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De cómo Margarita fue a París

    A dos cuadras de Lacroze y Cabildo tenía su estudio de fotografía. Bueno, decir “estudio” es un eufemismo tratándose de un cuarto en aquella casona deteriorada. Era una casa de dos plantas y a la altura del primer piso, sobresalía del frente un balcón cuadrado, sostenido por dos columnas, como los balcones de Lima. En la puerta, en una placa ennegrecida, todavía se podía leer: “Estudio fotográfico” y más abajo, en un agregado posterior, “de Margarita Yafar de Maestri” Al piso alto se ingresaba por una escalera, la que en dos de sus tramos, mostraba entre los escalones de mármol, unos ventanucos cariados y en tanto se ascendía se podían observar a los costados, fotografías retocadas a pincel. La gente del barrio acudía al “estudio” tanto si necesitaba una foto para realizar algún trámite urgente, o cuando se trataba de una comunión, casamiento o bautismo. Las tablas de la sala crujían al caminar sobre ellas; unas cortinas negras enceguecían la ventana del balcón y dejaban ver poco del mobiliario que era por demás escueto. A uno de los costados, casi a la entrada, se encontraba la silla frente al escritorio con persiana, donde Margarita extendía recibos, cobraba y entregaba los resultados de su labor. En otro de los ángulos había un sillón que habría conocido mejores galas y dos ó tres cubos de madera de distintos tamaños, forrados con tela y que ayudaban a armar diferentes decorados, según la ocasión, También a tal fin contribuían un reclinatorio, dos ángeles de yeso como de metro y medio con rizos rubios y las alas pintadas de celeste, ocultos tras un biombo chino, laqueado, a la espera de ser requeridos en algún momento. Acaparaba la mayor parte del ambiente una cámara fotográfica antigua, enorme, alzándose en el medio, como un dinosaurio de museo. Era de las llamadas de cajón, cuyo ojo, Margarita obturaba con un bollo de trapo en la rudimentaria tarea de regularle la luz. Sus conocimientos fotográficos se remitían a lo aprendido de su marido, un anarquista, Liberto Mastri, que antes del año 30, supo ganarse la vida sacando fotos en la plaza Italia. Yo creo que esa cámara estaba a un paso del daguerrotipo. Sabido es que el tiempo de exposición a la luz es una de las cuestiones más importantes, porque si resultaba escaso, faltaban detalles en la impresión y si el tiempo de exposición era exagerado aparecía la imagen gris y sin contraste. Claro, hoy es historia antigua pero para Margarita fue todo un desafío, aprender a ganar su independencia económica con aquella máquina que era su único y tangible capital en el momento de enviudar. Cuando había dado a la placa la suficiente exposición, cerraba el objetivo poniendo cuidado en no mover la cámara, cosa casi improbable pues se hallaba asentada firmemente sobre su trípode. Después corría la cortinita del chasis, sacaba la placa de la cámara y pasaba al laboratorio oscuro para practicar el desarrollo de la imagen. Cuando la conocí rondaría los cuarenta años; la recuerdo enfundada en una bata de raso, en chinelas, con el cabello recogido en la nuca en estudiado desaliño. Los ojos pintados como una hurí, fumando en boquilla mientras trajinaba por las desvencijadas habitaciones hasta que se decidía a enfrentar el trabajo, bien alta la mañana. Vivía en compañía de una hija que estudiaba bellas artes y por las noches, a la luz de una lámpara, le retocaba las fotografías de una forma tan natural que todos resultaban favorecidos. Tal vez por eso y por la falta entonces de competencia, su clientela no menguaba. Margarita vivía feliz en el mundo que se había fabricado; una despreocupación rayana en la inconsciencia, le permitía sobrellevar las contingencias que a menudo nos contrarían o nos hacen sufrir. Su cabeza solía andar por rumbos no convencionales; a ella le gustaban las fotos de las artistas extranjeras con que había decorado las paredes del salón; las telas lánguidas y pesadas, los guantes de encaje, las joyas, los tapices, las alfombras, los íconos y las artesanías policromadas. En las noches de verano, sacaba una silla al balcón y con absoluta abstracción de la ruindad de las paredes, fumaba o se abanicaba, envuelta en su bata de raso, mientras observaba el trajín de la calle o se extasiaba contemplando las estrellas. Después, atravesando el patio se detenía frente a dos ventanas apócrifas que un novio de la hija, había pintado en la pared. Por una de ellas, se asomaba una bruja de cuento y la otra instaba a descorrer una cortina azul que prometía un paisaje luminoso. Luego el ritual de siempre; una higiene rápida, la demorada sesión de ungüentos perfumados y mientras un disco danzaba en la vitrola se atrevía a ensayar unos pasos de baile frente a la luna del espejo. Secretamente soñaba con bailar el tango, con la cara apoyada en la solapa de algún varón. Era solo un deseo ¡si nunca había ido a una milonga! Al cine si, en tranvía, todos los domingos; cuanto más tontas y lacrimógenas las películas, mejor. Volvía a la casa caminando dolorida sobre