Mientras
la prensa escrita, oral y televisiva nos
hacia creer que estábamos en las
vísperas de un llamado “canje
humanitario” nos preguntábamos
que sería lo que entregamos a cambio
de la libertad de los secuestrados prisioneros
del grupo terrorista de las FARC. Porque
todo canje implica una entrega de algo y
la recepción de otra cosa en cambio.
Aquí, al parecer, nadie hablaba de
aquello que eventualmente se entregaría
por la libertad de los secuestrados, privados
de su libertad en las condiciones más
humillantes que alguna persona pueda imaginar.
Y no se hablaba porque la respuesta seguramente
dolería en lo más hondo los
principios democráticos de la mayor
parte de los países del mundo, empezando
por la propia Francia, cuyo presidente –mientras
el nuestro acompañaba al tristísimo
colega bolivariano y pasaba las navidades
en la selva colombiana, se entretenía
gratamente con su amiga en las islas griegas.
Es que en este “canje humanitario”
se estaba entregando al terrorismo y al
narcotráfico, las virtudes más
preciadas de un país republicano.
Se estaba dando al rival armado nada más
ni nada menos que el derecho de exigir el
respeto por los derechos humanos, aquella
virtud que en nuestro país hemos
rescatado de las garras del terrorismo de
estado y de la guerrilla fraticida en 1983
y que algunos otros pueblos de América,
como Brasil, Chile, Uruguay, Perú,
Nicaragua, lo hicieron antes o después
o como Colombia, cuyo pueblo continúa
con valor defendiendo su democracia.
Es notable como
los países nos entregan historias
distintas, pero unidas en un denominador
común: la superación de viejas
antinomias en la búsqueda del afianzamiento
democrático. La presidenta de la
república hermana de Chile, Michelle
Bachelet, es hija de uno de los muertos
asesinados bajo el régimen de Augusto
Pinochet, mientras que Uribe, el presidente
de Colombia, es hijo de una víctima
asesinada por la FARC. Las ideologías
extremas coincidiendo en la muerte.
En
casi toda América y en buena parte
de los países del mundo se elevaban
ruegos para que la prometida entrega de
los prisioneros elegidos por las FARC se
concretara, aún sabiendo que se trataba,
no de un gesto humanitario sino de una publicitada
promoción ideológica, a la
cual se plegaban las agencias de noticias.
En lo íntimo, sospechábamos
que algo distinto iba a ocurrir. Y ocurrió,
como todos conocen.
Mientras
nuestro presidente se encontraba ejerciendo
sus funciones de garante de esa operación,
una argentina, Pilar Bauzá Moreno,
era una nueva víctima del accionar
terrorista, pero en la lejana Somalia, un
país cuya miseria y violencia entristece
al mundo. Junto con la médica española
Mercedes García, soportaron con estoicismo
las oprobiosas condiciones de su encierro.
Ellas habían ido a dar vida, a ofrecer
su testimonio de amor a Dios y a la humanidad,
en una actitud equiparable a la de la Beata
Madre Teresa. Afortunadamente aquellos guerrilleros
que luchan en el país africano sí
tuvieron el gesto humanitario de la liberación,
una vez obtenida la seguramente buscada
repercusión internacional. El gesto
que seguiremos esperando, sin muchas esperanzas,
del ejército terrorista de las FARC.
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