El
recrudecimiento de la violencia en nuestro
país está llegando a un límite
casi intolerable. Ya no es sólo en
las áreas urbanas donde el delito
tiene mayores manifestaciones sino que las
conductas antisociales son cada vez más
frecuentes en pequeños pueblos, ciudades
de mediana dimensión, campos y lugares
de campaña, barrios cerrados, etc.
Lo peor de todo esto es que los delincuentes
en su mayoría son jóvenes,
seguramente marginados de la vida social
por distintas causales, analizadas ya demasiadas
veces por sociólogos, psicólogos,
políticos, educadores, autoridades,
etc. para que nosotros volvamos a insistir
sobre ellas. Lo cierto es que el alcohol,
promovido excesivamente por intensas campañas
publicitarias innumerables cadenas de distribución
que llegan a lugares bailables, son el alimento
que engendra actitudes delictivas que mantienen
atemorizada a la población. En nuestra
zona (Boedo, San Cristóbal, Almagro,
Parque Chacabuco) el crimen se ha convertido
en moneda corriente. Por allí anda
rondando una pareja, acompañada a
veces por un niño, que con el viejo
truco del paquete para entregar a un amigo
o del cambio de dólares que le envía
un familiar, causó ya varias víctimas
entre personas mayores, logrando penetrar
en las casas o departamentos, ejerciendo
una violencia innecesaria pero logrando
sus propósitos. No escapan a esta
ley de la selva los comerciantes afincados
en estas barriadas, algunos de ellos con
varios asaltos en cuenta. Hace muy pocos
días los efectivos policiales lograron
la detención, tras una corta persecución,
de tres maleantes que minutos antes habían
asaltado un comercio de autoservicio en
la Av. Boedo. La tragedia mayor, que da
título a la nota, se registró
hace unos años en una sucursal bancaria
ubicada sobre la Av. La Plata, donde los
autores aplicaron al custodio una descarga
eléctrica en el cuello que le causó
la muerte.
Si revisamos
la crónica policial de los últimos
seis meses, nos costará creer el
número de policías caídos
en el cumplimiento del deber. También
nos causa dolor, infinidad de veces, ver
las imágenes de televisión
donde se observa a policías desprotegidos,
sin cascos, sin escudos, sin armas, sin
máscaras, soportando toda clase de
agresiones no ya de mal vivientes profesionales
sino de activistas profesionales, encapuchados,
armados. Lo vemos en los estadios de fútbol,
en las manifestaciones callejeras, no hace
mucho en los cortes de ruta, en los escraches,
en la interminable lista de acontecimientos
diarios que afectan nuestra vida. Ya sabemos
que algún lector estará pensando
en aquellos uniformados que coimean, en
otros que violan o roban, pero esos no son
policías, son delincuentes uniformados
que deshonran a sus compañeros.
Terminaremos diciendo, cerrando el título:
DOLOROSO OFICIO SER ARGENTINO
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