EN EL AÑO DEL CENTENARIO
DE CÁTULO CASTILLO
A MEDIO SIGLO DEL ESTRENO
DE LA ULTIMA CURDA
Luego
de la importante reunión en homenaje al poeta
boedense, organizada en conjunto por la Academia Nacional
del Tango y la Junta de Estudios Históricos del
Barrio de Boedo, que tuvo por escenario el notable café
Esquina Homero Manzi, de cuyos detalles dimos amplia
información en el suplemento especial de nuestra
edición gráfica correspondiente al mes
de agosto, era nuestro deseo ofrecer desde nuestros
medios una nota calificada, a tono con el homenajeado
y con los columnistas del periódico.
Oscar
Conde, licenciado en Letras por la Universidad de Buenos
Aires, miembro de número de la Academia Porteña
del Lufardo, reconocido además por su contribución
al estudio e investigación de temas vinculados
con el tango, rock, lunfardo y cultura popular, nos
ha favorecido autorizando la publicación de la
Comunicación Académica Nº 1623, presentada
en la Academia Porteña del Lunfardo el 11 de
julio pasado, que con sumo placer ofrecemos a los lectores
de esta página..
Algunas
reflexiones sobre La última curda
(1956) (letra de Cátulo Castillo / música
de Aníbal Troilo)
por Oscar Conde
Academia Porteña del Lunfardo
La letra
de La última curda es una creación inmensa.
En sus versos se combinan una emoción vívida
y una serie de hallazgos poéticos notables. Este
tango presenta un diálogo entre el narrador y
un bandoneón. Como se sabe, el bandoneón
es el instrumento más emblemático del
tango argentino –aun cuando se trate de un invento
alemán, creado por Heinrich Band circa 1840,
a partir de la concertina concebida por Carl Friedrich
Uhlig pocos años antes– y a su sonido se
le atribuye principalmente el tono melancólico
que define a este género musical.
En La última curda
el bandoneón es interpelado, porque su sonido
lastima envolviendo al narrador en una atmósfera
dionisíaca. En este ritual de la confesión,
la embriaguez es doble: si por un lado el protagonista
se emborracha con alcohol (ron, vino, licor son las
palabras que usa sucesivamente), por el otro también
se emborracha al escuchar esa “ronca maldición”,
ese “rezongo lerdo” del instrumento, que
lo transporta y lo eleva a un estado de dolorosa lucidez.
El tema del alcohol es una constante en el tango, pero
aquí se presenta bajo una óptica inesperada.
Habitualmente se bebe para olvidar. Sin embargo, en
La última curda –igual que en otros tangos
de Castillo, como Una canción– el alcohol
no es para olvidar y aturdirse, “sino más
bien para recordar y reelaborar la pérdida”,
como sostiene Marcelo Crisafio en su trabajo “Cátulo
Castillo: El tango como búsqueda metafísica”
–O. Conde (comp.) (2004). Poéticas del
tango. Buenos Aires: Marcelo Oliveri Editor, p. 125–.
De este modo, la confesión tiene algo de ceremonia
y el tango aparece como el medio para recobrar, aun
cuando sea fugazmente, el bien perdido (“aquel
amor ausente”).
La primera estrofa contiene
una de las sentencias más profundas y ciertas
de toda la literatura tanguera: “La vida es una
herida absurda”. Si un ser humano debe adentrarse
en ese absurdo que es la vida y someterse a su fugacidad,
una confesión bien puede caber en una borrachera.
El estribillo es revelador.
Allí el yo poético se desdobla en un juego
de identidades. El personaje se mira en un espejo y
le reclama al bandoneón que cuente su fracaso
[el del bandoneón], que recuerde a ese “viejo
amor”. Obviamente el bandoneón no es otro
que él mismo [el personaje] y las notas, desgranadas
con amargura, representan su propio dolor, su propia
herida abierta. Las rimas internas de los últimos
versos del estribillo (aturda-curda, función-telón-corazón)
refuerzan acústicamente una gran metáfora:
la de esta doble borrachera (la real y la ritual), que
por ser la última es representada como un telón
de teatro que se baja para ese corazón.
La segunda estrofa se inicia
con una delicada sinestesia: “un poco de recuerdo
y sinsabor / gotea tu rezongo lerdo”. El recuerdo
doloroso es dosificado en cada nota, en cada roce del
bandoneonista con cada uno de los 152 botones de su
instrumento. Por eso el sinsabor se gotea, y el corazón
se va emborrachando a la par del cuerpo. Otro hallazgo
descomunal es la metáfora turfística según
la cual la vida es equiparada a una carrera de caballos:
“Marea tu licor y arrea / la tropilla de la zurda
/ al volcar la última curda”. Aquí
el corazón –“la tropilla de la zurda”,
con sus latidos que parecen galopes– es animado
por el alcohol a proseguir una carrera que ya se termina.
