Si
bien las autoridades del Ministerio de Cultura,
Instituto Histórico de la Ciudad
de Buenos Aires, Junta Central de Estudios
Históricos de la Ciudad y un número
significativo de entidades de la cultura
recordaron el aniversario con distintos
actos conmemorativos, no podemos decir lo
mismo sobre la trascendencia que en los
medios informativos tuvo el acontecimiento.
También pasó casi sin información
el bicentenario de la frustrada Segunda
Invasión, donde tuvo su bautismo
de fuego el Cuerpo de Voluntarios de Galicia,
cuya acción se recuerda en el mural
obra del artista Julio Timo, que con el
auspicio del ex Centro de Gestión
y Participación Nº 4 auspicio
la Junta de Estudios Históricos del
Barrio de Boedo en un tramo del pasaje Gallegos,
entre Boedo y Maza.
Asociándonos
a tales aniversarios, ofrecemos a nuestros
lectores, por gentileza del Dr. Aníbal
Oscar Claisse, historiador, Miembro de Número
de la Academia Porteña del Lunfardo,
un texto que -gracias a su traducción-
puede llegar a los interesados mostrando
algunos aspectos desconocidos de aquella
parte de nuestra historia y que el Dr. Claisse
denominó:
EN EL BICENTENARIO DE LA INVASIÓN
INGLESA
UN
TEXTO OLVIDADO
En el
año 1819 se publicó en Londres
un libro de autor anónimo, titulado
Journal of a soldier of the 71st or Glasgow
Regiment, Highland Light Infantry from 1806
to 1815 (Diario de un soldado del 71 o Regimiento
de Glasgow, Infantería Ligera Highland,
desde 1806 a 1815). Probablemente había
aparecido antes en forma de folletín
en un periódico. Su autor parece
ser un tal Thomas Howell, nacido en Edimburgo
en 1790, de quien no se tiene información
alguna, salvo la que suministra en este
libro y quien evidentemente poseía
una instrucción superior a la del
soldado raso común..
Hubo
sucesivas ediciones en 1822, 1832 y 1835.
Luego desapareció hasta una nueva
edición en 1975 (Leo Cooper Ltd.;
Londres, con prologo de Christopher Hibbert;
hay reedición de Squadron/Signal
Publications, Michigan, 1976).
El
libro fue abundantemente utilizado por los
investigadores británicos especializados
en las guerras napoleónicas, porque
su autor había participado en todas
las campañas de Wellington, desde
Portugal hasta Waterloo, y su obra era juntamente
con el libro de Harris, el único
documento que representada el punto de vista
del soldado raso. Pero nunca se difundió
el texto completo entre el gran publico.
Pero
para los argentinos, su valor radica en
que el primer capitulo relata episodios
que vivió el autor durante las invasiones
inglesas al Río de la Plata así
como sus impresiones personales. Puesto
que no he visto nunca citar a este documento,
he creído conveniente traducir ese
primer capitulo.
Resulta
ilustrativo comparar este texto con las
memorias del Teniente coronel Lancelot Holland,
quien formaba parte junto con el ignoto
autor, de la columna Craufurd, rendida en
el templo de Santo Domingo (Expedición
al Río de la Plata, traducción
de E.Eggers, Eudeba, 1975).
Finalmente
me permito señalar la curiosa reticencia
que, en el último párrafo,
el autor atribuye al sacerdote que intentó
convertirlo. ¿Debemos interpretarla
en el sentido que ya no se sentía
más español y que germinaba
en su mente la idea de una separación?
Dejo al desocupado lector la solución
de este interrogante.
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“Llegamos
al Río de la Plata en octubre de
1806, cuando se nos informó que los
españoles habían recuperado
Buenos Aires y capturado al Coronel Beresford.
Nuestras tropas solo poseían Maldonado,
un lugarejo en la boca del río, a
unas sesenta millas de Montevideo.
