| El
20 de junio próximo se cumplirá
un nuevo aniversario del natalicio del recordado
escritor platense, a quién Boedo recordó
el 20 de junio de 1998 cuando la Junta de
Estudios Históricos del Barrio de Boedo
perpetuó su memoria, asignándole
a la intersección NE de San Juan y
Boedo el nombre de Esquina Álvaro Yunque
como puede leerse en la placa alusiva emplazada
al frente del edificio allí ubicado
Con
fecha 4 de noviembre de 1999 el H.Concejo
Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires
hace suyo el proyecto 1998/03502 de la Concejala
Griselda Susana Smulovitz (U.C.R.), por
el cual se “Declara de interés
la imposición del nombre “Esquina
Álvaro Yunque” a la intersección
NE del cruce de las AVDS. San Juan y Boedo”.
La resolución favorable lleva el
Nº 471(Información CEDOM)
A
modo de homenaje de este sitio y por gentileza
de la JEHBB que nos permite anticipar una
de las Comunicaciones Académicas
que Álvaro Yunque ofreció
a la Academia Porteña del Lunfardo,
de la cual fue Miembro de Número,
a editarse en fecha próxima por dicha
Junta, transcribimos aquella fechada en
octubre de 1969, que nos permite admirar
la riqueza intelectual del autor de Versos
de la calle.
“ COMUNICACIÓN
ACADÉMICA 350
Señor Presidente:
Envío
esta síntesis de algunas de mis lecturas,
que supongo útiles.
En
el libro “Discepolín y su época”
de Norberto Galasso, encuentro una afirmación
del autor de “Yira, Yira” que
bien merece reproducirse. Por él
habla el espíritu del pueblo: “...No
entiendo por qué es más propio
robar que afanar... Sucede que hay palabras
feas y palabras lindas. Y yo utilizo las
que me gustan por su valor rotundo, pictórico
o dulce. Las hay amplias, curvas, melosas,
dolientes. Y si mi país cosmopolita,
babilónico, las entiende, y yo las
preciso, las enlazo lleno de alegría.
Me hacen gracia esos que creen que las ideas
las han hecho los sabios. Si la necesidad
de un pueblo es capaz de crear un genio,
¿Cómo pretenden que se detenga
en la creación de una palabra que
le hace falta?”.
Federico
Engels hablaba con facilidad varios idiomas
y también el argot de París
y el cockney de Londres.
Desde
la aparición del pirata inglés
Drake en el Pacífico, esta palabra,
drake y su verbo drakear, quedaron en Chile
como sinónimos de saqueo y destrucción.
Lo dice Marta Elena Samatán en su
libro “Por tierras de Elquin”.
Escribe
Manuel Ugarte: “América, paraíso
del neologismo”.
En
su libro “Castellano, español,
idioma nacional. Historia espiritual de
tres nombres”, afirma el filólogo
Amado Alonso: “Transformar la lengua
es hacerla”.
De
Sartre: “El arte jamás estuvo
de parte de los puristas”.
En
“Babel” revista editada en Chile,
el escritor trasandino González Vera,
en un artículo sobre Buenos Aires,
se ocupa del idioma que oyó hablar
en ella. Dice: “El porteño
no se come con tanta frecuencia como nosotros,
que estamos excusados por cierta influencia
andaluza, letras o sílabas. Pero
ha caído en la manía de modificar
los acentos y suprimir del todo la elle.
En palabras como siéntate o ven dice
sentáte y vení. Ha dejado
crecer un lenguaje que se llama lunfardo,
especie de italiano deformado, que mezcla
con el español...”
Más
adelante hace este cotejo: “La mayor
diferencia entre un argentino (debió
escribir porteño) y un chileno reside
en cómo uno y otro hablan el español,
El chileno se come con método las
eses (lo hacen tucumanos y santiagueños)
y las des (lo hace el porteño también).
No emplea toda su voz. Lo que dice es para
sus auditores inmediatos. El argentino,
con su tono acezante, emplea el verbo para
que lo escuche el mundo. Es afirmativo y
definitivo”.
Al
publicar “La Taberna”(“L’assommoir”),
en 1877, Emilio Zola confesó que,
para usar el lenguaje de sus protagonistas,
gente de los arrabales, había estudiado
el “Diccionario del lenguaje picaresco”,
de Alfredo Delvau. En este diccionario encontró
la palabra assommoir, sinónimo de
taberna, usada por los cancionistas populares
de París. “Estoy encantado
–escribió Zola a otro autor,
Denis Poulot, autor de “El sublime”-
de poder agradecerle públicamente
las palabras de argot que su obra me ha
proporcionado”.
“Lássommoir”
( La Taberna) tuvo un gran éxito
(cien ediciones el año de su aparición
–1877-), pero también fue muy
atacada. Zola se defendió: “Están
enojados contra las palabras. Mi crimen
consiste en haber tenido la curiosidad literaria
de recoger la lengua del pueblo”.
Voltaire,
en su libro “Le Sottisier” -que
quiere decir “El deslenguado”
o “El mal hablado-, escribe: “Los
vagabundos y los ladrones poseen un argot,
¿pero quién no lo posee? Los
teólogos y, particularmente, los
místicos, ¿no tienen su argot?
El blasón, ¿no lo es? ¿Es
más bello decir gules o sinople que
rojo y verde, o decir pitancher du pirois
que decir beber vino?
Algunos
nombres que el gaucho daba al caballo, por
él tan querido: flete, pingo, petiso,
parejero, soco, crédito, cimarrón,
bagual, redomón. Y, si era viejo
o malo, mancarrón, matungo. En el
lenguaje popular porteño (lunfardo)
a los pingos del hipódromo, quizá
rencorosamente por haber dejado entre sus
patas la guita, se les llama burros. Y a
los aficionados a dejarse pifiar en el hipódromo,
burreros.
Buenos Aires, octubre de
1969
Álvaro Yunque
Académico de Número”
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