EUFEMIO
PIZARRO
¿Verdad o mentira en una leyenda
popular?
Me estoy
refiriendo a Eufemio Pizarro, un delincuente
que supo hacer de las suyas allá
por los años 30 del siglo anterior,
protegido seguramente por quienes regenteaban
garitos y explotaban el juego en la ciudad
de Buenos Aires y en el conurbano bonaerense.
Cuenta
la historia que Eufemio Pizarro, hombre
de acción y coraje, estuvo detenido
en el penal de máxima seguridad de
Ushuaia y que, por un decreto del presidente
Hipólito Yrigoyen fue indultado y
regresó a Buenos Aires.
Por
otra parte de la noticia, o fábula,
dice que llevado con sus andanzas a Boedo,
fue muerto por un colega suyo, el Pibe Oscar,
cuando Pizarro se disponía a dar
un golpe de mano en la mesa de juego que
funcionaba en el primer piso de la Casa
Balear, en la calle Colombres 841. Esto
habría sucedido en mayo de 1930 y
como consecuencia del problema, la institución
balear sufrió la momentánea
suspensión de su Personería
Jurídica, que pasó a ser controlada,
según decisión judicial, por
el Hospital Español.
Un incendio ocurrido años después
destruyó la secretaría y con
él se perdieron las actas de la época.
Testimonios recogidos
de algunos supervivientes de la época
permiten reconstruir parcialmente lo ocurrido,
pero sin arrojar mayores aclaraciones. Los
diarios de la época se hicieron eco
del problema, ofreciendo distintas versiones.
En una de las crónicas un directivo
de la sociedad informa que se trató
solo de un altercado con una persona que
venía a ofrecer publicidad para una
kermés que se realizaba en la casa.
Tampoco los registros
policiales de la seccional, revisados en
el archivo histórico de la Policía
Federal, arrojaron resultado positivo. Lo
cierto que es un tema abierto a la investigación
para determinar si el hecho fue cierto o
es un embuste surgido de fuentes desconocidas.
Lo cierto
es que Eufemio Pizarro es tema de un tango
compuesto por Homero Manzi y Cátulo
Castillo, autores de su música y
la letra, compuesto en 1947 y grabado por
la orquesta de Francisco Canaro, con Alberto
Arenas en ese mismo año.
Horacio
Salas, en su libro Homero Manzi y su tiempo,
refiriéndose al tango de Homero nos
dice: “En Manzi los ejemplos de guapos
notorios son tres: el hombre de Leandro
Alem, Ramayón y Eufemio Pizarro,
este último mitificado, porque en
realidad, más que un guapo prototípico,
era un simple delincuente; sin embargo el
aire nostálgico de su retrato le
otorga un hálito que lo emparenta
con los otros dos. Y dice más adelante:
Quizá por eso, cuando junto con Cátulo
decidieron escribir sobre Eufemio Pizarro,
un escrushante al que conocieron a su regreso
de la cárcel de Ushuaia, lo hicieron
con respeto y me atrevería a decir
que hasta con la simpatía que le
arrimaba al personaje la nostalgia de los
días de juventud de los autores.
Y así Pizarro, más que un
simple transgresor del Código Penal,
es para los autores del tango un guapo prototípico,
Y por ellos los versos eluden la actividad
delictiva del personaje, en una suerte de
idealización mítica que lo
acerca a los guapos de Borges
El
periodista Enrique Pérez Marilú,
(Silvestre Otazú) , en sus crónicas
sobre el barrio de Boedo que publicó
en el matutino Clarín en febrero
de 1951 y fueron reeditadas en formato libro
por Papeles de Boedo, con el auspicio de
la Junta de Estudios Históricos de
Boedo en 2002, cuenta una anécdota
que habría tenido como actor a José
González Castillo. Cierta noche estando
en su domicilio de Boedo 1060, el dramaturgo
escuchó gritos de su mujer y cuando
se acercó se encontró con
dos ladrones, uno de los cuales estaba totalmente
borracho. Éste era un célebre
ratero del barrio, nos dice el periodista,
llamado Eufemio Pizarro, al que todos lo
llamaban La Partera, por su costumbre de
andar siempre con una valijita.
¿Será
posible, Pizarro, que me vengas a robar
a mí? Dijo Castillo con un dejo de
tristeza. A La Partera se le pasó
la borrachera en el acto. Con voz que delataba
su emoción y su arrepentimiento,
dijo con la mirada fija en el suelo: - No,
a Castillo no se le roba, Mañana
le mandaré todo lo que mi compañero
se llevó. Y tuvo de vuelta “casi”
todo. Faltó un pendentif.
