones en el lugar, al que se agregaron luego Aguas Argentinas y seguramente otras empresas proveedoras de servicios.

El sueño de las organizaciones vecinales, que veían la posibilidad de un centro cultural que mantuviera vigente el espíritu boedense o, incluso, su utilización como sede subcomunal en el tiempo inmediato, parece inalcanzable.

Quizá pueda aparecer aún un Angel de la Guarda.

En el inicio de este nuevo siglo, nos dice el Sr. Carlos Kapusta, antiguo vecino y dirigente barrial, aparece una pálida imagen de una exultante vida social que parece extraviada en el correr de los tiempos, disimulando tras la fachada el recuerdo de su pasado esplendor.

Aníbal Lomba