Al desembarcar encontramos a los restos
del ejército carentes de todos los
materiales necesarios y con la moral muy
baja. Por el lado de tierra, nos rodeaban
unos cuatrocientos jinetes, que atacaban
a todas nuestras patrullas e impedían
la llegada de abastecimientos. Estos jinetes
no eran soldados regulares, sino habitantes
de la tierra que se habían presentado
para defender sus hogares contra nosotros.
Poco después
de nuestra llegada a Maldonado, los españoles
salieron de Montevideo para atacarnos. Eran
alrededor de seiscientos y contaban con
cierto número de grandes cañones.
Vinieron hacia nosotros en dos columnas,
a la derecha la caballería y a la
izquierda la infantería, atacando
tan vigorosamente a nuestra vanguardia de
cuatrocientos hombres, que obligaron al
Coronel Brown quien comandaba nuestro flanco
izquierdo, a enviar en su apoyo al Mayor
Campbell con tres compañías
del Regimiento 40. Este refuerzo chocó
contra la cabeza de la columna de infantería
española, la que se mantuvo firme,
luchando con coraje. Se produjeron bajas
en ambas partes, pero los valientes del
40 los rechazaron a punta de bayoneta. Sir
Samuel Auchmuty ordenó a los cazadores
y al batallón ligero que los atacasen
por la retaguardia, lo que ejecutaron con
el mejor espíritu. Tres hurras fueron
la señal del ataque. Los españoles
huyeron y la columna derecha, viendo la
suerte que había corrido la de su
izquierda, picó espuelas y se retiró
sin haber entrado en combate.
Quedó en nuestro poder un general
y un gran número de prisioneros,
además de uno de los cañones.
Dejaron aproximadamente trescientos muertos
en el campo. Muy pocos prisioneros estaban
heridos, y estos fueron tomados durante
la persecución. Yo lo vi. llevar
a su gente a la ciudad apenas eran heridos.
Nuestras pérdidas fueron mucho menores.
Después
de este combate, ya no vimos a nuestros
incómodos huéspedes, los jinetes,
que constantemente habían estado
desafiándonos e incluso atacando
a nuestra gente dentro del campamento.
Ésta
fue la primera vez que vi sangre derramada
en un campo de batalla; fue la primera vez
que escuché tronar al cañón
con su carga de muerte. Yo no tenía
aún diecisiete años y hacia
seis meses que había dejado mi hogar...
Hasta el 2 de noviembre tuvo mucha faena.
Estábamos obligados a trabajar día
y noche para construir baterías y
otras obras.
No tuve participación
en el asalto a Montevideo. Me quede en el
campamento custodiando los bagajes. Pero
desde la ciudad el enemigo nos bombardeaba
y sus granadas caían a menudo cerca
de donde yo estaba, una en particular pareció
que iba a caer a mis pies. Un joven oficial,
corría de aquí para allá,
como si quisiera esconderse. Un viejo soldado,
tan serio como un turco, le dijo “Señor,
no necesita esconderse. Si alguna bala le
está destinada, seguramente lo encontrará”.
El joven pareció avergonzado y cumplió
con su deber, nunca mas lo vi parecer incómodo
ante el fuego, su conversión a la
doctrina del viejo guerrero había
sido súbita.
El día
después del asalto, llegué
a Montevideo, donde debía permanecer
siete meses. Es un lugar encantador, pero
muy caluroso. La noche es la única
porción soportable de la jornada.
La brisa del mar sopla desde las ocho o
nueve de la mañana, lo que mitiga
un poco el calor. Sin embargo yo sufrí
mucho. Estábamos en mitad de diciembre.
El verano había comenzado a desplegar
todos sus atributos, con una magnitud de
la que yo no tenia idea. Había abundancia
de todo tipo de comida, y a medida que el
verano avanzaba, de las frutas más
escogidas; mucho más de lo que podíamos
consumir, y al final nos hartamos....
Me alojé
en la casa de una joven viuda, quien hizo
todo lo posible, junto con su anciano padre,
para que me encontrase cómodo. Su
marido había muerto durante nuestro
primer ataque a la ciudad y estaba inconsolable.