Silvestre Otazú
termina la mención diciendo que una
noche El Pibe Oscar lo mató a balazos
frente a “La Balear”, en la
cortada de San Ignacio y Colombres. Dijeron
unos que Pizarro, de guapo, había
querido alzarse con el pozo de la mesa de
juego. Pero los amigos de La Partera afirman
que fue un crimen alevoso de El Pibe Oscar,
quién a su vez pagó con su
vida sus fechorías; una vez yendo
en un coche, le pincharon una goma y cuando
se bajó para cambiarla, los amigos
de La Partera “lo sirvieron”,
como nos decía expresivamente uno
que conoció muy bien esos medios
de Boedo.
Debemos
decir que las crónicas de Silvestre
Otazú, escritas cuando todavía
vivían muchos de los testigos de
los acontecimientos narrados, incluso los
propios actores, resultan de gran credibilidad
y fueron tomadas como fuente fidedigna por
casi todos aquellos que luego han escrito
sobre el Boedo de la mitad inicial del siglo
20.
Para
finalizar esta evocación sobre uno
de los hombres que dan origen a historias
que nadie se atreve a confirmar sean verdad
o mentira, pero que circulan como inventario
histórico del barrio, leeremos la
letra del tango de Homero y Cátulo;
dice así:
Morocho
como el barro era Pizarro,
señor del arrabal;
entraba en los disturbios del suburbio
con su frio puñal.
Su brazo era ligero al entrevero
y oscura era su voz.
Derecho como amigo o enemigo
no supo de traición.
Cargado de romances y de lances
la gente lo admiró.
Queda
pintado su nombre varón
con luz de luna y farol,
Y palpitando en mañanas lejanas
su corazón.
Decir Eufemio Pizarro
es dibujar, sin querer,
con el tizón de un cigarro
la extraña gloria con barro de ayer
de aquel señor de almacén.
Con
un vaivén de carro iba Pizarro,
perfil de corralón,
cruzando con su paso los ocasos
del barrio pobretón.
La muerte entró derecho por su pecho,
buscando el corazón.
Pensó que era más fuerte que
la muerte
y entonces se perdió.
Con sombra que se entona en la bordona
lo nombra mi canción.
Julián
Centeya, en su Musa del Barro, incluye un
hermoso poema que tituló
Muerte de Eufemio Pizarro
De
contracara a la noche
de contracara
Eufemio Pizarro iba
envuelto de luna parda
y le crecía una sombra
parecida a su palabra
Eufemio Pizarro iba
camino de una atracada.
Pienso que hombre sin apuro
entró a la muerte despacio.
Fue un jotraba de pesada
presenciado por un muro
y el cielo aquel que se puso
después como una mortaja.
Cuando le metieron balas
Salió el barrio a curiosearle
la muerte puesta en la cara.
Se puso a llover el cielo
una lluvia color barro.
De esa lluvia bien me acuerdo
como de Eufemio Pizarro,
Se jugó de nada a todo,
no era hombre de andarse chanta.
La cosa salió de un modo
y parecida a otras tantas.
Pasó que lo botonearon
y lo sirvieron d’entrada.
En La Balear lo esperaron
las balas de la mancada.
De contracara a la noche
de contracara.
Esto
pasó hace ya tiempo
de cuando cuando era cuando,
mismo al costado de Boedo
lo mataron a Pizarro
Lo ventajearon al hombre
y fue entre balas cruzadas.
Está el sitio en ese adónde
frente mismo a la cortada.
Pa todo le daba el cuero
a este hombre de la pesada.
Salidor de mano arriba
con andar solo, sobraba.
Pa morir solo hace falta
tener vida.
Eufemio Pizarro andaba
jugándola de movida.
Lo sirvieron de llegada
desde la sombra y sin asco.
Lo voltearon con ventaja
aquella noche de atraco.
La cortada San Ignacio
no se me cae de la mano.
De contracara a la noche
lo mataron a Pizarro.
Y
así terminamos este capítulo
evocativo. No quedan dudas sobre la existencia
real de Eufemio Pizarro. Pero las historias
¿serán verdad? ¿serán
mentiras?
El delincuente que
purgó condena nada menos que en Usuahia,
¿era el bueno admirado por la gente
de los versos de Cátulo y Homero?
¿O fue el hombre de la “pesada”
muerto en un “jotraba”
Aníbal Lomba
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