El miércoles 8 de octubre de
2008 se realizó en el nuevo complejo
cultural 25 de Mayo, en la Av. Triunvirato
4444, la entrega de los premios correspondientes
al concurso anual que realiza el organismo
mencionado. Intervinieron en esta ocasión
más de 400 autores, editándose
un libro que incluye los principales trabajos
seleccionados previamente.
Una de nuestras
visitantes habituales, la señora
Silvia Martínez, escritora domiciliada
en el barrio de Boedo, obtuvo la primera
mención en el rubro cuentos, distinción
que se agrega a otros reconocimientos logrados
con anterioridad. Agradecemos a su autora
la posibilidad de publicarlo en este sitio.
CRONICA DE UNA CAMA
Todo ocurrió
en Buenos Aires, donde mi historia comenzó,
allá, a mediados del siglo XIX. El
Gobernador había ordenado que se
utilizaran las más finas maderas
en mi construcción. Y no quiso nada
de tientos para sostener el colchón:
"Un fuerte armazón, también
de madera (esta vez de lapacho), que resista
el peso de un hombre fuerte saltando sobre
él". Esto último lo decía
esbozando una sonrisa socarrona, mientras
otro tipo de acrobacia cruzaba por su mente.
Terminado mi parto, salí de las rústicas
manos del artesano carpintero, con una trémula
pátina brillosa sobre el palo de
rosa utilizado en mi confección.
El buen gusto de la mulata que me recibió
de regalo, hizo que me colocaran un bello
dosel encarnado, cuyos cortinados, al ser
corridos, me convertían en un lujoso
estuche, receptáculo de sus desbordes
pasionales con el Gobernador.
Podría
estar horas narrando las hazañas
que sobre mí intentó realizar
el poderoso hombre. Nótese que digo
"intentó", porque en verdad
eran más meritorios los esfuerzos
de la mulata por fingir placer, que los
del Gobernador por llevar a buen puerto
sus flojas acometidas amatorias. En fin,
soy discreta, y mejor me callo. Con la misma
discreción asistí a los revolcones
de la mulata con el secretario del Gobernador:
Esas sí que eran proezas, casi podría
llamar maratones a aquellas interminables
tardes de verano, cuando el vejete debía
acompañar a su familia a la quinta
de San Isidro y el joven secretario era
enviado con el aviso de su ausencia a mi
propietaria, junto con una canasta de frutas
elegidas y sus excusas. No sé qué
hacía la mulata con la canasta y
las excusas, pero soy testigo de que muchas
de las dulces frutas eran saboreadas por
el mandadero, usando como plato el voluptuoso
cuerpo de la amante del Gobernador.
Aquél
tórrido verano dejó como recuerdo
un hijo, al que en un principio el mandatario
orgullosamente pensó en dar su apellido,
aunque luego, temeroso del escándalo,
hizo pasar por un sobrino lejano. Mi fino
cuerpo de palo de rosa se vio sacudido,
una vez más, por los movimientos
de la mulata, pero ahora eran dolorosas
contracciones de parto que la dejaron exhausta
y la llevaron a la muerte, mientras la sangre
que huía de su cuerpo junto con la
vida, empapaba mis finas sábanas
de batista, hasta volverlas del color de
las colgaduras del elegante dosel. Nunca
más supe del Gobernador ni de su
hijo bastardo, pero sí recogí
las lágrimas del secretario, encargado
de levantar la casa.
Fue por su iniciativa
que fui a parar a manos de un viejo maestro
de música, casado con una avinagrada
beata, en cuyo hogar pude descansar de tanto
traqueteo sentimental, pero donde me aburrí
soberanamente, al punto de extrañar
incluso aquél "Allá voy,
mi Dulcinea", con que el Gobernador
pretendía anunciar su clímax
amoroso y su erudición, todo en una
sola frase, de la que luego se reían
hasta casi descuajaringarme, la mulata y
el secretario.
En esa triste
casa fue que asistí a la segunda
de las numerosas muertes que tendría
que soportar sobre mí, a lo largo
de mis muchos años. El maestro murió,
(creo yo que para no tener que seguir viendo
la cara de su mujer), y la beata lo siguió
algunos años después.
Mi hermosa estructura deambuló por
las casas de algunos parientes pobres de
la insulsa pareja, en los cuales fui despojada
de mi dosel, y llegué a estar ocupada
por varios chiquillos a la vez, para aprovechar
espacio y tener más calor en invierno.
Ya casi ni recuerdos me quedaban de los
suspiros, jadeos y contorsiones del amor,
cuando fui adquirida en un remate, nada
menos que por el dueño de un hotel
"non sancto".
¡Qué
felicidad tan grande! Allí me renovaron
el lustre y me volvieron a colocar el dosel,
esta vez de tenues gasas rosadas, que insinuaban
más de lo que ocultaban, y la habitación
a la que me destinaron, fue bautizada como
"La Pompadour". Una vez más
me sacudieron hasta agotarme, y sin embargo,
mi duro entramado de lapacho resistió
como en sus mejores épocas.
Hoy, llegado el
fin de mi vida útil, me encuentro
acá, arrinconada, en este polvoriento
depósito, esperando el desgüase,
cuando escucho una voz joven que pregunta
cuál es mi precio. Interesada, escucho
el regateo con mi dueño actual, y
por último me cargan en una furgoneta
bastante descalabrada, donde viajo hasta
las afueras de la ciudad. Una vez reubicada
en un pequeño galponcito en los fondos
de una humilde casa, mi nuevo poseedor regresa
con una muchacha que luce un avanzado embarazo.
Se detienen ante mí, y él
le pregunta: "¿Qué te
parece?" Me estremezco al oírlo,
recordando el sangriento parto de la mulata,
pero ella lo abraza, sonriendo, y contesta:
"Es una madera preciosa. Apúrate
y desármala, que no veo el momento
de que se convierta en cuna".
Fin de la crónica y de la cama
Silvia Martínez
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