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EL ARTE DEL FILETE Y UN CULTOR DE REAL JERARQUÍA. LUISITO ZORZ

   La palabra filete, indudablemente tiene origen en el italiano filetto, cuya acepción es la de un vino que se coloca como borde o adorno en los cantos de cualquier pieza, y también comprende el relieve o el ornamento largo y estrecho que está sobre algo, formando cuerpo con ello. Un segundo origen lo encontramos en el vocablo francés filet, castellanizado en filete, palabra que determina el arte de decorar.

    Si bien organizado en Italia, al arribar a nuestras playas pronto se convirtió, por virtud creativa de sus cultores, en un arte que podría denominarse auténticamente porteño. La interminable caravana de rodados -carros, chatas y todo vehículo a tracción a sangre, fuera un simple carrito de reparto de leche, de pan o empresa de mudanzas-, por modestos que se mostrasen en su estructura, portaba en sus barandas de madera el dicho jactancioso, característico, zumbón, sentimental o descreído, enmarcado con un sinnúmero de flores, pájaros y dragones, y a su vez encaracoladas espirales de detonantes colores, mostrando a veces rostros de personajes por haber trascendido al fervor popular. (¡Ah, Gardel...si se habrán inspirado en tu sonrisa cordial, en tu funyi siempre gris y en tu lengue blanco con las iniciales bordadas tantos pintores y fileteadores que fueron transportando líricamente tu imagen y tu entorno!).

   Ausentes de la ciudad los carros y las chatas en aras del progreso, contrariamente a lo que se supuso, el filete cobró más notoriedad y trascendencia, encauzándose por nuevos senderos de difusión. Fueron ya el cartel de vidriera artísticamente delineado con inspiradas espirales, los costados de los transportes motorizados y las leyendas y los muros de las calles, con una nueva gama de colores y de frases atractivas, los motivos que incrementaron el afianzamiento del filete. Centenares de personas requirieron de los cultores de ese arte popular, que ornasen con la presencia de una pareja de tango y de una figura o escena ciudadana cualquiera un mueble, una vitrina, un velador, una pared, no solo en procura de una mayor promoción comercial, sino también para deleite de los ojos.
   De esa pléyade de cultores del arte del filete, que lo hacen con mucha sapiencia y poniendo en juego el caudal de sus sentimientos, hay una figura que ya desde hace largos años viene erigiéndose en una personalidad creativa, rica en matices, sugestiones y sutilezas que la han hecho acreedora al reconocimiento cabal y explícito de los entendidos en la materia y al aplauso entusiasta de cuantos aman esas artes populares, llenas de particular y pintoresco encanto.

    Nos referimos a Luisito Zorz, un auténtico personaje de la ciudad porteña, a la que comenzó a transitar y a conocer desde la más temprana edad, y a la que le brinda hoy, en su plena madurez física, mental y espiritual, lo mejor de sí mismo, enriqueciendo las obras que asume con toda su capacidad creadora y volcando en ellas los mejores sentimientos de su corazón generoso.

   Luisito Zorz parece haber nacido predestinado para cultivar el arte del filete, pues lo fue asimilando desde que era casi un niño. Escuchó atentamente los consejos de dos grandes maestros que ya se fueron; Carlos Carboni y León Untroib; y puso a la vez, en su provechosa trayectoria, toda su intuición, todo su caudal anímico y toda esa creatividad con que nació dotado.

     Infinidad de muestras que ofreció en importantes salones y galerías de arte; los comentarios periodísticos que recogió de sus obras, siempre laudatorios; los válidos conceptos vertidos por innumerables figuras representativas, como lo fueron Benito Quinquela Martín o Julián Centeya y lo son José Gobello y Alberto Mosquera Montaña, entre otros nombres caracterizados, le otorgarn a Luisito Zorz el certificado de solvencia artística y moral ganado en buena ley, a través de sus inicios en humildes corralones y fábricas de carros, hasta arribar al más alto grado de idoneidad y refinamiento en las artes populares ciudadanas.

    Bien por Luisito Zorz, que como dijera nuestro Quinquela Martín, "es un loco romántico que le dio vida y color a un arte que anda sobre ruedas"; y lo corroboró aquel vate de La Musa Mistonga, el siempre recordado Julián Centeya, cuando expresó que "Luis Zorz habla mi propio lenguaje de la vida y de la calle; es un artista del color y un cultor de la amistad".

Enrique Horacio Puccia (1910-1995)

    El texto precedente fue publicado el 30 de junio de 1995 por la Academia Porteña del Lunfardo en su Comunicación Académica Nº 1.373, entidad de la que el autor fue Miembro de Número, como titular del sillón "Santiago Dallegri".