Quienes Somos
 Editorial
 Premios Recibidos
 19 Años en Acción
 Ultima Tapa
 Distribución
 Propuestas
 Anunciantes
 Interes General
 Almagro
 Boedo
 Caballito
 Flores
 P. Chacabuco
 P. Patricios
 Pompeya
 San Cristóbal
 Comisarías
 Bomberos
 Hospitales
 Emergencias
 Farmacias
 CGP
 Consulados
 Embajadas
 Trenes y Subtes
 Aguas Argentinas
 Entes Regulatorios
 Edenor
 Edesur
 Metrogas
 Telecom y Telefonía
 Registros Civiles
 Registro Industrial
 Registros Propiedad
 Registros Sociales
 Mascotas
 Bolsa de Trabajo
 El tiempo
 Web Mail
 Guia Telefónica
 Horóscopo
 Postales y Chistes
 Chequeo Virus Online
 

 

Página de inicio?  
Contáctenos
     

 



EN EL ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE DANTE LINYERA

 
 

    En un inquilinato de la calle Independencia 1542, llegó al mundo Francisco Bautista Rímoli. Era el 10 de agosto de 1903. Hijo de padres calabreses, con un apellido de raíces griegas, como el de tantos paisanos llegados de una Calabria heredera del antiguo dominio de la Magna Grecia.

     Desde muy chico trajinó la calle y frecuentó la noche, por lo que su padre le impone un trabajo de ayudante en una cantina ubicada en Garay y Solís. Francisco contaba entonces catorce años y solía dejar su tarea antes de cumplir su horario de trabajo para llegar a la Biblioteca Obrera de la calle Méjico 2070, con la anuencia de sus patrones, para dedicarse a la lectura, hábito que ya nunca abandonaría.
     Paralelamente estudia telegrafía y realiza las prácticas en la seccional policial 18ª de la calle San Juan hasta recibirse, empleándose luego en la sucursal 5ª. de Correos y Telégrafos.
     Admiraba las obras de Evaristo Carriego (que falleció siendo Francisco un niño de diez años) y las de Álvaro Yunque, a quien llamaba “mi maestro”.
Fueron sus grandes y muy queridos amigos los hermanos Vicente y Ángel Greco (autores de los tangos Rodríguez Peña el primero y de Naipe marcado el segundo), Enrique Dizeo, Francisco y Julio De Caro, para quien escribió los versos de su hermoso tango Boedo. Compartía su amor por nuestro querido barrio, al que nombraba como “capital del arrabal, del gotán y las pebetas”, con su inseparable Julián Centeya.
     Solía reunirse la barra en la lechería de Angel Greco en la que, paradójicamente, la especialidad que se consumía era vino caliente, entre diálogos, tangos, libros y poemas.
     César Tiempo, que lo conoció ya con veintidós años cumplidos, cuenta que tenía una vida desordenada y sombría. Le pesaba la soledad y el verse postergado y sin medios para sustraer sus sueños de la vulgaridad.
     No obstante, llegó a publicar sus versos en El alma que canta (1921), en La canción moderna, que luego fue Radiolandia, de la que fue director y fundador desde 1928 a 1933, en El alma argentina y La voz del suburbio. En prosa escribió Elogio del lunfardo (publicado el 7 de mayo de 1928) y fue destacado cronista de los periódicos El telégrafo y La montaña, éste último creado por José Ingenieros y Leopoldo Lugones. Creador de las revistas La cancha y El purrete, manejó con igual solvencia la crónica deportiva y las letras infantiles.
     Sus lectores lo apreciaron en sus comienzos, firmando como Arnaldo Demos y Carlos Onofre Alvear, para recalar en Dante A. Linghera, del que no se separaría hasta el final.
     Entre otros tangos surgieron de su pluma las letras del ya citado Boedo, del que Julio De Caro hiciera una obra de excepcional belleza armónica y melódica, Loca bohemia, El pibe Ernesto, Si volviera Jesús, Florida de Arrabal, Todo el año es carnaval.
     Su gran obra poética fue Semos hermanos (versos arrabaleros), publicada en 1928, en la que, con sentido fraterno, reúne a laburantes, prostitutas, anarquistas y hampones como su portavoz, en un mensaje de rebeldía no exento de ternura.
Antes de perder la razón había escrito:
“En el bulín rasposo me pasaré las horas
rascándome esta yeta que me sigue. No quiero
saber nada. ¡Nada! ¡Pucha digo, si vieras
como estoy de cansao, como estoy de fulero!”

     Después se perdió en el laberinto de sombras de la locura y solo un ángel amigo lo acompañó hasta el final de su tránsito terrestre sin soltarle la mano.
Ese ángel se llamó, y no podía haber sido otro, Julián Centeya. Fue un frío atardecer del 15 de julio de 1938.

Horacio Di Giuseppe
De la Junta de Estudios Históricos
del Barrio de Boedo

www.nuevociclo.com.ar
Producción Propia

Más noticias

 

 
 

  

  

  


 

>>>Volver

 
 
     
Resolución recomendada 800x600 © Copyright 2001 - Nuevo Ciclo.com Todos los derechos reservados
     Ir Arriba
            >>>WebMaster