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San Juan y Boedo Antiguo

 
 

    Nota: José González Castillo

      En el chamuyo “boedense” (no en el “Lunfa”) “sin pagar” se decía “de arriba”. Si prefiere (señor porteño para sentirnos como en casa) sin “garpar”, que es más contundente: pagar es un deber tener que “garpar” tiene mucho de “obligue” sin escapatoria.

      El caso era que yo (un pibe) veía al mundo bien “de arriba” de lo alto. Me trepaba en lo que había, árboles, postes, escaleras. Y subido a la medianera de mí casa espiaba (sin que me vieran) al departamento donde vivía González Castillo: patio de mosaicos, puerta de chapas al pasillo que iba a la calle, altas celosías (las de tabillas inclinadas) cocina y baño todas abiertas a esa intemperie.
Y además un toldo plegado que colgaba por argollas de alambres paralelos.
    Veía (y creo verla aún allí) una mesa en la cocina y otra de patas curvas en el comedor (seria de estilo “chipendale”; eran los muebles de moda). ¿En cual de esas, Don José? (así lo llamaba mi padre) escribió “de puño y letra” (como se decía entonces, de seguro en pijama y chancleta) allá por 1924 estos versos:
   “francesita/ que trajiste, pizpireta/ sentimental y coqueta/ la poesia del “quartier”/ Quién diría/ que tu poema de “griseta”/ solo una estrofa tendría/ la silenciosa agonía/ de Margarita Gauthier.
     Guardo como fogonazo nítido su imagen caminando por las veredas de Boedo: corpulento, alto, siempre de traje, impecable, atildado, elegante a veces, con cuello palomita y corbata de lazo, polainas de tanto en tanto y bastón en ocasiones.
Le remedo el… ¿Quién diría…? , de su tango Griseta: ¿Quién diría que ese “cacho de tipo” tuviera una médula, o napa, o filón de poesia fina, sensible, transcurriendo por los gruesos dedos y que al apoyar sobre aquellas mesas con la lapicera entintada se derramaba sobre los papeles?
Una vez Oscar Wilde le dijo al crítico literario del “Time” de Londres que el mundo es como lo ve cada uno: Si hay una realidad para los zapateros y otra para los poetas. Por lo tanto, digamos, también para los chorros, tímidos, caraduras, mansos, fanfarrones, etc. y además de eso agrego-por que es mi caso, a su “realidad” la ocupan como una jaula, sin querer salir jamás de ellas.
    En ese caso… ¿Cuál era la realidad de González Castillo que veía: “pizpiretas, sentimental y coquetas”…en ese bello (hay que reconocer) puterío, que, para lucro de “cafishos” polinacionales, venían de Francia a las pampas a “chapar” a cuanto “mishe” andaba suelto.
Ahora, de golpe, recuerdo el naufragio del Ana Hamburgo en Mar de Ajó a principios de siglo. Venía con medio centenar de proxenetas galas embarcadas “a granel” por que era un barco de carga y figuraban en el “rol” del navió como Compañía de Operetas.
    La palabra mishe (acento prosódico en la i) significa de poco valor, pero que al ser acentuado en la e se convirtió en mishé, vocablo del argot internacional que designa al cliente de las mujeres de la vida, el que paga por sus servicios. Equivale en la gerigonza porteña a punto, “paganini”, “gil”.
La palabra “mishé” viajó a Buenos Aires desde los bajos parisinos a fines del siglo XIX y a principios del XX, en el Principessa Mafalda o el Cap. Polonio mezclado con el vocabulario de “mademoiselles” importadas de Francia (sin pagar derecho de aduana) por el trust internacional de tratantes de blancas.
     Negocios redondos, cambiábamos vacas para siempre por mujeres por un rato, y trigales por “melenitas de oro”, como le cantaba un tango en boga.