El talento de Castillo se muestra en un juego de palabras
ya señalado hace mucho por Blas Matamoro (La
Opinión, 21 de octubre de 1975): cuando todo
haría esperar que la tropilla encare la última
curva de la pista, la palabra que aparece es curda,
como si al protagonista se le trabase la lengua por
la borrachera y confundiese ambos términos (curva
y curda).
La estrofa se cierra con el amanecer, con la llegada
del sol que poco a poco arrastra “su lento caracol
de sueño” a través de la ventana
abierta, por donde se filtra al interior. Pero la borrachera
es un territorio de color gris y el final de la ceremonia
no puede arruinarse con el ingreso de los colores del
día.
Como puede verse, las metáforas,
las rimas y los juegos de palabras se combinan de tal
modo que todos los recursos se complementan y refuerzan
unos a otros.
El término curda,
que muchos autores consideran un lunfardismo, no lo
es en realidad. Pertenece al español popular
y tiene dos acepciones según sea el género
en el que se usa: si es masculino (el curda) significa
“borracho”; si es femenino (la curda) quiere
decir “borrachera”, y con este sentido es
utilizado por Castillo.
Hay un único
lunfardismo en todo el tango: malevo –originariamente
un sustantivo (“hombre matón que vivía
en las orillas de Buenos Aires”)–, usado
aquí como adjetivo, que remite al arrabal, a
los suburbios de la gran ciudad (“el hondo bajo
fondo”), que es precisamente “donde el barro
se subleva”, es decir, donde la pobreza y la dignidad
alzan la cabeza, tal como lo hizo el tango en sus orígenes
desde su cuna pobre.
La interpelación al bandoneón tiene una
larga tradición dentro de la poesía del
tango. Otros poetas renombrados habían afianzado
este tópico antes de Castillo: Pascual Contursi
con Bandoneón arrabalero (1928, música
de Juan Bautista Deambroggio), Enrique Santos Discépolo
y Luis César Amadori con el olvidado Alma de
bandoneón (1934, música del propio Discépolo)
y Homero Manzi con Che, bandoneón (1950), cuya
música pertenece a Aníbal Troilo, compositor
también de la La última curda, y cuya
letra podría considerarse de algún modo
un antecedente directo de la que aquí estamos
tratando.
La poesía de Cátulo Castillo, con su constante
evocación de un pasado ideal –y tal vez
irreal al mismo tiempo– se relaciona con la producción
de Homero Manzi, quien además fue uno de sus
grandes amigos. La obra de Castillo podría distinguirse,
sin embargo, a partir de ciertas constantes. Generalmente
en sus letras hay algo o alguien que se ausenta y esto
genera una necesidad de recuperar ese objeto o a esa
persona que se ocultan en los rincones de la memoria.
A través de esta recuperación lo que se
busca es recobrar ciertos sentimientos infantiles o
juveniles, o bien determinados valores que han perdido
vigencia. En ocasiones se produce el encuentro con el
bien buscado, pero esa fugaz recuperación suele
durar apenas un instante, el tiempo que lleva compartir
un café o consumir un cigarrillo.
Es notable la cantidad
de veces que Castillo usa el adjetivo último
o un concepto similar, aunque no es el único
letrista que se ha servido de este recurso. Ya en 1926
Juan Manuel Caruso había escrito La última
copa (con música de Francisco Canaro) y en 1948
Homero Manzi había dado a conocer El último
organito (con música de su hijo Acho). Está
claro que hay una continuidad conciente de esta tradición,
aunque Castillo propone algo más al revelarse
como un verdadero cronista de su tiempo, pues por medio
de sus evocaciones va dando cuenta de distintas especies
ya extintas –como en El último farol (1969)
o El último cafiolo, escrito a comienzos de la
década de 1970, siguiendo el modelo de Manzi–
o de situaciones vitales que constituyen el cierre de
un ciclo –La última curda o El último
café (1963), según el modelo de La última
copa–. Es así como los objetos evocados
se corporizan, reinstalándose en la memoria colectiva,
y los momentos evocados se reviven con la misma intensidad
que cuando sucedieron. Esta tradición continuaría
con Horacio Ferrer, a cuyo poema La última grela
Astor Piazzolla le puso música en 1969.
Según cuenta en
sus memorias el cantor Edmundo Rivero, una noche del
verano de 1956 se encontraban en la casa de Aníbal
Troilo “Pichuco”, ubicada en el centro de
Buenos Aires (en la calle Paraná, casi esquina
Corrientes). El genial bandoneonista estaba componiendo
la música de La última curda. Con las
puertas del balcón abiertas, la voz de Rivero
y los acordes del bandoneón de “Pichuco”
llegaban a la calle. Poco a poco se fue juntando un
grupo de gente que fue creciendo hasta interrrumpir
el tránsito. Sus aplausos y pedidos forzaron
a los músicos a salir al balcón. Así
fue como se estrenó, inesperadamente, La última
curda. De madrugada y en plena calle.
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