Durante los siete meses que estuve en Montevideo
se comportó como una madre para mí.
Tengo una gran deuda con ella y nunca olvidaré
a María de Parides. Era de estatura
pequeña, pero con una apariencia
elegante. Como otras mujeres del lugar,
era muy morocha, con ojos chispeantes, negros
como la tinta, dientes parejos y blancos.
Lleva el cabello, al estilo del país,
en ondas que caían por su espalda.
Era muy largo, negro y brillante. Su vestido
era sencillo, un velo negro cubría
su cabeza; llevaba la mantilla anudada bajo
la barbilla del modo mas agraciado. Este
era el ropaje común de todas las
mujeres del lugar, las únicas diferencias
estaban en el color de las mantillas y los
zapatos. Muy a menudo eran de colores, y
el velo era blanco. Los hombres llevaban
la capa y el sombrero de los españoles,
pero muchos usaban sandalias y otros tantos
carecían de medias y zapatos.
Las mujeres
nativas eran las más feas que yo
jamás haya visto. Narices anchas,
labios gruesos y muy pequeña estatura.
Su cabello era largo, negro y duro, llevándolo
rizado sobre la frente en la forma mas horrible,
mientras que por atrás les llegaba
a la cintura. Cuando pretendían arreglarse,
se ponían flores y plumas, luciendo
con orgullo su fealdad. Los hombres eran
también de pequeña estatura
pero muy robustos y con fuertes coyunturas.
Son valientes pero excesivamente indolentes.
Los he vistos galopando en sus caballos,
casi desnudos, con espuelas en sus pies
descalzos y apenas una frazada vieja cubriéndoles
las espaldas. No le temen al dolor. Los
he visto con horribles heridas, sin que
pareciera importarles. En cuanto a su pereza,
los he visto estar un día entero
tendidos, mirando el río, mientras
sus mujeres les traían de comer,
y si les parecía que no era suficiente,
las castigaban ferozmente. Este es el único
ejercicio que está siempre dispuesto
a hacer; descargar su furia en sus mujeres.
Prefieren la carne a cualquier otro alimento,
la comen casi cruda y en cantidades que
para un europeo son increíbles.
No tuve casi
oportunidad de encontrarme con la clase
superior de colonos españoles, porque
casi todos habían abandonado la ciudad
antes de que la ocupásemos. Durante
el sitio solo conocí los de la clase
más pobre, que visitaban a María
de Parides y a su padre, don Santanos (sic).
Eran extremadamente ignorantes y muy supersticiosos.
María me dijo, con la mayor preocupación,
que la muerte de su marido se debía
a que había sido embrujado pro una
vieja india, a la que había negado
unas perdices que había cazado poco
antes de la batalla.
A medida que
fue aprendiendo el idioma, noté algunos
rasgos de carácter notables. Cuando
María o el viejo Santanos bostezaban,
se hacían la señal de la cruz
sobre la boca, con la mayor premura, para
impedir que el Demonio se les metiese en
la garganta. Si Santanos estornudaba, María
decía “Jesús”2
y el contestaba “Gracias”3.
Cuando alguien llegaba a su puerta decía
“Ave María Purísima”4,
y ellos abrían de inmediato, porque
pensaban que quien pronunciaba una frase
tan santa no podía tener malas intenciones.
Cuando se encontraban con una mujer, decían
“A sus pies Señora”5
o “Beso los pies de Usted”6
y cuando se despedían decían
“Me tengo a sus pies de Usted”7
o “Baxo de sus pies”8, y ella
contestaba “Beso a Usted la mano,
Caballero”9. Cuando se separaban de
alguien decían “Vaya Usted
con Dios”10 o “Con la Virgen”11.
Cuando se enojaban, la expresión
común “Vaya Usted con cien
mil demonios”12.
María estaba muy preocupada porque
yo era un hereje (el autor era metodista)
y deseaba que cambiase mi religión,
convirtiéndome en católico,
como única vía para salvarme.