     En el Cap. Polonio yo recorrí el mundo a los 5 o 6 años, sin salir de casa. Era cuando mi madre ponía en el atríl del piano la partitura del tango del mismo nombre. Me embarcaba en el acto sin ni siquiera mover los pies, en el trasatlántico dibujado en la tapa, con sus tres enormes chimeneas inclinadas. Y cuando ella largaba las primeras oleadas de notas con sus dedos en el teclado partíamos, nos íbamos, desde Boedo, mi barrio-muelle, rumbo a una alta mar de corcheas, bemoles y fusas, penetrábamos en las tormentas de los “fuoco” (así decía en el pentagrama). Lo de tormenta era estricto auditivamente, mi progenitora tocaba mal. O navegábamos por las “calmas chichas” de los “pianissimos” y la verdad. ¡que quiere que le diga…! Nunca regrese, el Cap. Polonio sigue embarcado en mi…y se muy bien que solo se irá a píque cuando yo “Espiche” (lunfa; del italiano spichare fenecer, morir). El otro “Spiche” (discurso, charla) es anglicismo: viene (creo) de “Spic”, habla, “El tipo se mandó un “Espiche” que “io te lo vollio a dire” era expresión boedense.
Yo ignoraba que esas “femmes perdú” (perdidas) utilizaban “mi trasatlántico” (uno se siente verdaderamente dueño de algo cuando lo fantasea) (¿o no?).
    Ya de pantalón largo ví muchas, pero nunca les caté el sabor poético, que le veía José González Castillo. Si, lo tenían. Pasaba que yo no lo sentía: me faltaba crecer. El respeto que imponía no residía, precisamente en su vestir, inspiraba como un puente invisible de comunicación confiada pese a su carácter reservado. A su paso, hasta el más afanoso trabajador evitaba darle la espalda como si fuera un embajador (en realidad si era un embajador pero del futuro, que tardaba bastante en llegar).
El respondía tocándose el ala del Orión a modo de venia. Sus obras teatrales lo habían llevado al pináculo del afecto popular. Había en ello algo más, tal vez de humano, tal vez de comprensivo; que el “satirismo” cruel, humillante, pero taquillero, de las sainetes comunes. Esos que para mover a risa ponían en el escenario replicas actorales de los montañeses venidos de los Abruzos, los Apeninos. La Coruña o Compostela.
    Entre esa gente vivía yo; Boedo era un barrio de inmigrantes de la “Bassa Italia”, Catanzaro, Palermo, Messina o Salerno. Y también aunque menos, de gallegos y catalanes.
     Entre ellos vinieron albaneces que habían cruzado el Adriático para refugiarse en la bota itálica. Su parla era mezcla de esos dos idiomas, que con el calabrés, el siciliano, el toscano, el genovés, el castellano y el “lunfa” de los arrabales, amasaron la parla “cocoliche”, el habla con que Tomás Simari los hacia reír a carcajada desde el Teatro Boedo, a sesenta metros de mi casa (yo repartía programas de las funciones arrojándolas en lo zaguanes a cambio de entrar gratis). Allí ví bailar una vez al “Cachafaz”.
     Pues bien: nunca escuché un solo tango que hiciera mofa de las modalidades pintorescas de los inmigrantes, aunque hubo un período antes de 1.930 en que se había puesto de moda un tipo de tango juguetón y burlesco (con títulos como: A mi nunca me mordió un chancho). Su autor Antonino Cipolla, un inmigrante que escribió cerca de 30, alcanzó gran popularidad entre el 20 y el 30. Pero la “cargada”-que era un gesto amistoso hacia el que sobresalía- no dejo de aparecer en forma de una cuarteta que a mi me hacia “desternillar” de la risa: “¡Antonino fue por vino/ rompió el vaso en el camino/ pobre vaso, pobre vino!, !má que, pobres nalgas de Antonino”

Darío Witnitzky
Termas de Río Hondo
www.nuevociclo.com.ar

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