los zapatos de tacos altos, con el rimmel corrido, pero feliz. Así se fueron deslizando sus días hasta que apareció Edmundo en su vida. Fue en pleno junio y como a las diez de una mañana como cualquier otra. Lo de siempre; un trámite urgente, una vuelta por los alrededores hasta encontrar, preguntando, una casa de fotografías. Margarita me contó que según propia confesión, él, había debido vencer sus vacilaciones antes de entrar a aquella casa ruinosa. Ella entonces, también le hizo la suya; le confió que su elegancia y su porte la habían descontrolado y que le temblaba tanto la mano en el momento de accionar el bollo de trapo para regular la luz, que le sacó mal la foto. ¡No era para menos! El traía aquel día un sobretodo importante, guantes de carpincho, zapatos deslumbrantes y sombrero. ¡Ni qué decir cuando sacó la billetera para pagarle! Más tarde supo que estaba confeccionada con piel de buche de avestruz ¡Quién lo iba a imaginar! Le pagó por adelantado, diciéndole que regresaría a buscar las fotos en la fecha establecida. Ya les adelanté que las fotos habían salido mal; no era por falta de oficio, si no por los nervios que le jugaron mal. Margarita ¡se quería morir! pero por un poquito nomás, porque enseguida su optimismo la forzó a creer en los designios de la Providencia. Edmundo volvió y como hombre educado minimizó la contrariedad y ella se deshizo en disculpas. No sé si estaba en bata de raso o no; si con rodete o con el pelo suelto; no sé si en chinelas o en tacos altos, pero lo que si sé, es que lo invitó a sentarse en el ángulo del sofá que todavía no se hundía. Edmundo dobló con prolijidad el sobretodo y lo depositó sobre el brazo del sillón, mostrando un traje gris de corte impecable con obligatorio chaleco. Margarita reparó en los destellos del alfiler de corbata y en las botas angostas y flamantes que se descubrieron al sentarse. Era un hombre alto, con la contextura física de quien ha practicado deportes en su juventud; una cabeza con calvicie incipiente y un rostro alargado de finos rasgos, acorde con su porte un tanto ascético. El se preparó para una nueva foto; ella le sirvió antes un café, acordando un nuevo plazo para la entrega. Así comenzó la amistad entre Edmundo Blanquet Dubois y Margarita. Para la primavera ya la visitaba formalmente tres veces por semana y antes de comenzar el otoño se habían casado y clausurado el “estudio” yendose a habitar el piso de Av. Del Libertador dónde iniciaron la vida en común. Hablaban de los hijos, de las compras, de las películas; pocas veces de las respectivas viudeces pero el tema recurrente para Edmundo era Francia, con todos los recuerdos de la adolescencia y la juventud. Ella escuchaba sonriente las reiteraciones del relato, mientras sacudía el marabú del ruedo o le revolvía oficiosa el azúcar en la taza de te. Si la conversación exigía intervención, terciaba con un ¡claro! o un ¡por supuesto!. “Claro” y “por supuesto” aderezados con una sonrisa puntual en las conversaciones, fueron su naipe para el triunfo; los que la llevaron hasta el mismísimo Arco de Triunfo. Allí, en París se afrancesó su nombre; de allí en más fue Margot; simbiotizada con el nombre y con Edmundo, cruzó la Francia desde El Havre a Marsella. En Lyon se dedicó a comprar sedas, esas nuevas telas sintéticas recién aparecidas y la boina, complemento desde entonces inseparable de su atuendo, por el gusto de complacer a su marido que la encontraba así más atractiva. De hotel en hotel, se dedicaron a vivir su día a día. Edmundo había repartido en Buenos Aires, la herencia entre sus hijos y estaba decidido a disfrutar el dinero que le quedaba (que por cierto no era poco) con su flamante mujer. Margot paseaba tomada de su brazo, con la suspendida liviandad de quien caminase sobre las nubes. No era que sentía cumplido sus sueños; los sueños son sueños y nunca se cumplen tal cual, pero ella era feliz viviendo esas aproximaciones. Edmundo no bailaba el tango, pero ella podía reclinar la cabeza en su pecho. Ella codiciaba la seda y él podía comprársela; ella adoraba los cafés y él la llevaba por las tardes a recorrerlos. El era un gourmet obsequioso y ella saboreaba con displicencia las delicias ofrecidas, a cambio de atinados “por supuesto” y algún “oui” o “mercí” como nuevas adquisiciones lingüísticas. Edmundo no tenía contra; era educado, amable y no evidenciaba la compulsión ahorrativa que suele atribuírse a los franceses pero, con todo, la muerte no habría de excluírlo. La última vez que la vi, Margot andaba paseando su extravagante figura por el barrio. Lucía la boina azul con un destellante pinche de zafiro. Su perfil, ya muy envejecido, remitía al recuerdo de un pasado fugaz que me parecía de otra. Se desplazaba lentamente y mi saludo fue como un solemne tributo de despedida.

Otilia Da Veiga

Poeta argentina. Vicepresidenta de la Asociación de Poetas Lunfardos.
Presidenta de la Junta de Estudios Históricos del San Crist{obal
Miembro de Número de la Academia Porteña del Lunfardo.
Directora de la revista “El Cristobaleño” (2.500 ejemplares mensuales)