Yo le decía en vano “Muchos
caminos al cielo”. Había pocos
sacerdotes en la ciudad, porque habían
preferido irse a Buenos Aires antes de nuestra
llegada con la plata de las iglesias, etc,
en lugar de confiar en sus oraciones o en
nuestra generosidad. María sin embargo,
consiguió uno para convertirme, puesto
que su confesor se había marchado
con los demás. Me encontré
con él una tarde, al volver de mi
turno de guardia. Su aspecto me causó
una favorable impresión. Era alto
y elegante, con una gran barba gris que
le daba un aspecto venerable y que suavizaba
las arrugas que el tiempo había hecho
en su frente. María me presento diciendo
que era un joven deseoso de recibir instrucción
y que quería creer en todas las doctrinas
de la Santa Iglesia, a fin de no perder
mi alma a causa de mi descreimiento. Él
comenzó a hablar de los errores de
los protestantes y del desorden en que se
encontraban desde que se habían apartado
de la verdadera iglesia. La única
contestación que le di fue “Muchos
caminos al cielo”. El sacerdote sacudió
la cabeza y dijo que todos los herejes eran
testarudos, pero me pidió que reflexionase
sobre lo que me había dicho. Le contesté
que ciertamente lo haría y nos separamos
amigablemente. María estaba muy desilusionada
porque no me convertí de inmediato,
y su padre, Santanos, dijo que sin duda
todavía podía convertirme
en un buen católico y quedarme con
ellos. Yo los amaba por su celo desinteresado,
pues su único deseo era mi felicidad.
Así
pasaba mi tiempo, hasta la llegada del General
Whitelocke, con refuerzos, a principios
de mayo de 1807. Era pleno invierno en Montevideo,
las noches eran heladas, a veces nevaba
un poco y caía granizo del tamaño
de porotos. Durante el día, terribles
lluvias inundaban todo. En ocasiones teníamos
truenos y relámpagos. Una noche en
particular todo el cielo parecía
incendiado. La montaña junto a la
cual está edificada la ciudad retumbaba
con el eco, como si fuese a caerse en pedazos.
Todos los habitantes se refugiaron en las
iglesias o se arrodillaban en medio de las
calles.
Al llegar los refuerzos, se nos agrupó
en una brigada, junto con las compañías
ligeras de los regimientos 36, 38, 40, 87
y cuatro compañías del 95.
El 28 de junio estábamos en Ensenada
de Barragon (sic) con todo el ejército
y desde allí iniciamos la marcha
hacia Buenos Aires.
El país era casi totalmente llano
y cubierto con un pastizal que nos llega
hasta la cintura. había grandes manadas
de bueyes y caballos, que parecían
salvajes. El tiempo era muy húmedo
y durante días no tuve nada seco
en el cuerpo. Durante la marcha cruzamos
muchos pantanos y en uno de ellos perdí
mis zapatos y tuve que terminar el resto
de la marcha descalzo. Cruzamos el rio13
por un vado llamado Passorico (sic), al
mando del Mayor General Gower. Aquí
rechazamos a una fuerza enemiga. Al día
siguiente se nos unió el General
Whitelocke con el resto del ejército.
Para el ataque formamos una línea,
con Sir Samuel Auchmuty a la izquierda,
apoyándose en un convento llamado
la Recolletta (sic) distante unas dos millas.
Dos regimientos estaban a la derecha. La
brigada del Brigadier General Craufurd ocupaba
el centro, dominando las principales vías
de acceso a la ciudad, cuya plaza mayor
y fuerte se encontraban a tres millas de
nuestra posición. Tres regimiento
se extendían hacia la Residencia,
a la derecha.
La ciudad
y sus suburbios están formados por
manzanas de unas 140 yardas de lado, con
casas chatas provista de una terraza que
los ocupantes usan para disfrutar el fresco
nocturno. Según nos dijeron, ellos
pensaban ocupar esas terrazas con sus esclavos,
para dispararnos cuando atacásemos
por las calles. Dada la formación
de nuestro ejército, la ciudad estaba
casi completamente rodeada.
