En
un inquilinato de la calle Independencia
1542, llegó al mundo Francisco Bautista
Rímoli. Era el 10 de agosto de 1903.
Hijo de padres calabreses, con un apellido
de raíces griegas, como el de tantos
paisanos llegados de una Calabria heredera
del antiguo dominio de la Magna Grecia.
Desde
muy chico trajinó la calle y frecuentó
la noche, por lo que su padre le impone
un trabajo de ayudante en una cantina ubicada
en Garay y Solís. Francisco contaba
entonces catorce años y solía
dejar su tarea antes de cumplir su horario
de trabajo para llegar a la Biblioteca Obrera
de la calle Méjico 2070, con la anuencia
de sus patrones, para dedicarse a la lectura,
hábito que ya nunca abandonaría.
Paralelamente
estudia telegrafía y realiza las
prácticas en la seccional policial
18ª de la calle San Juan hasta recibirse,
empleándose luego en la sucursal
5ª. de Correos y Telégrafos.
Admiraba las
obras de Evaristo Carriego (que falleció
siendo Francisco un niño de diez
años) y las de Álvaro Yunque,
a quien llamaba “mi maestro”.
Fueron sus grandes y muy queridos amigos
los hermanos Vicente y Ángel Greco
(autores de los tangos Rodríguez
Peña el primero y de Naipe marcado
el segundo), Enrique Dizeo, Francisco y
Julio De Caro, para quien escribió
los versos de su hermoso tango Boedo. Compartía
su amor por nuestro querido barrio, al que
nombraba como “capital del arrabal,
del gotán y las pebetas”, con
su inseparable Julián Centeya.
Solía
reunirse la barra en la lechería
de Angel Greco en la que, paradójicamente,
la especialidad que se consumía era
vino caliente, entre diálogos, tangos,
libros y poemas.
César
Tiempo, que lo conoció ya con veintidós
años cumplidos, cuenta que tenía
una vida desordenada y sombría. Le
pesaba la soledad y el verse postergado
y sin medios para sustraer sus sueños
de la vulgaridad.
No obstante,
llegó a publicar sus versos en El
alma que canta (1921), en La canción
moderna, que luego fue Radiolandia, de la
que fue director y fundador desde 1928 a
1933, en El alma argentina y La voz del
suburbio. En prosa escribió Elogio
del lunfardo (publicado el 7 de mayo de
1928) y fue destacado cronista de los periódicos
El telégrafo y La montaña,
éste último creado por José
Ingenieros y Leopoldo Lugones. Creador de
las revistas La cancha y El purrete, manejó
con igual solvencia la crónica deportiva
y las letras infantiles.
Sus lectores
lo apreciaron en sus comienzos, firmando
como Arnaldo Demos y Carlos Onofre Alvear,
para recalar en Dante A. Linghera, del que
no se separaría hasta el final.
Entre otros
tangos surgieron de su pluma las letras
del ya citado Boedo, del que Julio De Caro
hiciera una obra de excepcional belleza
armónica y melódica, Loca
bohemia, El pibe Ernesto, Si volviera Jesús,
Florida de Arrabal, Todo el año es
carnaval.
Su gran obra
poética fue Semos hermanos (versos
arrabaleros), publicada en 1928, en la que,
con sentido fraterno, reúne a laburantes,
prostitutas, anarquistas y hampones como
su portavoz, en un mensaje de rebeldía
no exento de ternura.
Antes de perder la razón había
escrito:
“En el bulín rasposo me pasaré
las horas
rascándome esta yeta que me sigue.
No quiero
saber nada. ¡Nada! ¡Pucha digo,
si vieras
como estoy de cansao, como estoy de fulero!”
Después
se perdió en el laberinto de sombras
de la locura y solo un ángel amigo
lo acompañó hasta el final
de su tránsito terrestre sin soltarle
la mano.
Ese ángel se llamó, y no podía
haber sido otro, Julián Centeya.
Fue un frío atardecer del 15 de julio
de 1938.
Horacio Di Giuseppe
De la Junta de Estudios Históricos
del Barrio de Boedo
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