Basura
mediática
Ha vuelto
a los medios de comunicación masiva –“como
vuelven las cifras de una fracción periódica”-
el tema de la educación pública. Cuando
se oye hablar de la educación la gente piensa
en la escuela. Sin duda es la escuela el instrumento
más importante de la educación juvenil;
no deben olvidarse, sin embargo, otros dos instrumentos
no menos valiosos, la familia y los mass communication
media. A veces lo que la escuela lo enseña lo
desenseña el hogar. Por lo general, ahora, los
mass media enseñan lo contrario de lo que se
dice en la escuela. Seguramente en esta época
donde, mal o bien, todo el mundo se preocupa de lo que
dicen los medios y más de la mitad del mundo
procura ser tenido en cuenta por ellos, el material
didáctico de la radiofonía y la televisión
merece que nos detengamos un momento a considerarlo.
Un gran
matutino se ocupaba, con preocupación seguramente
sincera, hace unos días, de la grosería
oral que ha confiscado las cámaras televisivas.
No hay conductor de programas, adolescente, joven o
viejo que no trate de llamar la atención por
medio del lenguaje soez. Decir “malas palabras”
es para muchísimos televidentes, credencial de
sinceridad, de audacia o de coraje. Resulta por eso
doloroso para quienes venimos de una época en
que el lenguaje mediático era principalísima
preocupación de las autoridades, asistir a los
exabruptos de chiquilinas y chiquilines que sólo
saben hacer caras frente a las cámaras, en competencia
con profesionales tan fogueados, tan cultivados, tan
eficaces, tan aplomados, tan envidiables por muchos
conceptos, como pueden serlo Chiche Heblung o Beto Casella.
Y ya no doloroso sino lastimoso es escuchar a humoristas
que solo buscan inspiración en el sexo -perdón,
en el género-. Aquí no se trata de que
el estado intervenga o deje de intervenir ni de que
el COMFER cumpla su cometido o deba ser acusado ante
los fiscales por incumplimiento de sus deberes de funcionario.
De lo que se trata es de algo muy simple, de que se
respete a los chicos. Quintiliano, gran pedagogo español
de la latinidad, acuñó una frase que en
castellano dice La máxima reverencia se debe
a los niños. Aquí nos enternecemos, y
es loable y tranquilizador que lo hagamos frente a las
penurias de los chicos sin hogar, miserablemente explotados
por adultos despreciables. En cambio somos indiferentes
a la aberración que supone la muerte preventiva
aplicada a los niños cuando se practica el aborto
para evitar que el niño mueran a los 3, 5, 11,
15 años como víctimas de la explotación
económica ahora identificada por el facilismo
de turno como propia del llamado neoliberalismo. Y tampoco
nadie se siente herido porque los chicos sean impelidos
a una sexualidad prematura, no ya por convicciones ideológicas
o políticas, sino por la voracidad económica
de algunos empresarios de los mass media.
Cuando me solicitaron
alguna reflexión sobre el comportamiento antisocial
de los medios pensé en reírme un poco
de los locutores con diploma del ISER y todo, que ignoran
la existencia del imperfecto del subjuntivo, que desconocen
el adverbio tampoco (y dicen, “también
no vino el ministro”), de eminentes conductores
galardonados con martinfierros de diversa metalurgia
capaces de decir si yo vendría, este arma o le
dijo que venga. Me pareció más urgente,
sin embargo, referirme a la estética del lenguaje
porque -¡por Dios!- nada tiene que ver con la
ética el denominar la tanga con un sustantivo
sexual o convertir al sexo en el leit motiv de toda
programación televisiva (y en lo que respecta
al señor que en los programas de Radio 10 se
hace el cómico, en una obsesión casi morbosa).
No hay malas palabras. Las que hay son palabras lindas
y feas, sucias y limpias. No queremos programas mediáticos
adornados con moñitos todos de un mismo color,
pero tampoco los queremos llenos de bosta, aunque la
bosta pueda ser un notable fertilizante.
Papá
y mamá, y el señor Filmus son factores
muy importantes de la educación de la niñez.
Creo que el señor Haddad, el señor Gelblung,
y esa entidad ahora vigente que se llama la Tota Santillán
son más importantes todavía.
José Gobello
Especial para www.nuevociclo.com.ar
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