Nos mantuvimos
en alerta durante la mañana del 5
de julio, esperando la orden de avanzar.
Imaginen nuestra sorpresa cuando se nos
ordenó atacar con las armas sin cargar,
solo con las bayonetas fijas. En las filas
se murmuraba “Hemos sido traicionados”
Las últimas palabras que oí
pronunciar a nuestro noble Capitán
Brookman fueron “Cumplan con su deber,
muchachos. Adelante, adelante. Viva Gran
Bretaña”. Cayó apenas
entramos en la ciudad. Nos lanzamos hacia
el frente, llevándonos todo por delante,
atravesando trincheras y otros obstáculos
que los habitantes habían puesto
en nuestro camino. En cada esquina, flanqueando
las trincheras, se habían colocados
cañones que diezmaban nuestras filas
a cada paso que dábamos. Sin embargo
seguimos adelante, por una calle o por otra,
hasta que llegamos hasta la iglesia de Santo
Domingo, donde la bandera del Regimiento
71 había sido colocada como un trofeo
ante el santuario de la Virgen. Atacamos
el convento y rescatamos la bandera del
deshonroso lugar donde había descansado
desde que el General Beresford se había
rendido al General Liniers. Ahora íbamos
a sacarla en triunfo; pero los españoles
no habían permanecido ociosos. Todas
las puertas de la iglesia estaban obstruidas
y habían emplazado piezas de artillería
cubriendo cada una de ellas. Nos vimos obligados
a rendirnos y nos condujeron a prisión.
Allí fue donde me enteré del
completo fracaso de nuestra empresa.
Durante el avance por las calles, muchos
de nuestros hombres se metían en
las casas en busca de botín; y al
momento de rendirnos muchos estaban cargados
con el. Un sargento del Regimiento 38 había
hecho una ranura en su cantimplora, como
la que hay en las alcancías, y allí
metía todo el dinero que encontraba.
Cuando salía de una casa que había
saqueado, recibió una bala en la
cabeza. Al caer, se rompió su cantimplora
y gran cantidad de doblones rodaron por
la calle. Comenzó una pelea entre
los soldados por recogerlos y unos dieciocho
hombres murieron, aferrándose al
oro que nunca iban a disfrutar. Se los arrancaban
a sus compañeros moribundos, sin
pensar que ellos estarían en la misma
situación al segundo siguiente.
Nuestros captores
nos revisaron y nos sacaron todo el botín,
pero nos dejaron nuestras pertenencias.
Durante la requisa, un soldado que tenía
una buena cantidad de doblones, los colocó
en su marmita, los cubrió con agua
y carne de vaca, y puso la marmita sobre
el fuego; así pudo salvarlos.
Unos cien de nosotros,
que habíamos sido capturados en la
iglesia fuimos conducidos a un descampado
para ser fusilados, si no aparecía
un valioso crucifijo que había sido
robado. Estábamos rodeados por gran
número de españoles e indios;
sus armas nos apuntaban y su aspecto feroz
no nos brindaba muchas esperanzas. Por fin
el crucifijo apareció en el suelo,
en medio de nosotros, pero no se supo quien
lo tenía. Nos condujeron nuevamente
a la prisión sin ser más molestados.
Cuatro días
después de haber caído prisionero,
el sacerdote con quien había conversado
en la casa de María Parides, vino
a verme en la cárcel y se ofreció
para obtener mi libertad. Yo solo tenía
que decir que, en algún momento en
el futuro, adoptaría la religión
católica. Me hizo muchas ofertas
tentadoras. Yo agradecí amablemente
su oferta, mas le dije que era imposible
hacerlo. Él me dijo: “He hecho
mi deber como siervo de Dios; ahora haré
mi deber como hombre”. Nunca más
me habló de cambiar mi religión,
pero todos los días me visitaba,
trayéndome diversos regalos.
Donald M´Donald
estaba muy cómodo en Sudamérica,
porque era un buen católico y los
españoles lo mimaban. Iba a misa
regularmente, se inclinaba ante todas las
procesiones, y ante los ojos de nuestros
captores era todo lo que un buen católico
debe ser. A menudo pensaba quedarse en Buenos
Aires bajo la protección del noble
sacerdote. Ya lo tenía decidido cuando
llegó la orden para nuestra liberación.
Debíamos reunirnos con el General
Whitelocke después de catorce días
de confinamiento. Donald todavía
dudaba, pero parecía decidido a quedarse,
hasta que yo le canté “Lochaber
no more”14. Los ojos se le llenaron
de lagrimas y dijo: “No, no puedo
quedarme. Talvez no pueda volver nunca a
Escocia”. El buen sacerdote se sintió
herido por su retractación, pero
no se ofendió. Dijo: “Es natural.
Yo una vez amé a España por
sobre todas las cosas, pero...” Aquí
se detuve, nos bendijo, nos dio diez doblones
a cada uno y nos dejó. En cuanto
nos liberaron emprendimos el regreso a Gran
Bretaña, tuvimos un viaje rápido
y agradable sin ningún inconveniente.
-------------------------------------
Notas de Christopher
Hibbert.
1. Sir
Samuel Auchmuty (1756-1822), comandante
de los refuerzos, había decidido
que era imposible retomar Buenos Aires,
con la pequeña fuerza a su disposición
y en su lugar atacó Montevideo. Fue
designado Comandante en Jefe de Madras en
1810, y Comandante en Jefe en Irlanda en
1821.
2. El Teniente general
John Whitelocke (1857-1833) había
sido designado comandante en América
del Sur por recomendación del Duque
de York. Al llegar reemplazó en el
mando a Sir Samuel Auchmuty, Su incompetente
manejo del ataque contra los españoles
de Buenos Aires y su subsiguiente retirada
de Montevideo, lo condujeron el año
siguiente ante un Consejo de Guerra en Chelsea
. Luego de un juicio que duró siete
meses, fue encontrado culpable de varios
hechos y condenado a ser dado de baja. La
sentencia se leyó ante todos los
regimientos y Whitelocke pasó los
restantes veinticinco años de su
vía en la oscuridad.
3. El Mayor General
John Leveson-Gower era el segundo de Whitelocke.
4. Robert Craufurd
(1764-1812), conocido como “el negro
Bob” estableció su brillante
reputación como jefe de cazadores
durante esta poco gloriosa campaña
sudamericana. Hombre de muy mal carácter,
corrió un rumor en el ejército
según el cual había ordenado
a sus hombres disparar contra el incapaz
Whitelocke si llegaba a verlo durante el
combate.
5. El Coronel
William Carr Beresford (1768-1854) escapó
luego de una prisión de seis meses
y llegó a Inglaterra en 1807. Luego
de convirtió en uno de los mejores
generales de Wellington. Se lo nombró
Lord Beresford de Albuera y Cappoquin luego
de la guerra de la Península , durante
la cual comandó el ejército
portugués..
6. El Caballero
de Liniers era un emigrante francés
que había asumido el mando de las
tropas españolas,
7. Donald M´
Donald parece haber sido el único
amigo íntimo del autor en el regimiento.
Se habían embarcado juntos en Leith.
“Era mi camarada y se convirtió
en un firme amigo” dice el autor refiriéndose
a su estadía en la isla de Wight.
“A menudo salía en mi defensa
. Donald sabía leer y escribir, pero
a eso se limitaba su educación. Era
inocente e ignoraba todo lo mundano; solo
tenia dieciocho años y nunca había
dormido una noche fuera de su casa, hasta
que decidió dejar el hogar paternal.
Había venido de Inverness a Edimburgo
a pie, con la sola intención de enrolarse
en el regimiento 71. Su padre había
sido soldado en el, y había vuelto
al hogar cuando se retiró. Donald
lo llamaba su regimiento”
Aníbal Oscar Claisse
Academia Porteña del
Lunfardo
Titular del sillón “Last Reason”
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